*”Bueno, tenemos un niño, ¿por qué no nos cambiamos de habitación…?” — cómo la mujer de mi hermano intentó echar a Alejandro de su espacio.*
Esta historia le ocurrió a un buen amigo mío, con quien estudié juntos en la universidad. Se llama Alejandro, tiene solo veintidós años y vive en el piso de sus padres, de tres habitaciones, en uno de los barrios residenciales de Valencia. En principio, una situación normal: conviven tres generaciones —los padres, él y la familia de su hermano mayor, que acaba de tener un bebé.
El hermano de Alejandro, Ismael, no gana lo suficiente como para permitirse un alquiler aparte, así que, con su mujer, Lola, y el recién nacido, no les queda más remedio que compartir piso con los padres y el hermano pequeño. Cada uno tiene su habitación, y la cocina y el baño son comunes. Sí, a veces hay poco espacio, pero hasta hace poco, todos convivían en paz. Alejandro no se quejaba —mantenía su distancia, estudiaba, trabajaba a media jornada y, como se suele decir, no molestaba a nadie.
Pero un día, no precisamente bueno, Lola, la mujer de su hermano, se acercó a Ale con una propuesta muy *”importante”*:
—Ale, bueno, tenemos un niño pequeño… ¿qué te parece si nos cambiamos de habitación? La tuya da al sur, ¡entra mucha luz! La nuestra está siempre a oscuras y, parece, hasta hay humedad. Para el bebé no es nada bueno…
Alejandro se quedó un momento desconcertado. Él sabía que lo de la humedad era una tontería, nadie se había quejado antes. Además, su cuarto, aunque era dos metros más pequeño, era mucho más práctico: cuadrado, cálido y acogedor. En cambio, la habitación de su hermano y Lola tenía un balcón, paredes alargadas y constante corriente. Y, por si fuera poco, era justo por ese balcón donde su madre tendía la ropa, su padre guardaba las herramientas y Ismael salía a fumar.
Lola seguía insistiendo:
—¡Total, nuestra habitación es más grande! Y si no te gusta que haga fresco, eres un hombre —ponle espuma a las ventanas tú mismo. No es ciencia avanzada.
Alejandro empezó a hervir por dentro. Querían quitarle su espacio personal, usando al bebé como excusa. Ismael, en cambio, se quedó callado como un muerto. Ni una sola vez mencionó que quería mudarse. Solo Lola daba vueltas, intentando convencerlo, repitiendo que era lo correcto, que él *debía* hacerlo…
Alejandro se negó. Con educación, pero firme. No quería vivir en una habitación de paso, con el balcón por el que entrarían cada dos horas a buscar calcetines, pañales o cigarrillos. No quería perder la libertad de invitar a una chica sin temor a que justo en ese momento alguien empezara a revolver en busca de detergente.
—La habitación de mis padres es su territorio sagrado. La de mi hermano, para su familia. La mía es lo único que tengo —le dijo a Lola—. Lo siento, pero no pienso cambiar nada.
Después de esa conversación, el ambiente en casa se volvió tenso. Lola dejó de saludarlo, pasaba de largo, lo miraba de reojo como si hubiera hecho algo terrible. Ismael, por su parte, fingía que el problema no existía. Los padres no se metían, intentando mantenerse neutrales.
Alejandro lo veía todo, pero no le daba importancia. Sabía que Lola solo usaba esa táctica —presionar con *”bondad”*, *”preocupación”* y *”las necesidades del niño”*. Pero en esos intentos de manipulación, no había lugar para sus intereses.
—No me importa ayudar —me dijo—. Pero ¿por qué tiene que ser a costa de mi comodidad? ¿Por qué tengo que ceder yo, y no ellos buscar soluciones por su cuenta?
Tiene razón. Todos tienen derecho a sus límites personales. Aunque vivan en casa de sus padres. Aunque tengan veintidós años. Aunque alguien haya tenido un hijo.
Lola se enfadó. Claro. No consiguió imponer su voluntad. Pero Alejandro está seguro —no es culpa suya. Y no piensa sentirse culpable por negarse a renunciar a su único espacio personal.
A veces, para no perderte a ti mismo, solo hace falta decir un *”no”* rotundo.







