30 de noviembre de 2024
Tengo 45 años y ya no recibo visitas en mi piso de la calle Gran Vía, Madrid. Cada vez más gente parece olvidar que, al entrar, son invitados y no dueños. Se comportan sin modales, dan órdenes y jamás se apresuran a marcharse.
Antes era una persona muy hospitalaria, pero a mis cuarenta y tantos cambié de postura. Decidí que ya no invitaría a nadie. ¿Para qué? Resulta pesado aguantar a esos visitantes que nunca aprenden a irse a tiempo.
Mi último cumpleaños lo celebré en el restaurante Casa Lucio. Me encantó la idea de comer fuera y, desde entonces, lo repito siempre. Permito que explique por qué.
Organizar una fiesta en casa resulta caro. Una cena sencilla implica un desembolso considerable y, si se trata de una comida de Nochebuena, la cifra se dispara. Los presentes suelen llevar regalos modestos, porque los tiempos son duros, y luego se quedan hasta altas horas de la madrugada. Yo prefiero relajarme, no enfrentarme a una montaña de platos y al desorden que deja la gente.
Ahora espero a nadie en mi apartamento. Limpio y cocino cuando me apetece. Antes, después de las fiestas navideñas, terminaba cansado y abatido. Hoy, tras la Navidad, me doy un baño largo y me acuesto temprano.
Disfruto de mucho tiempo libre y lo empleo de forma productiva. Mis amigos pueden pasar a tomar un café, pero no me preocupo por no tener pastas. Puedo expresar mis ideas con libertad. Cuando quiero descansar, simplemente señalo la puerta de salida. No sea que el ambiente sea perfecto; lo esencial es mi bienestar.
Lo más curioso es que quienes les gusta ir de casa en casa rara vez invitan a otros a la suya. Les resulta más sencillo atender a los demás sin perder tiempo en la limpieza y la cocina.
¿Acogerás a tus invitados con alegría? ¿Puedes considerarte una persona hospitalaria? Yo he aprendido que la verdadera cortesía comienza por respetar mi propio espacio y mi tranquilidad.







