Tengo 38 años y durante mucho tiempo pensé que el problema era yo. Que era una mala madre, una mala esposa. Que había algún defecto en mí, porque aunque cumplía con todo, sentía en mi interior que ya no tenía nada más que dar.
Cada día me levantaba a las cinco de la mañana. Preparaba los desayunos, los uniformes, las mochilas del colegio. Dejaba a los niños listos, ordenaba la casa deprisa y me iba al trabajo. Seguía los horarios, cumplía los objetivos, asistía a reuniones. Sonreía. Siempre sonreía. Nadie en la oficina sospechaba nada. Al contrario, me decían que era responsable, organizada, fuerte.
En casa también todo marchaba. La comida, las tareas, el baño, la cena. Escuchaba a los niños contarme sus historias, respondía a preguntas sobre los deberes, mediaba en sus pequeñas peleas. Les abrazaba cuando lo necesitaban, corregía cuando era preciso. Desde fuera, mi vida parecía normal. Incluso buena. Tenía familia, empleo, salud. No había ninguna tragedia visible que explicara lo que sentía.
Pero por dentro estaba vacía.
No era tristeza constante, era cansancio. Un cansancio que no se iba durmiendo. Me acostaba agotado y me despertaba aún más cansado. El cuerpo me dolía sin motivo. Los ruidos me ponían nervioso. Me desesperaban las preguntas repetitivas. Empecé a pensar cosas que me daba vergüenza admitir: que quizá mis hijos estarían mejor sin mí, que no valía para esto, que tal vez hay mujeres destinadas a ser madres y yo no era uno de ellas.
Nunca faltaba a mis obligaciones. Nunca llegaba tarde. Nunca perdía el control. Nunca gritaba más de lo “normal”. Por eso nadie lo notaba.
Ni siquiera mi pareja se daba cuenta. Él veía que todo “iba bien”. Si decía que estaba cansado, respondía:
Todas las madres se cansan.
Si decía que no tenía ganas de hacer nada, me soltaba:
Eso es falta de motivación.
Y dejé de hablar.
Hubo noches en las que me encerraba en el baño, con la puerta cerrada, solo para no oír a nadie. No lloraba. Solo miraba la pared y contaba los minutos hasta tener que volver a salir y seguir siendo “quien puede con todo”.
La idea de marcharme apareció calladamente. No fue un impulso dramático. Era un pensamiento frío: desaparecer un par de días, irme, dejar de ser imprescindible. No porque no quisiera a mis hijos, sino porque sentía que ya no tenía nada más para darles.
El día que toqué fondo no fue espectacular. Fue un martes cualquiera. Uno de mis hijos me pidió ayuda con algo tan sencillo, y yo simplemente le miré, sin comprender. La mente en blanco. Noté un nudo en la garganta y el pecho ardía. Me senté en el suelo de la cocina y no pude levantarme durante unos minutos.
Mi hijo me miró asustado y dijo:
Mamá, ¿estás bien?
Y yo no sabía qué responderle.
Nadie vino a ayudarme. Nadie vino a salvarme. Simplemente, ya no podía fingir que todo estaba bien.
Busqué ayuda cuando las fuerzas ya no me daban más de sí. Cuando ya no podía “con todo”. El terapeuta fue el primero que me dijo algo que nadie antes me había dicho:
Esto no es porque seas una mala madre.
Y me explicó lo que me pasaba.
Comprendí que nadie me había ayudado antes porque nunca dejé de funcionar. Porque, mientras una mujer lo hace todo, el mundo asume que puede seguir. Nadie pregunta por aquella que nunca cae.
Recuperarme no fue algo rápido. Ni mágico. Fue lento, incómodo y lleno de culpa. Aprender a pedir ayuda. Decir “no”. No estar siempre disponible. Entender que descansar no me hacía peor madre.
Hoy sigo criando a mis hijos. Sigo trabajando. Pero ya no pretendo ser perfecto. Ya no creo que un fallo me defina. Y, sobre todo, ya no pienso que el querer huir me hiciera peor madre.
Simplemente estaba agotado. Y ahora sé que eso no me hace menos.







