Temo perderte

Pues aquí es donde vivo, sonrió León, invitando a la chica a pasar a su piso.
Entra, ponte cómoda, yo vengo enseguida.
Inés entró algo dubitativa, mirando alrededor con cierta inquietud y ni siquiera se quitó los zapatos.
Algo la tenía intranquila…
Y cuando León volvió al recibidor, en los ojos de Inés apareció un miedo auténtico, le temblaron las manos, y sin decir palabra, salió corriendo del piso.
¡Inés, ¿dónde vas?!
León se quedó mirando la puerta abierta, después miró a Marta, que estaba junto a él…
Para nada esperaba que una noche tan bonita acabara de forma tan rara.
¿Que se fue así, sin decir nada?
exclamó Álvaro, el mejor amigo de León, cuando éste le contó lo que había pasado.
Nada, tío, ni una palabra.
Se fue corriendo como si hubiera visto un fantasma.
León levantó la jarra de cerveza, la miró pensativo y la volvió a dejar en la mesa.
No entiendo nada ¿Por qué reaccionó así?
¿Qué la asustó tanto?
Puede haber mil cosas, macho.
¿Has intentado preguntarle directamente qué ha pasado?
Pues lo haría, pero desde anoche no responde ni a llamadas ni a mensajes.
¿Has ido a buscarla a su casa?
No Solo la he acompañado hasta su portal, pero no sé en qué piso vive.
Vaya movida, tío
Sí, y eso que todo empezó tan bien Y mira cómo ha terminado, una tontería.
Igual solo ha sido un susto tonto y no es pa tanto.
¿Por qué te rayas así?
No sé Me da que se lo ha pensado mejor y ya está.
No se me ocurre otra cosa.
El lunes la vas a ver en el curro, ¿no?
Pues ahí lo hablas con ella, lo demás ya irá saliendo
La primera vez que León vio a Inés fue en un bus urbano de Madrid, en hora punta.
Nadie se levantaba para dejarle sitio a una chica joven, él lo hizo.
Se quedó de pie a su lado, le sonreía sin poder evitarlo.
Le había encantado.
Le habría gustado hablarle, pero aparte de tener prisa para llegar al trabajo, nunca ha sido de los que se lanzan a conocer a alguien de forma tan directa.
¿Y si le suelta cualquier cosa rara?
Hola, soy León.
Aquí tienes mi número, ¿me llamas después del curro?
Suena fatal, vamos.
Así que cuando se bajó del bus, ni siquiera se esperó a ver si ella se bajaba detrás.
Se fue directo a la oficina.
Mientras caminaba, le daba la sensación de que la chica iba detrás.
Pero ni se atrevió a mirar.
Pensaba: Ya te gustaría
Y sí, le gustaría, pero la vida no es así.
No es como en las pelis, que ves a alguien y zas, amor eterno al instante.
Pasó una hora delante del ordenador intentando quitársela de la cabeza, pero ni con esas.
Buscaba un archivo de Excel y le venía a la mente la mirada de la chica, abría el correo y veía su sonrisa.
Una obsesión.
Por eso, cuando vio que el jefe, don César, entraba en la oficina y detrás de él venía esa misma chica, pensó que era cosa de su imaginación, que tenía que hacérselo mirar.
Pero era ella.
Inés, dijo dulcemente cuando se presentó.
Con todo el mundo ya había hablado, menos con él.
León.
Encantado.
No pudo decir más.
Estaba tan nervioso que se le nublaba la cabeza.
Pero por dentro, tenía un torbellino.
Sentía que le nacía una ilusión nueva.
Cada vez que se cruzaba con Inés durante el día, tenía esa sensación extraña
de querer bajarle una estrella, o encontrarle una perla en el fondo del mar.
Hasta pensaba que haría cualquier locura solo porque ella le prestara atención.
Esa misma tarde, León se encontró con Álvaro en el parque del Retiro, donde solían pasear a los perros, y le contó lo de la nueva compañera de trabajo.
Se lo describió tan entusiasmado, que Álvaro no tardó en darse cuenta de todo.
¡Tío, que te has pillado pero bien!
¿Tú crees?
Vamos, segurísimo.
Me pasó igual con Lucía.
La vi y supe que querría estar con ella siempre.
¡Eso es!
Pienso en toda una vida juntos solo con verla…
¡Tienes que invitarla a salir ya!
¿Qué tal un café o ir al cine?
¿Y si pasa?
¿Y si le parece bien?
Si no lo intentas, tolón tolón…
Y si tardas, otro puede adelantarte.
¿Y si ya tiene a alguien?
Si yo le salgo con una cita, menudo plan…
Bueno, pues si ya tiene a alguien, tendréis una relación de compis y ya.
