Tengo 38 años y hace dos días mi esposa decidió perdonarme por una infidelidad que duró varios meses.
Todo comenzó en el trabajo, a principios de este año. Al equipo llegó una compañera nueva y enseguida congeniamos mucho. Jornadas largas, almuerzos juntos, charlas constantes. Al principio solo hablábamos de asuntos laborales, pero pronto la conversación derivó en temas más personales. Le contaba que en casa todo gira en torno a los niños, que mi mujer está siempre agotada y que casi ya no hablamos. No hablaba mal de mi esposa, pero poco a poco fui creando una imagen de distancia entre nosotros.
Con el tiempo, empezamos a buscarnos fuera del trabajo. Primero un café, luego cañas, al final quedadas cada vez más largas. A los dos meses, ya teníamos una relación de verdad. Nos veíamos una o dos veces por semana. Y después, yo volvía a casa como si nada: cenaba con la familia, acostaba a los niños y me iba a la cama, ocultando una culpa constante a la que aprendí a acostumbrarme.
Empecé a comportarme de otra manera.
Me volví irritable, distraído, siempre pegado al móvil. Mi mujer lo notó, aunque tardó mucho en decirme algo. Yo pensaba que lo controlaba todo, que nadie se daría cuenta.
Me equivocaba.
En noviembre, mi hijo mayor vio una foto de ella en mi teléfono.
Y ya no tuve escapatoria: la misma semana, confesé todo a mi esposa. Le conté cuánto tiempo llevaba la historia, con quién, cómo empezó. No intenté minimizar nada.
Ella no lloró delante de mí.
Solo me pidió que saliera de la habitación y durmiese en el cuarto de nuestro hijo. Así pasé todo noviembre y parte de diciembre.
Ese mes fue el peor de mi vida.
De cara a los niños actuábamos con normalidad, pero apenas cruzábamos una palabra más allá de lo imprescindible. Iba al trabajo, volvía y dormía en un colchón al lado de la cama de mi hijo. Veía a mi esposa a diario, pero no podía tocarla… ni siquiera mirarla como antes. La casa estaba en silencio, pero la tensión se mascaba en el aire.
Ella habló con su hermana, con una amiga cercana y fue sola a terapia.
Yo respeté su espacio. No la presioné. No le supliqué cada día que me perdonara. Simplemente me ocupé de los niños, de la casa y asumí las consecuencias.
Hace dos días, poco antes de Navidad, me pidió que hablásemos.
Me dijo que el mes no había sido fácil. Que pensó en la separación. Pero que no quería tomar una decisión definitiva precisamente en Navidad y romper la familia.
Me confesó que aún no confía en mí.
Pero está dispuesta a intentar reconstruir lo nuestro paso a paso.
Esa noche me dijo que me perdona no porque lo que hice sea pequeño, sino porque quiere darse a sí misma la oportunidad de ver si aún queda algo que salvar.
Sé que el perdón no devuelve automáticamente lo que rompí.
Pero después de estar a punto de perderlo todo, tengo claro algo:
esta segunda oportunidad no es un regalo.
Es una responsabilidad enorme que me toca ganarme cada día.







