Tengo 42 años y estoy casado con la mujer que fue mi mejor amiga desde que teníamos catorce. Nos conocimos un septiembre extraño, atravesando unos pasillos largos, húmedos por la lluvia de Madrid. No hubo chispas, ni suspirar de balcones, ni promesas de Romeo. Éramos dos chiquillos cualquiera, sentados juntos en un pupitre que parecía girar en círculos, flotando entre tizas y cuadernos de rayas. Al principio, nuestra amistad era una nube ligera: deberes compartidos, recreos bajo el olmo del patio, confesiones a media voz en el comedor con olor a croquetas. Yo le hablaba de mis amores torpes, ella me hablaba de chicos que no recordaba sus nombres. Jamás hubo un roce, ni un guiño, ni portal clandestino. Éramos, sencillamente, los mejores amigos.
La adolescencia, como una niebla densa, nos separó. Yo me fui a Salamanca a estudiar a los diecinueve; ella se quedó, enredada en las calles de su barrio. A los veintiuno tuve mi primera relación seria, y a los veinticuatro me casé con otra. Recuerdo su sonrisa aquel día, sentada entre mis primos en la boda. Por entonces también ella tenía pareja sólida, la llamaban por diminutivos que sólo usan las abuelas. Seguíamos manteniendo el hilo tenue de las llamadas: problemas, consejos, consuelos. Nadie escuchaba con la paciencia que teníamos el uno con el otro.
Mi primer matrimonio se desmoronó en silencio, durante casi seis años. De puertas afuera, todo parecía cuadriculado, pero por dentro era una galería de cuadros torcidos: silencios espesos, discusiones de madrugada, distancia fría bajo mantas de lana. Mi amiga lo sabía todo, cada noche de dormir en habitaciones separadas, cada mutismo largo, cada nuevo hueco en el corazón. Era justicia: ella nunca hablaba mal de mi esposa, ni me empujaba al rencor, simplemente escuchaba con la melancolía de los viejos cafés. Por entonces, ella terminó una relación y se perdió durante años en el trabajo, en cafés con leche y recados por el centro.
A los treinta y dos, estalló el divorcio, un laberinto de abogados y emociones, euros desapareciendo como monedas en el metro. Volví a la soledad, y ella apareció más que nunca: buscando pisos conmigo, aconsejando cortinas y lámparas, cenando para que mi soledad no gritase. Seguíamos llamándonos amigos, aunque flotaban pequeños destellos: silencios largos sin miedo, miradas quietas un poco más intensas, celos furtivos que nadie nombraba.
A los treinta y tres, una noche en mi piso de Lavapiés, comprendí que no quería que ella se fuera. No hubo besos, ni tactos ni nada carnal solo insomnio abrupto y la certeza incómoda de que ya no era mi amiga de siempre. Días después, en una acera, ella me confesó algo parecido, con ejemplos tibios: que le dolía enterarse por otros si yo salía con alguna chica, que empezó a preguntarse qué sentía en realidad.
Nos llevó casi un año enfrentarlo, escapar de la corriente. Salimos con otras personas, intentamos convencernos de que lo nuestro era amistad, no amor. Todo era un simulacro siempre volvíamos a buscarnos, a comparar besos y palabras con ese extraño hechizo que compartíamos. A los treinta y cinco nos rendimos. Los principios fueron torpes: veinte años de amistad desdoblados en miedo e incertidumbre, con el temor de perderlo todo si fallábamos.
Dos años después yo con treinta y siete, ella con treinta y seis nos casamos. Nada de boda grande, solo una mañana de invierno en la Casa de la Panadería, un sí, quiero sereno, decidido, sobrio. Los amigos decían siempre se supo, que éramos uno para el otro; nosotros nunca lo vimos. Dos décadas a su lado sin traspasar la frontera, hasta que el tiempo, después de tanta pérdida, destiló el amor.
Hoy el matrimonio es paisaje cotidiano: ni perfecto ni legendario, pero sólido. Nos conocemos sin máscaras: sabemos cómo discutimos, cuándo callamos, qué palabras sanar y cuáles dejar que se disuelvan en el aire. A veces pienso que sólo mediante el divorcio comprendí realmente lo que tenía a mi lado. No me casé con mi mejor amiga por costumbre. Me casé porque, después de tanto naufragio, siempre fue la única persona ante la que nunca tuve que fingir ser otro.







