Tengo 26 años y mi esposa me dice que tengo un problema que no quiero admitir.

Recuerdo aquellos años, cuando tenía veintiséis y mi esposa, Sofía, insistía en que tenía un problema que no quería aceptar.
Me lo repetía cada vez que dejaba un trabajo o cuando me despedían.
Decía que no era normal que el periodo más largo en el que había permanecido en un empleo fuera apenas medio año.
Y tenía razón.
A veces aguantaba un mes, otras quince días, y en ocasiones ni siquiera finalizaba el periodo de prueba.
Pasé por todo tipo de ocupaciones: mantenimiento, limpieza, barrer calles, fregar baños, cargar mercancía en almacenes.
Siempre empezaba con ganas, pero a los pocos días el peso se hacía insoportableel cuerpo, la cabeza.
No era solo el cansancio.
Era la vergüenza.
Terminé apenas hasta el segundo de Bachillerato.
Jamás volví a las aulas.
Cada vez que iniciaba uno de esos trabajos y me daban un chaleco, una escoba o un cubo, sentía que no pertenecía allí.
Observaba a mis compañerosresignados, trabajando sin quejasy por dentro me repetía que ese no podía ser mi destino.
Entonces comenzaba a llegar tarde, a trabajar peor, y buscaba mil excusas para ausentarme.
Hasta que, un día, me llamaban a la oficina y me decían que no volviera.
Sofía no entendía esto.
Ella llevaba cuatro años trabajando en una tienda, cobrando poco pero con seguridad.
Cada mes sabía lo que iba a recibir.
Cuando volvía a casa otra vez sin trabajo, me miraba con rabia y agotamiento.
Decía: “El problema no es el empleo, eres tú.
No aguantas nada.” Yo le respondía que esos trabajos no eran para mí, que estaba hecho para otra cosa, que no nací para limpiar baños toda la vida.
Entonces se enfadaba más.
Me pedía que terminara los estudios, que aprendiera algo, que me cualificara.
Que nadie me contrataría para “otras cosas” sin diploma.
Le prometía que lo haría, pero pasaban los meses y no me matriculaba.
Siempre encontraba excusasno tenía dinero, ni tiempo, lo haría después.
La verdad era que me daba miedo regresar al instituto de adulto, sentarme junto a jóvenes, sentirme atrasado.
En casa aquello ya se había vuelto rutina.
Discutíamos siempre sobre lo mismo.
Ella decía que vivía en sueños, que hablaba bonito pero no hacía nada.
Yo le reprochaba que se había resignado, que solo sobrevivía en vez de vivir.
A veces nos gritábamos.
Otras, no hablábamos durante días.
Salía de nuevo a buscar trabajo, con el currículum doblado en el bolsillo, y regresaba decepcionado cuando me decían “ya lo llamaremos”.
Lo peor era que yo de verdad soñaba.
Soñaba con tener un negocio propio, no depender de nadie, no sentirme avergonzado por el uniforme.
Soñaba con madrugar para algo mío, no para recibir órdenes.
Pero los sueños no pagan el alquiler ni la comida.
Y Sofía me lo recordaba a diario.
¿De verdad tengo un problema que me niego a aceptar, o solo el derecho a soñar con algo más grande?

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Tengo 26 años y mi esposa me dice que tengo un problema que no quiero admitir.