Pero por probar, no pierdes nada, y como haya suerte…
Así que León se animó.
Después del trabajo, fue a la parada, se acercó a Inés y le dijo lo mejor que le salió:
Oye nada raro, pero, ¿te gustaría ir a tomar algo, o ver una peli?
Ella sonrió y aceptó.
Tomaron café, pasearon por las calles tranquilas de Madrid hasta medianoche y luego la acompañó a casa.
Fue incluso más bonito de lo que él había imaginado.
Cuando volvió a casa, paseó a Marta, su perra, durante una hora larga porque había saltado su paseo habitual.
Y luego, tumbado en la cama, se quedó soñando
Soñando con pedirle a Inés que se fuera a vivir con él, con tener hijos, irse los fines de semana a la sierra juntos.
Notaba esa corazonada de que esas fantasías pronto serían realidad.
Pasaron tres meses.
Y fueron los mejores tres meses de su vida.
Tantas cosas vividas: cenas en restaurantes, paseos románticos bajo la lluvia de verano, besos sin miedo a los curiosos.
Inés era increíble.
Buena, divertida, simpática, y sobre todo muy humilde y honesta.
León sentía que la vida le había regalado algo grande.
Pero
El único pero era que después de salir con Inés, tenía que dar largas caminatas con Marta.
León vivía solo y nadie más podía sacar al animal.
Alguna vez propuso salir los tres juntos, pero Inés siempre se ponía rara, callada, apartaba la mirada y acababa rechazando la idea.
Mejor solos, León Imagínate que queremos entrar a un café o al cine.
No podemos llevar al perro.
Sí, tienes razón, asentía León.
Luego, él le propuso irse a vivir con él.
Ella aceptó la propuesta, pero al tema de mudarse le daba largas.
Inés, sé que la boda no es hasta el año que viene, pero podríamos vivir juntos ya.
Me siento tranquilo cuando estás cerca.
Es que le prometí a la casera que me quedaba hasta fin de año.
No quiero dejarla tirada.
Si quieres, yo pago esos dos meses y listo.
Vente a mi piso, así te lo enseño y conoces también a Marta.
Seguro que te va a caer bien.
A Inés se le cambió la cara, pero acabó aceptando.
Quería tanto a León que pensó que, tal vez, podría superar su miedo…
Cuando llegaron, León repitió:
Mira, aquí es donde vivo.
Entra, ponte cómoda, yo vengo enseguida.
Inés pasó la puerta con muchísima inseguridad, mirando cada rincón, sin descalzarse.
Había algo que la inquietaba…
Cuando León regresó, vio en los ojos de ella un terror auténtico, le temblaban las manos, y sin decir nada, salió corriendo al instante.
¡Inés, espera!
León miró sorprendido la puerta abierta, luego a Marta, con cara de ¿qué ha pasado?.
Para nada se esperaba que acabara así la velada.
Intentó llamarla pero nada.
Entonces, quedó con Álvaro porque necesitaba soltarlo todo y buscar algún consejo que le orientase.
Al final decidió esperar al lunes; sabía que Inés tendría que ir a trabajar
Cada dos por tres León miraba el reloj, buscando con la vista por las ventanillas mojadas de los autobuses pero Inés no bajaba.
Era raro; ella casi siempre llegaba pronto.
¿Y si le ha pasado algo?
Estaba a punto de pedirle al jefe un día libre para buscarla, cuando, al fin, la vio.
Venía andando por la acera, el pelo suelto, lágrimas en las mejillas, los ojos tristes.
¡Inés, espera!
Ella se detuvo de golpe, vio a León y bajó la cabeza.
Inés, ¿qué ha pasado?
¿Por qué te fuiste corriendo?
¿Por qué no contestas?
No sé ya qué pensar
León, perdóname
¿Qué ha pasado?
Faltan cinco minutos para entrar, ¿lo hablamos mejor esta tarde?
¿Te has arrepentido de casarte conmigo?
¿No quieres vivir conmigo?
León la agarró de la mano Llevo dos días sin poder pensar en otra cosa.
Dímelo aquí y ahora, ¿por qué huiste?
Perdona, León, pero no puedo vivir contigo dijo Inés casi susurrando, y se puso a llorar.
¿Pero por qué?
¿Qué he hecho?
Nada
Entonces, ¿qué pasa?
Inés se limpió las lágrimas y le miró a los ojos:
Tengo miedo
¿A qué, cariño?
¿A qué tienes miedo?
A los perros.
¡No me digas!
¿A Marta?
Si ya sabes que es más buena que el pan
Lo pensó: Al final, sí era por eso
No No es solo Marta, es que tengo pánico a todos los perros.
