**Temporada de Confianza**
A principios de mayo, cuando la hierba ya estaba verde y jugosa, y por las mañanas el rocío aún empañaba los cristales de la galería, Lucía y Javier se plantearon en serio alquilar su casa de campo sin intermediarios. La idea había madurado durante semanas: amigos les hablaban de comisiones abusivas y en foros se quejaban de los agentes inmobiliarios. Pero lo que más pesaba era otra cosa: querían decidir ellos mismos a quién confiar el hogar donde habían pasado los últimos quince veranos.
Una casa de campo no son solo metros cuadrados dijo Javier, podando con cuidado las ramas secas de las frambuesas mientras miraba a su mujer. Queremos que la traten con respeto, no como un hotel.
Lucía, secándose las manos en un trapo en la puerta, asintió. Este año se quedarían más tiempo en la ciudad: su hija empezaba una etapa importante en los estudios y Lucía quería ayudarla. La casa estaría vacía casi todo el verano, y los gastos de mantenimiento no desaparecerían. La solución parecía obvia.
Por la noche, después de cenar, recorrieron juntos la casa con mirada crítica: qué arreglar, qué guardar para evitar tentaciones. Guardaron los libros y las fotos familiares en cajas, dejaron sábanas limples dobladas en la cama, y en la cocina, Lucía seleccionó solo lo imprescindible.
Hagamos un inventario propuso Javier, sacando el móvil. Fotografiaron las habitaciones, los muebles del jardín, incluso la vieja bicicleta junto al cobertizo, por si acaso. Lucía anotó los detalles: cuántas ollas había, qué colchas usaban, dónde estaba el juego de llaves de repuesto.
Al día siguiente, con la primera lluvia de mayo empapando el terreno, publicaron el anuncio en una web. Las fotos mostraban la luz entrando por las ventanas, los tomates creciendo en el invernadero y los dientes de león floreciendo junto al camino.
La espera de las primeras respuestas fue una mezcla de nervios y emoción, como cuando esperas invitados y no sabes quién llegará. Las llamadas no tardaron: algunos preguntaban por el Wi-Fi o la televisión, otros si aceptaban perros o niños. Lucía respondía con honestidad, recordando sus propias búsquedas de alquiler.
Los primeros inquilinos llegaron a finales de mayo. Una pareja joven con un niño de siete años y un perro mediano que, por teléfono, juraron que era «totalmente tranquilo». Firmaron un contrato sencillo con sus datos y condiciones de pago. Lucía sintió un poco de inquietud: era un acuerdo informal, pero para el verano bastaba.
Los primeros días transcurrieron sin problemas. Lucía visitaba la casa semanalmente para regar los tomates y llevaba toallas frescas o pan recién hecho. Los inquilinos eran amables: el niño la saludaba desde la ventana, el perro la recibía en la puerta.
Pero a las tres semanas comenzaron los retrasos en los pagos. Primero excusas: olvidos, errores del banco, luego gastos imprevistos.
¿Para qué necesitamos estos problemas? murmuró Javier una noche, mirando los mensajes en el móvil mientras el sol se ponía tras los manzanos.
Lucía intentó ser comprensiva: recordaba los pagos con delicadeza, ofrecía plazos. Pero la tensión crecía, dejándola exhausta tras cada conversación.
Para mediados de junio, estaba claro: los inquilinos se irían antes de tiempo y dejarían parte del pago pendiente. Cuando se marcharon, la casa olía a tabaco (a pesar de la prohibición), había basura bajo la galería y manchas de pintura en la mesa de la cocina.
Y el perro «tranquilo» Javier señaló la puerta del trastero, arañada.
Pasaron el día limpiando en silencio: lavando platos, recogiendo basura, llevando las toallas sucias a la lavandería. Las fresas junto a la valla estaban maduras; entre tarea y tarea, Lucía cogió un puñado, dulces y aún tibias por el sol.
Tras aquello, discutieron si merecía la pena seguir. ¿No sería mejor contratar una agencia? Pero la idea de que un extraño gestionara su casa o cobrara comisión por entregar unas llaves les repelía.
A mediados de verano, lo intentaron de nuevo, esta vez con más precaución: pedían un mes de adelanto, explicaban las normas con detalle. Pero la nueva experiencia fue igual de frustrante. Una familia de dos adultos y un adolescente llegó un sábado por la tarde e invitó a amigos «un par de días», que se convirtieron en una semana de barbacoas nocturnas y risas estridentes.
Lucía llamó varias veces pidiendo silencio después de las once; Javier fue a inspeccionar y encontró botellas vacías bajo las lilas.
Cuando se marcharon, la casa parecía exhausta: el sofá manchado de vino, bolsas de basura junto al cobertizo, colillas bajo el manzano.
¿Cuánto más vamos a aguantar esto? masculló Javier, recogiendo restos de carne junto a la parrilla.
Lucía sentía decepción: le parecía injusto que trataran así una casa ajena.
Quizá tenemos culpa. Deberíamos haber sido más firmes con las normas
En agosto llegó otra solicitud: una pareja joven sin niños quería alquilar la casa una semana. Tras lo anterior, Lucía fue meticulosa: aclaró todas las condiciones por teléfono, exigió fotos del estado inicial y pidió un depósito.
Los inquilinos aceptaron sin protestar. Se encontraron en la puerta un mediodía abrasador, con el aire temblando sobre el camino y el zumbido de los insectos flotando en el ambiente.
Pero al marcharse, descubrieron que habían estropeado el microondas (calentaron algo con papel de aluminio) y se negaban a pagar.
¡Apenas hemos tocado nada! ¡Fue un accidente! la mujer se defendió.
Lucía, por primera vez en meses, sintió ira, pero contuvo las palabras duras.
Intentemos solucionarlo con calma. Entendemos que pueden pasar cosas, pero hay que compensar el daño.
Tras discutirlo, llegaron a un acuerdo: los inquilinos dejaron parte del depósito y se fueron sin más problemas.
Cuando la puerta se cerró tras ellos y solo quedó el calor y el zumbido de los abejorros bajo el porche, Lucía y Javier sintieron un alivio extraño, mezclado con cansancio.
Ambos supieron que no podían seguir así.
Esa misma tarde, con el sol poniéndose y las sombras de los manzanos alargándose por el patio, se sentaron en la galería con un cuaderno. En el aire flotaba el olor a hierba y manzanas, algunas ya maduras y cayendo al suelo. Lucía repasó las fotos hechas durante la última entrega y marcó en silencio lo que necesitaba reparación.
Hagamos una lista detallada dijo, sin levantar la vista. Para que todo el mundo sepa cómo dejar las cosas. Normas claras: vajilla, electrodomésticos, ropa, basura
Javier asintió. Estaba cansado de estos temas, pero sabía que era necesario. Redactaron que las fotos se harían junto a los inquilinos, añadieron cláusulas sobre el depósito, especificaron cómo entregar las llaves. Incluso explicaron el uso de los electrodomésticos y qué hacer si algo se rompía.
Pulieron cada palabra para que no sonara hostil, para que los huéspedes se sintieran bienvenidos, no vigilados. En cada línea dejaron espacio para la confianza, pero también para límites claros. Lucía insistió: el contrato debía incluir un teléfono de contacto por cualquier emergencia.
Al caer la noche, con el fresco de la galería y el rocío humedeciendo el mantel, ya no discutían. El nuevo listado lo copiaron en una lib







