Tengo 50 años y era una chica joven cuando quedé embarazada de mi novio. Ambos éramos estudiantes de instituto en Madrid y ninguno trabajaba. Cuando mi familia lo supo, su reacción fue inmediata: me dijeron que había deshonrado la casa y que no criarían a un niño que no era suyo. Una noche me pidieron que recogiera mis cosas y abandonara el hogar. Salí con una maleta pequeña, sin saber dónde iba a dormir al día siguiente.
Fue la familia de mi novio quien me abrió las puertas. Sus padres nos acogieron en su casa desde el primer momento. Nos ofrecieron una habitación, establecieron normas claras y nos dijeron que lo único que esperaban era que termináramos nuestros estudios. Se encargaron de la comida, las facturas y hasta de las visitas médicas durante el embarazo. Dependía completamente de ellos.
Cuando nació nuestro hijo, su madre estuvo conmigo en el hospital. Me enseñó a bañarlo, a cambiarle los pañales y a calmarlo por las mañanas. Mientras me recuperaba, ella cuidaba del bebé para que pudiera descansar unas horas. Su padre nos compró la cuna y todo lo necesario para los primeros meses.
Poco después, ellos mismos nos dijeron que no querían que nos estancáramos ni que nos viéramos atrapados. Me ofrecieron pagarme los estudios de auxiliar de enfermería. Acepté. Iba a clases por las mañanas y dejaba a nuestro hijo al cuidado de mi suegra, mientras mi novio empezó a estudiar ingeniería informática. Ambos nos dedicamos por completo a los estudios, mientras ellos seguían cubriendo la mayor parte de los gastos.
Esos años estuvieron llenos de sacrificios. Vivíamos con un horario estricto. No había lujos. A veces llegábamos justos con el dinero los euros nos permitían únicamente sobrevivir, pero nunca nos faltó ni comida ni apoyo. Cuando alguno enfermaba o se desanimaba, ellos estaban ahí. Se hacían cargo de nuestro hijo para que dedicáramos tiempo a los exámenes, a las prácticas o a trabajos esporádicos.
Con el tiempo, conseguimos empleo: yo como enfermera y mi pareja en su ámbito. Nos casamos y nos fuimos a vivir a nuestro propio piso. Criamos juntos a nuestro hijo. Hoy, con 50 años, nuestro matrimonio sigue fuerte. Nuestro hijo creció viendo cada esfuerzo y todo el trabajo realizado.
Con mi familia de origen apenas mantengo el contacto. No hubo más discusiones, pero la cercanía se perdió para siempre. No guardo rencor, aunque la relación nunca volvió a ser la misma.
Si hoy tuviera que decir qué familia salvó mi vida, no fue la que me vio nacer. Fue la familia de mi marido la que me mostró el auténtico significado de la generosidad, del apoyo incondicional y del verdadero hogar. Porque a veces, la familia que elige quererte es la que realmente salva tu vida y te enseña a construir la tuya propia.







