Tengo 40 años y estuve dos veces a punto de casarme. No fue porque no amara, sino porque en ambas ocasiones comprendí que casarme significaba perder una parte de mí misma.

Ahora, mirando atrás, recuerdo cómo a mis cuarenta años estuve dos veces muy cerca del matrimonio. No fue porque no hubiera amor en mi vida, sino porque en ambas ocasiones comprendí que casarme significaba perder una parte de mí misma.
Soy abogada especializada en derecho internacional. Mi vida ha sido siempre una constante de aeropuertos, hoteles, reuniones virtuales y encuentros con clientes en distintos países. Me llevó años alcanzar esa estabilidad. Trabajaba catorce horas diarias, estudiaba mientras viajaba, dormía en salas de espera, cancelaba vacaciones. Provengo de una familia humilde de Valladolid, así que todo lo que tengo lo he construido yo sola.
Cuando conocí a mi primer prometido tenía treinta y cuatro años. Era cirujano, establecido en Madrid, con su propia consulta y una rutina perfectamente organizada. Al principio todo fue emocionantelargas conversaciones nocturnas, escapadas de fin de semana, planes y promesas de vernos cada mes.
Ocho meses después del inicio de nuestra relación me propuso matrimonio en un elegante restaurante de la Gran Vía. Sacó el anillo delante de todos. Dije sí, lloré emocionada, le abracé y llamé a mi madre esa misma noche. Pero luego llegó la realidad. Él hablaba de cuando vengas a vivir aquí, cuando dejes de viajar, cuando encuentres algo más tranquilo. Nunca me preguntó si yo quería mudarme. Simplemente asumía que yo debía adaptarme a su vida.
Una noche, en su apartamento en Chamberí, mientras él revisaba su agenda quirúrgica, yo estaba en el sofá observando mi calendario repleto de vuelos y reuniones. Entendí entonces que, si me casaba, sería la esposa del doctor, no la mujer que había luchado por su libertad y posición. Dos meses después le devolví el anillo. Ambos lloramos. Fue doloroso, pero nunca lo he lamentado.
Mi segunda ocasión fue diferente. Conocí a él cuando tenía treinta y siete añosliteralmente en Barajas. Era piloto de aviación comercial. Comenzamos hablando sobre un vuelo retrasado y acabamos cenando en Sevilla. Era atento, divertido y viajaba tanto como yo. Un año después me pidió matrimonio. Esta vez no hubo restaurante de lujo, sólo un hotel después de un vuelo agotador. Dije que sí porque, por primera vez, sentí que alguien entendía mi ritmo.
Pero empezaron a ocurrir cosas extrañas: cambios de humor, el móvil en silencio, mensajes borrados, excusas sobre vuelos que no coincidían con el horario real. Un día, una mujer me escribió desde un número desconocido. No dijo mucho, sólo insinuó detalles que solo alguien cercano podía saber. No tenía pruebas legales ni fotos, pero comencé a atar cabos: sus ausencias, las pequeñas mentiras, las respuestas ambiguas.
Una noche, en mi piso de Salamanca, le pregunté directamente. Negó todo. Me miró a los ojos y juró que era imaginación mía. Esa misma noche tomé la decisión. Cancelé el compromiso sin escenas ni gritos. Le dije que no podía casarme con alguien en quien ya no confiaba.
Hoy tengo cuarenta años. Sé que biológicamente no estoy en el mejor momento para tener hijos. Aun así, no vivo angustiada. Tengo mi carrera, mi ritmo, mis viajes, mi casa, mis noches tranquilas. No me siento vacía ni incompleta.
A veces me preguntan si me arrepiento de no haberme casado. Mi respuesta siempre es la misma: me habría arrepentido si me hubiera casado por compromiso o por traición.
No sé qué me deparará el futuro. Pero estoy en paz.

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MagistrUm
Tengo 40 años y estuve dos veces a punto de casarme. No fue porque no amara, sino porque en ambas ocasiones comprendí que casarme significaba perder una parte de mí misma.