Siempre supe que llegaría una edad en la que la sociedad daría por hecho que una mujer ya no importa. Cuando dejas de ser interesante, deseada o necesaria. Cuando los hijos crecen, los nietos vienen menos y las amigas solo llaman por Navidad. A muchas les duele. Se aferran a la juventud, intentan demostrar que aún sirven, que son útiles. Pero yo no. No lucho. Porque no he perdido nada. Al contrario, he ganado.
Me llamo Carmen Álvarez, tengo sesenta años. Vivo en Toledo, en un piso acogedor que amueblé cuando me jubilé. ¿Y sabes qué? No sufro. Disfruto. Nadie me llama diez veces al día para quejarse, nadie exige que cuide a sus hijos, que preste dinero o que escuche penas ajenas. Esto no es soledad. Es libertad.
Durante años fui “la práctica”. Escuchaba lamentos, me metía en dramas que no eran míos, prestaba lo que ni siquiera me sobraba. Venían a verme no por mí, sino porque sabían que nunca diría que no. Fui el “aeropuerto de emergencia”, el hombro siempre disponible. Pero cuando yo necesité ayuda, solo hubo silencio. Ni un “ánimo” ni un “cuenta conmigo”. Nada.
Hasta que un día entendí: basta. Ya no quiero ser necesaria para los demás. Quiero serlo para mí.
Ahora tengo días que son solo míos. Me despierto sin prisas por salvar a nadie. Voy a yoga. Tejo. Leo. Bordado. Hago tartas porque me apetece, no por obligación. Cultivo flores en el balcón sin tener que justificar por qué gasté en tierra y no en “algo útil”. Vivo como quiero.
Tengo un nieto, un niño maravilloso. Nos vemos los fines de semana. Lo adoro. Pero no soy la niñera gratis. No soy la abuela esclava. Soy una mujer que empezó un nuevo capítulo.
Sí, no tengo multitudes alrededor. Pero quien viene, viene por gusto. No por interés, sino porque a mi lado se está bien.
No temo estar sola. No lo estoy. Me rodea la calma, el silencio… y yo misma. Al fin he aprendido a estar conmigo. La vida no se acaba a los sesenta. Comienza de verdad cuando decides que lo importante ya no es lo que das, sino lo que te das.







