Tengo 55 años, o eso creo, porque en el sueño todo envejece y se repite a la vez. Hace dos meses, mi esposa me pidió el divorcio. Dijo, con voz de eco, que necesitaba volver a sentirse viva. Fue una tarde cualquiera, o eso parecía. Estábamos sentados en la mesa de la cocina en nuestra casa de campo cerca de Ávila, el café se enfriaba y un gallo invisible cantaba desde ningún lugar, como cada tarde pero enredado en la niebla del sueño.
Era mi segunda esposa. Llevábamos quince años casados, entre siestas de domingo y almendros en flor. Yo, por esas cosas que el cuerpo decide sin consultarte, no tuve hijos propios. Ella llegó a mi vida con sus dos hijas, como si también lo hubiera decidido un narrador extravagante. Las crié como si ellas fueran las mías, no recuerdo haber hecho distinciones. Les di colegio, ropa, consejos que no recuerdo haber aprendido. Las niñas crecieron y se marcharon a Madrid, donde viven entre luces eléctricas y aceras largas. Nosotros nos quedamos en este pueblo quieto: en una casa modesta pero blanda, con jardín, gallinas y dos perros llamados Luna y Tristán que a veces hablan en mi sueño.
Siempre creí que la calma era suficiente, que la rutina protegía como la muralla de Ávila. Desayunábamos juntos, trabajábamos, cenábamos frente a la televisión, nos acostábamos temprano y los fines de semana íbamos a la capital a comprar o a visitar a los amigos. Nunca le fui infiel, nunca levanté la voz. Fui uno de esos hombres de casa: despertándome antes de que cantara el gallo invisible, cumpliendo mis quehaceres como en una procesión. Pensé todo este tiempo que eso era el amor.
Pero hace unos meses ella empezó a volverse lejana, o quizás era yo el que soñaba con distancia. Decía que se sentía atrapada, que el silencio la ahogaba, que necesitaba el bullicio de Madrid, los mercados, los bares de tapas, el ruido de la Gran Vía como una corriente viva. Yo le respondía siempre lo mismo: aquí lo tenemos todo, la casa está libre de hipoteca, hay aire puro, las noches están llenas de grillos y quietud. Discutimos en bucles de palabras torcidas. Ella insistía. Yo me cerraba como una vieja ventana. Ella quería marcharse. Yo sólo quería quedarme.
Hasta que, una tarde sin tiempo, dejó de insistir. Me miró como si ya no me conociera, y sus palabras fueron como una campana de iglesia:
No quiero pelear más, Gonzalo. Quiero irme. Quiero sentir algo distinto antes de ser vieja de verdad.
Le pregunté si había otro hombre. Juró que no. Dijo que marchaba hacia sí misma, no hacia alguien. Quería empezar de nuevo. Quería sentirse viva en la ciudad, como en una película de Almodóvar.
Esa noche dormimos en la misma cama, pero el colchón era un océano extraño y las sábanas olían a ausencia. Al amanecer, ella metió unas cuantas prendas y unos cuantos recuerdos en un bolso, me dejó la llave encima de la mesa y salió al pasillo. No hubo gritos, ni escenas dramáticas, solo un silencio espeso. Vi desde la ventana cómo se subía en el autocar, y el pueblo, o el sueño, se llenó de niebla.
La casa ahora es enorme, tan vacía que a veces las paredes respiran. Sigo viviendo en este rincón de Castilla, como siempre quise pero sin ella. Me levanto al alba, preparo café para uno, hablo con Luna y Tristán, que a veces usan palabras humanas y otras veces ladran sombras. Me pregunto si fui sordo, si me faltó ceder, si confundí la rutina con amor.
¿Por qué ocurrió esto? ¿Por haber sido un buen hombre, o solo por no entender que el amor también es movimiento, como esas procesiones misteriosas que atraviesan la noche de Santiago?
El café siempre se enfría, el gallo siempre canta en ninguna parte, y yo sigo esperando entender la lógica de este sueño.