Cuando tenía seis años, un bull terrier me atacó…
Nunca me lo habías contado
Ni quiero recordarlo.
Estaba en el parque, mi madre fue a por pan, y el dueño del perro, borracho, le gritó para que me echara de un banco.
Me salvaron de milagro.
Desde entonces, los perros me dan pavor.
Oye, Inés
León, vamos a llegar tarde Nadie va a esperar que resolvamos esto aquí.
Que esperen.
Sé que tienes una herida de fondo, pero por la calle hay perros y no te pasa nada.
Sí me pasa.
Pero en la calle puedo ir por otro lado, puedo acercarme a gente y sentirme protegida.
Pero vivir bajo el mismo techo con una perra tan grande como Marta No puedo, León, lo siento.
No es culpa tuya, ni de Marta.
Es cosa mía.
Venga ya…
es absurdo.
He intentado superarlo, de verdad.
Por eso fui contigo.
Pero no puedo, León.
Siento unos ataques de pánico…
Creí que podría, pero me supera.
Lo siento.
Qué cosas suspiró León contándole luego a Álvaro.
La quiero y ella a mí, pero no podemos vivir juntos ¿Eso le pasa a alguien?
No estarás pensando en quitarte a Marta de encima, ¿verdad?
preguntó Álvaro.
¡Anda ya!
¿Cómo se te ocurre?
A Marta la quiero un montón.
Y a Inés también.
Entonces, tío, tendrás que luchar por lo tuyo.
¿Y cómo?
Mira, el miedo a los perros no es una alergia, se puede trabajar.
Tendrás que ayudarle a superar el miedo.
Igual con un psicólogo.
Ya fue.
No funcionó.
Pero quiere seguir intentándolo; eso me dice.
Al menos eso.
Cualquier otra ya te hubiera puesto entre la espada y la pared: o yo o el perro.
Inés quiere arreglarlo, así que ayúdale.
Y si no tú, ¿quién?
A ver cómo
Por ahora evitad veros los tres en tu piso.
Busca paseos por el Retiro o por el campo, solo vosotros tres.
Al aire libre, sin agobios.
¿Y si funciona?
Los ojos de León brillaban con esperanza.
¡Claro que sí!
Igual después de algunas salidas, ve que Marta no es ningún peligro y deja de temerla.
Hay que intentarlo.
¿Y ese coche tuyo de dónde ha salido?
preguntó Inés como sorprendida al ver a León junto a un todoterreno.
Me lo ha dejado un colega con perro, así que va perfecto.
¿Quieres que vayamos los tres juntos?
Inés puso cara pálida.
Tranquila, Marta va en el maletero, que está adaptado.
Tú conmigo delante, nadie te va a molestar.
Vale…
Inés aceptó lo del bosque de la sierra, pero dejó claro que si veía que no podía, se volvían.
En una hora, aparcaron junto a un pinar.
León ayudó a Inés a bajar, después sacó a Marta y le recordó que no se acercara demasiado.
Qué bonito dijo él para quitar tensión.
Mucho
Se pusieron las botas de monte porque había llovido y entraron en el bosque.
León jugó con la perra y la pelota, todo parte del plan.
Así Marta no estaba pendiente de Inés.
¿Cómo vas, Inés?
No lo sé Es difícil de explicar respondió ella, con la mirada fija en Marta.
Mira, cielo, perros hay de todos los tipos, como personas.
Sí, uno malo te hizo daño, pero Marta no es así.
Ya lo sé.
No hace falta que les tengas miedo.
Ya verás, después de varias salidas así, cambiarás de opinión sobre los perros.
Y diciendo esto, lanzó la pelota a los matorrales.
Marta ladró, contentísima.
¡Guau, guau!
ladró fuerte Marta.
Inés se estremeció de miedo y le temblaban las manos.
Miró a León:
¿Eso es que está enfadada?
¡Qué va!
se rió León abrazándola Solo está feliz porque ha encontrado su pelota.
Es su juguete favorito.
Marta trajo la pelota, se alejó un poco y se preparó para otra carrera.
¿Quieres probar?, preguntó sonriendo.
¿El qué?
La pelota.
Tírala tú.
Uf, me da cosa…
Cierra los ojos.
Venga, solo una vez.
Inés cogió la pelota, la apretó, cerró los ojos y la lanzó con todas sus fuerzas.
¡Genial!
reía León ¡Marta, trae!
Y allá que fue la perra, a por la pelota, feliz.
Después se oyó su ladrido otra vez.
¿Ves?
Es una máquina, la entiende todo con una mirada.
¿Nos vamos yendo ya?
preguntó Inés.
Sí, vamos.
Marta, ¿dónde te metes?
