Tengo 50 años y hace un año mi mujer se marchó de casa llevándose a los niños. Se fue mientras yo no estaba y, cuando regresé, ya no había nadie.
Hace unas semanas recibí la notificación: una solicitud de pensión alimenticia. Desde entonces, me descuentan automáticamente de la nómina. No tengo margen de maniobra. No puedo negociar. No puedo retrasarme. El dinero se descuenta directamente.
No voy a fingir que soy un santo. He sido infiel. Varias veces. Nunca lo oculté del todo, pero tampoco lo confesé abiertamente. Ella decía que exageraba, que veía fantasmas donde no los había.
Además, siempre he tenido mal genio. Perdía los nervios fácilmente, gritaba. En casa, se hacía lo que yo ordenaba, cuando yo quería. Si algo no me gustaba, se me notaba enseguida en el tono de voz. Alguna vez llegué a lanzar cosas. Nunca levanté la mano, pero vaya si les asusté en más de una ocasión.
Mis hijos me temían. Lo entendí tarde. Al volver del trabajo, se callaban de repente. Si alzaba la voz, se metían en su cuarto. Mi mujer iba con pies de plomo, midiendo cada palabra, evitando cualquier discusión. Yo pensaba que eso era respeto. Hoy entiendo que era miedo.
Por entonces no me importaba. Me sentía el que traía el dinero, el que mandaba, el que ponía las normas.
Cuando ella decidió marcharse, me sentí traicionado. Pensé que se estaba rebelando contra mí. Y entonces cometí otro error. Decidí no darle dinero. No era porque no lo tuviera, sino como castigo.
Pensé que así volvería. Que se cansaría. Que acabaría dándose cuenta de que no podía vivir sin mí. Le dije que, si quería dinero, volviera a casa. Que no pensaba mantener a nadie que no estuviera bajo mi techo.
Pero no regresó. Acudió directamente a un abogado. Pidió la pensión y presentó todo ingresos, gastos, pruebas. Mucho antes de lo que creía, el juez ordenó la retención automática.
Desde ese día, veo el sueldo menguado. No puedo ocultar nada. No puedo escaparme. El dinero desaparece antes de que llegue a tocarlo.
Hoy no tengo esposa. No tengo a mis hijos en casa. Apenas los veo, y cuando lo hago, siempre distantes. No me cuentan nada. No soy bienvenido.
Económicamente estoy ahogado como nunca antes. Pago alquiler, la pensión, deudas y casi no me queda nada. A veces me da rabia. Otras, me avergüenzo.
Mi hermana me ha dicho que yo mismo me lo he buscado.







