Tengo 42 años y no quiero que mis padres se muden conmigo.

Hoy cumplo cuarenta y dos años. Y con toda mi alma, no quiero que mis padres se muden conmigo.

Me llamo Lucía Álvarez. Tengo una familia maravillosa: mi marido, Javier, y nuestros dos hijos. Hace quince años nos vinimos a España, a Madrid, buscando escapar de la pobreza. Queríamos darles a los niños una vida mejor, lejos del pueblo perdido de Extremadura donde nacimos.

Los primeros años fueron duros. Javier limpiaba coches y yo trabajaba de canguro. Vivíamos en un piso minúsculo en las afueras, contando cada euro. Pero poco a poco, con esfuerzo, salimos adelante. Ahora tenemos nuestro hogar, pagado a plazos, y trabajos estables. Los niños van al colegio, hacen deporte, crecen felices. No somos ricos, pero tenemos lo justo.

Mis padres se quedaron en el pueblo. En todos estos años, nunca nos visitaron. No mandaron regalos a los niños, ni una carta. Yo les enviaba dinero cuando podía, compraba sus medicinas, ropa. Su respuesta siempre era la misma: “Vosotros en Madrid vivís como reyes, y nosotros aquí, abandonados”.

Hace una semana, mi madre soltó la bomba: “Vamos a mudarnos contigo. Aquí no tenemos nada. Allí hace buen tiempo, hay comida y los nietos cerca”. Dicho así, como una orden. Ni preguntaron si teníamos espacio, si podíamos costearlo. Para ellos, era nuestra obligación.

Me quedé helada. ¿Y cuándo fue su obligación conmigo? Cuando pasé hambre los primeros meses, ni un paquete de arroz me mandaron. Cuando nació María, mi madre ni vino a conocerla. Ahora, de repente, exigen que sacrifique mi paz, que mis hijos duerman apretados, que Javier aguante sus críticas.

Sé que habrá quien diga: “Te dieron la vida”. Pero ¿qué vida? Cumpleaños sin pasteles, ropa de segunda mano, vacaciones… ¡nunca! No me criaron con amor, sino con resignación.

No soy cruel. Les ayudo, les mando dinero. Pero no voy a convertir mi casa en un infierno. No dejaré que mis hijos paguen por errores que no son suyos.

Puede que suene egoísta, pero elijo a mis hijos. Elijo a mi marido. Elijo este hogar donde, por fin, hay luz y cariño. Donde no hay miedo ni reproches.

Ayudaré a mis padres, pero no a costa de destruir lo que tanto nos costó construir. Mis pequeños merecen crecer en paz. Y esa paz, no la negociaré.

**Hoy aprendí:** Ser familia no es un cheque en blanco. El respeto y el amor se ganan, no se exigen.

Rate article
MagistrUm
Tengo 42 años y no quiero que mis padres se muden conmigo.