La perra no volvía aún, pero seguía ladrando cada vez más fuerte.
Voy a ver qué pasa, espera aquí murmuró León ¿Me esperas?
No, voy contigo.
Andando entre ramas y hierbajos, encontraron a Marta ladrando a la pelota, que flotaba sobre el agua.
Ya lo pillo…
dijo León.
¿Qué pasa?
preguntó Inés, con nervios.
Marta le tiene miedo al agua, por eso no puede coger la pelota.
Toca mojarse.
Menos mal que llevamos botas.
¿Marta tiene miedo?
Pensaba que los perros no se asustan de nada.
También tienen sus miedos.
La recogí de un río cuando era un cachorro y desde entonces, al agua, ni verla.
Con la lluvia bien, pero los charcos ni olerlos.
Bueno, espérame.
¿Es peligroso?
¿Y si es una ciénaga?
Huelo raro…
Tranquila, es solo un charco grande.
Ha llovido mucho.
Las ciénagas están lejos.
Se giró, habló a la perra:
Marta, para ya.
Ahora te cojo la pelota.
León puso pie en el charco y, sorprendido, se hundió hasta la rodilla.
Marta ladró más fuerte, esta vez con preocupación.
¿Estás bien, León?
Sí, solo que esto es más hondo de lo que parece.
Pero tranquilo, ahora salgo.
Llegó a la pelota, el agua le llegaba más arriba, así que se dio la vuelta rápido.
Pero notaba el suelo cada vez más blando, costaba avanzar.
A pocos metros de la orilla, León se quedó clavado.
¿Por qué paras?, gritó Inés al ver que su novio no seguía.
No puedo moverme
Lo intentó una pierna, la otra, pero nada.
El agua ya le mojaba la cintura.
¿Cómo que no puedes?
Va a ser que tenías razón.
Esto es una ciénaga.
Y me está tragando bien rápido.
Marta miraba a su dueño con angustia.
Quería ayudarle, pero el agua la aterrorizaba.
Además, León le prohibió entrar y ella siempre obedecía.
Inés entró en pánico.
León se hundía, la perra estaba a su lado…
¡Inés, ayúdame!
Busca una rama larga gritó León, intentando no hundirse más.
Con dedos temblorosos, Inés sacó el móvil para llamar al 112, pero claro, sin cobertura.
¡Lo que me faltaba!
No sabía qué hacer.
¿Cómo acercarse si había un perro adelante?
Podía morirse del susto…
Pero Marta la miró suplicante, como pidiéndole ayuda, y en vez de huir
Inés, de pronto, logró sobreponerse.
Por un instante, dudó, revivió su trauma del pasado y le entraron ganas de salir corriendo.
¡Pero León!
¿De verdad le voy a dejar ahí? Pensó en su pareja, en peligro, y eso la frenó.
¡Inés, ayúdame!
Pero ella, paralizada, no podía moverse.
Igual que años atrás, de pequeña.
Marta, temblando de miedo, se atrevió por un segundo a entrar al agua, pero salió corriendo enseguida.
Luego se puso a ladrar como loca, esta vez de pura desesperación.
Ahí, Inés lo decidió: se enfrentaría al miedo, pero no dejaría a León en el barro.
Buscó alrededor y vio una rama gruesa.
La agarró como pudo, corrió al borde de la ciénaga y se la tendió a León.
Él la agarró con fuerza, e Inés tiró con todas sus ganas.
Consiguió sacarlo a medias, pero no podía más.
Entonces, Marta, por instinto, se sumó.
Se puso al lado mismo de Inés y, por primera vez, a Inés ya no le dio miedo tener a ese perro tan cerca.
Solo pensaba en salvar a León.
Entre la perra y la chica, consiguieron rescatarle del lodazal.
Se desplomaron, empapados y agotados, pero por fin seguros.
Menudas campeonas suspiró León, abrazando primero a Inés y luego a Marta.
Me habéis salvado la vida.
He pasado mucho miedo
No me digas que ahora tienes otro miedo nuevo, bromeó él.
Sí, idiota.
Me he dado cuenta de que lo que más me aterra Es perderte a ti.
Ese miedo es peor que cualquier otro.
Inés miró a Marta, la abrazó fuerte.
¡Gracias, Marta!
¡Gracias por estar!
Esa noche, después de un baño caliente y una buena tortilla de patatas, los tres se tumbaron en el sofá, viendo pelis de perros sin parar.
Por alguna razón, a Inés no le apetecía ver otra cosa ese día.
Y León y Marta no pusieron ninguna objeción.
Al final, los tres entendieron que, a partir de ahora, el miedo más grande que tenían…
era el de perderse.
Ese sí que era de verdad de los tres.

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