Tengo 26 años y llevo cinco meses sin hablar con mis padres. No porque haya hecho algo ilegal o inmoral, sino porque elegí marcharme de casa.

Tengo 26 años y llevo cinco meses sin hablar con mis padres. No es porque haya hecho nada ilegal ni inmoral, sino porque tomé la decisión de marcharme de casa. Trabajo como gestora en una empresa y me gano la vida yo sola, pero a pesar de ello vivía como una adolescente bajo una vigilancia constante. Mis padres son profundamente creyentes y siempre han pensado que el control estricto es una forma de mostrar cariño. Sin embargo, para mí ese control se fue convirtiendo poco a poco en asfixia.

No me dejaban tener amigas fuera de nuestro barrio de Chamberí, en Madrid. No podía salir si no era con ellos. Cumpleaños de una compañera, una sesión de cine, o tomar un café después del trabajo, todo eso se consideraba “un ambiente poco apropiado”. Hasta una simple charla con alguien fuera de su círculo despertaba sospechas. Sentía que mi vida estaba dentro de un marco del que no podía salir.

A pesar de que ya trabajaba y cobraba mi propio sueldo, mi economía estaba supervisada por ellos. El dinero iba a una cuenta que mi madre revisaba cada semana. Si quería comprarme una blusa, primero tenía que enseñársela. Si quería salir después del trabajo, tenía que pedir permiso. Si me retrasaba diez minutos, no tardaba en sonar mi móvil con la típica pregunta de dónde estaba. Nunca antes había tenido la oportunidad de vivir sola ni de tomar decisiones propias, como es natural para alguien de mi edad.

Todo estalló una tarde de domingo. Quería ir al cumpleaños de una compañera del trabajo. Mi padre se negó rotundamente, diciendo que eso no era propio de una chica soltera. Respondí que tengo 26 años, que trabajo y que no soy una niña. Mi madre dijo que estaba cambiando y que iba por mal camino. La discusión subió de tono hasta convertirse en un auténtico enfrentamiento. Mi padre gritó que, mientras viviera bajo su techo, tendría que obedecer sus normas. Y en ese momento, entendí que si me quedaba allí, iba a perderme a mí misma. Me eché a llorar, fui a mi cuarto, metí unas cuantas cosas en una maleta y esa misma noche me fui de casa.

Una compañera del trabajo me acogió en su piso de Vallecas. Durante cinco días dormí en un colchón hinchable en su salón. Luego, otra amiga y yo decidimos alquilar un piso juntas. Firmamos el contrato y compramos lo imprescindible: un frigorífico viejo de segunda mano, una pequeña placa, un colchón y una mesa de plástico. Empecé a organizar mi vida por primera vez: horarios, gastos, facturas. Por fin llegaba a casa sin miedo a que revisaran mi móvil o a que me interrogaran por dónde había estado.

Desde que me fui, mis padres no me hablan. Mi madre me mandó solo un mensaje para decirme que soy una decepción y que estoy perdiendo la espiritualidad. Mi padre me ha bloqueado en WhatsApp. Mis hermanos me contaron que en casa ni siquiera quieren oír mi nombre. No he vuelto por allí.

Actualmente trabajo, pago alquiler, facturas y comida. Llego cansada, cocino, pongo lavadoras, recojo el piso. No es fácil, pero por primera vez siento tranquilidad. Puedo sentarme en el sofá sin miedo a que me riñan. Puedo poner música. Puedo invitar a una amiga. Puedo decidir a qué hora quiero acostarme. Nadie cuenta mi dinero ni revisa mi ropa.

Llevo ya cinco meses así: siendo independiente, con más responsabilidades, pero con mucha más libertad interior. No les he buscado porque sé que para ellos disculparse equivaldría a regresar y aceptar de nuevo sus reglas. Y yo no quiero volver a un pasado en el que no podía ser una adulta.

Aun así, cada día me hago la misma pregunta: ¿hice bien eligiendo mi libertad o de verdad soy la mala hija que ellos creen?.

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MagistrUm
Tengo 26 años y llevo cinco meses sin hablar con mis padres. No porque haya hecho algo ilegal o inmoral, sino porque elegí marcharme de casa.