**Diario de Marta López**
Tengo 53 años, y mi madre, 80. Decidí escribir esto porque tal vez alguien se vea reflejado en mis palabras, o quizá alguien tenga un consejo que ofrecerme. No busco lástima, solo desahogarme. Estoy agotada de vivir atrapada en una situación de la que no puedo escapar.
Todavía trabajo, y la jubilación queda lejos. Mi madre vive conmigo. No es que esté postrada o sea incapaz de valerse por sí misma. Para nada. Se asea sola, cocina, va al supermercado e incluso da paseos por el parque. Pero… ¿cómo explicarlo? Vive succionando mi energía, como si estuviera conectada a mis pilas.
Llego por las noches del trabajo, exhausta como si me hubieran exprimido. Me siento con ella, tomo un té y escucho cómo le ha ido el día. Lo único que deseo después es encerrarme en mi cuarto, poner la televisión y dejarme llevar por el sueño.
Pero no. Mi madre espera una conversación. No una cualquiera, sino un sermón. Como si volviera a tener quince años y estuviera en el instituto.
—Si me hubieras hecho caso y te hubieras casado con Alfonso, no con ese otro… —repite una y otra vez—. Estarías feliz, con hijos y una buena carrera, no sola, sin nadie. Bueno, sin nadie, menos sin mí.
—Alégrate de que al menos tienes a tu madre. Valóralo. Cuídame.
No tengo hijos. Mi marido… se fue. O más bien creo que no pudo soportarlo. Nos casamos, nos mudamos juntos, y justo un mes después de que mi madre se instalara con nosotros, él pidió el divorcio. No lo culpo. Para ella, alquilar un piso cuando teníamos uno propio de tres habitaciones era una locura.
Así que ahora vivo en esas tres habitaciones con mi madre. Cada una tiene su dormitorio, pero compartimos cocina y salón. Y lo peor: compartimos la tensión constante.
Cada uno de mis pasos está bajo su lupa. Todos sin excepción.
—¿Por qué llegas tan tarde?
—¿Para qué compraste eso? No lo necesitamos.
—¿Por qué no lavaste mi ropa? ¿Por qué no cambiaste las sábanas?
—Otra vez olvidaste darle de comer al gato.
Jamás escucho un «gracias», «lo has hecho bien», «qué guapa estás», «descansa». Solo reproches. Mañana, tarde y noche. Día tras día.
No me puedo mudar. Con mi sueldo, apenas llego a fin de mes. No me alcanza para otro piso. Aunque encontrara algo pequeño, mi conciencia no me lo permitiría. ¿Y si le pasa algo a mi madre mientras no estoy?
Pero, si soy sincera, a veces siento que me vuelvo loca. Sí, suena horrible. Sé que es mi madre. Le debo la vida. Pero hay días en los que solo quiero desaparecer. Aunque sean un par de horas. Que nadie me exija, me critique o me vigile.
Estoy cansada. Me siento sola, aunque no vivo sola. Estoy en una jaula de la que no puedo escapar, ni con el cuerpo ni con el alma.
¿Dónde está el límite entre el deber y el sacrificio?
¿Tengo derecho a sentir lo que siento?
No lo sé. Pero sé que esto no puede seguir así.






