Tengo 26 años y mi esposa dice que tengo un problema que no quiero admitir.

Tengo veintiséis años y mi esposa, Carmen López, insiste en que tengo un problema que me niego a aceptar.
Me lo repite cada vez que dejo un trabajo o cuando me despiden.
Afirma que no es normal que el periodo más largo en el que he mantenido un empleo haya sido de seis meses.
Y lleva razón.
A veces aguanto un mes, otras veces quince días, y alguna ni siquiera llego a concluir el periodo de prueba.
He trabajado en todo tipo de cosasmantenimiento, limpieza, barrer calles, fregar baños, cargar mercancías en almacenes de Madrid, Toledo, Sevillasiempre empiezo animado, pero al poco me pesa todo: el cuerpo, la mente.
No es solo el agotamiento.
Es la vergüenza.
Terminé apenas once años de estudios, el equivalente a la ESO, y nunca regresé a la escuela.
Cuando acepto uno de esos trabajos y me ponen el chaleco, la escoba o el cubo en las manos, me siento fuera de lugar.
Miro a los otros compañerosresignados, cumplen con lo suyo, sin quejas mientras yo me repito dentro de mi cabeza que esto no puede ser mi vida.
Empiezo a llegar tarde, a trabajar peor, a buscar pretextos para faltar.
Hasta que un día me llaman al despacho y me dicen que no vuelva más.
Carmen, ella no lo entiende.
Trabaja en un supermercado de barrio en el centro de Madrid desde hace cuatro años.
Su sueldo no es gran cosaapenas mil euros mensualespero es constante y estable.
Sabe con certeza cuánto cobrará cada mes.
Cuando llego de nuevo a casa sin trabajo, me mira cansada, furiosa.
Me dice: El problema no es el trabajo, eres tú.
No soportas nada. Y yo le contesto que ese tipo de trabajos no son para mí, que nací para algo diferente, que no he venido a este mundo para limpiar baños de otros durante toda la vida.
Eso la enfada más todavía.
Me exige que termine los estudios, que me forme, que encuentre una cualificación nueva.
Que nadie me contratará para otra cosa si ni siquiera tengo título de la ESO.
Le prometo que lo haré, pero los meses pasan y no me apunto.
Siempre hay una excusano tengo dinero, no me alcanza el tiempo, lo haré más adelante.
La verdad es que me da miedo volver como adulto, sentarme entre chavales, sentirme atrasado.
En casa ya es rutina.
Discutimos siempre por lo mismo.
Ella dice que vivo de sueños, que hablo bonito, pero no hago nada.
Yo le reprocho que se ha resignado, que solo sabe sobrevivir y no vivir.
A veces nos gritamos.
A veces no nos hablamos durante días.
Yo vuelvo a salir, con el currículum doblado en el bolsillo, buscando empleo por las calles, y regreso decepcionado cuando me dicen ya te llamaremos.
Lo peor es que yo realmente sueño.
Sueño con tener un negocio propio, no depender de nadie, no sentir vergüenza por mi uniforme.
Sueño con levantarme pronto para luchar por algo mío, no para obedecer órdenes.
Pero los sueños no pagan el alquiler ni la comida.
Y ella me lo recuerda cada día.
¿De verdad arrastro un problema que no quiero admitir, o simplemente tengo derecho a soñar con algo mayor?

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Tengo 26 años y mi esposa dice que tengo un problema que no quiero admitir.