Tengo 60 años. Ya no espero que amigos ni familiares vengan a mi casa.
Muchas personas cercanas a mí dicen que soy demasiado altiva, pero sinceramente, no me afecta lo que los demás piensen de mí.
La principal razón por la que dejé de invitar a gente es, sin rodeos, mi pereza. Mantener la casa impecable me resulta agotador. No sólo hay que limpiar todo a conciencia, también preparar algo de picar. Ahora ni tengo ganas, ni el dinero suficiente para eso. ¿Por qué no quedar en una cafetería y tomarnos un café? ¿Por qué siempre tiene que ser en casa?
Otra razón importante es la energía negativa. No todos los invitados vienen con buenas intenciones o el corazón limpio. ¿Para qué quiero yo los problemas y las cargas de los demás? Cada vez que recibía gente, terminaba angustiada y sumida en la tristeza. Decidí que no iba a seguir sacrificando mi paz interior. Desde que dejé de abrir la puerta de mi hogar, los malos sueños y el insomnio han desaparecido.
Además, ahora estoy jubilada y me aburro demasiado estando entre cuatro paredes. Quiero salir, descubrir rincones nuevos de Madrid, disfrutar del bullicio de la ciudad, y desconectar. ¿Qué sentido tiene quejarse y hacer que todos vengan siempre aquí? Al final se van y tú te quedas recogiendo y dudando si habrás sido buena anfitriona.
Nuestra ciudad está llena de bares y terrazas en los que pasarlo bien. Hoy en día, para ver a los amigos o celebrar un cumpleaños no hay que encerrarse en casa. Yo quiero disfrutar de esa libertad y no pasarme el día entero con el plumero y el estropajo en la mano.
Ahora mi casa es mi pequeño refugio. No entra gente que no deseo. Podrán decir que soy una arisca o una antisocial, pero eso no es verdad.
¿Te sientes identificada con lo que pienso?







