¡Te veo, no te escondas! ¿Qué haces en nuestro portal? El gato levantó la mirada culpable, mientras reorganizaba sus patas entrelazadas por el frío, al borde de un pequeño charco formado por el hielo que se derretía de su pelaje empapado.
Nadie recordaba cuándo había aparecido aquel felino callejero en el patio de la finca. Vivía en silencio, casi invisible como una sombra, hermoso pero sucio y delgaducho. Solo sabían que había llegado con la primavera.
Una niña, Sofía, a veces le daba de lo que podía: en invierno dejaba la puerta del trastero entreabierta si no estaba cerrada, colocaba ropa vieja para que descansara, incluso una vez le untó pintura verde en una pata al verle una herida.
Así sobrevivía el gato: en silencio, con cuidado, casi invisible
Hasta que un día la vio. Sofía, vestida de blanco, con flores en el pelo, salió del portal del hombro de un hombre elegante. Rodeados de risas y aplausos, todos se subieron a coches decorados con lazos y se marcharon. Desde entonces, la niña nunca volvió.
El gato se quedó solo. El hambre lo llevó a rebuscar en los contenedores por las noches, cuando los perros callejeros no rondaban. Lo más importante: evitar a esas bestias feroces. Así sobrevivió hasta que llegó el frío más cruel, y el nuevo portero lo echó del trastero, cerrando la puerta para siempre.
¿A dónde ir? Temblando de frío, intentó colarse en el portal. Pero allí tampoco lo querían: unos lo espantaban, otros lo pateaban y gritaban. Nadie dejaba entrar al animal tiritón.
Desesperado, una noche entró en el portal del edificio de cinco pisos. Ya no le quedaba fuerza para temer ni esperar. Todo le era indiferente solo no quería morir congelado esa noche.
La primera en verlo fue Isabel, conocida como Doña Isa, que vivía en el segundo. Al bajar a revisar el buzónen espera del recibo del alquiler, la mujer, estricta pero justa, respiraba autoridad. Todos en la finca la respetaban, incluso la junta de vecinos, pues ella nunca se mordía la lengua ante una injusticia.
El gato, que había entrado tras alguien, se acurrucó junto al radiador en un pasillo, apenas respirando. Su pelaje estaba helado; sus ojos suplicaban agotamiento.
¡Te veo! No te escondas. ¿Qué te trae aquí? ¿Tienes frío, hambre? regañó Doña Isa.
El animal alzó la mirada, apenas moviendo sus patas entumecidas sobre el charco que se derretía.
Bueno ¿qué hago contigo? Espera
Ella sabía lo que era el hambre. Con piernas que aún no olvidaban los años de escasez, subió a su piso y volvió con un plato de lentejas con chorizo, agua y un chaleco de lana apretujado por las polillas.
Toma, come. Pobrecito, no temas, no te lo quitaré susurró, mirando cómo el gato devoraba la comida con ansia.
Extendió el chaleco y se marchó, olvidándose por completo del recibo
El gato, por primera vez cómodo, decidió: este era su hogar, y aquella mujer de voz dura pero corazón blando, su dueña.
Para que no lo echaran, se comportaba con discreción y disciplina, como en su pasado lejano, cuando fue mascota. Doña Isa le puso nombre: *Tizón*.
Pero no todos en la finca aceptaron al nuevo inquilino. Los Martínez bajaron del tercero. Don Eduardo se plantó ante Doña Isa, mirando con desdén al gato.
¿Qué es este zoológico en el portal?
Su esposa, enfundada en un abrigo de visón, se tapó la nariz con dramatismo.
¡Eduardo, este gato apesta!
¡Échenlo! ordenó el hombre.
Doña Isa se irguió:
¿Por qué? No molesta a nadie. Se queda.
Llamaré a Protección Animal. Esto es zona común.
Magnífico. Yo aviso a Hacienda. A ver cómo explica que un simple encargado de almacén viva como un marqués, trayendo mercancía “desaparecida”. Los vecinos hablarán. Toque a este gato, y se arrepentirá.
Desde entonces, dejaron a Tizón en paz. Incluso el bulldog *Roco*, siempre amenazante, pasaba de largo como si no lo viera.
Con las semanas, todos se acostumbraron. Pero Doña Isa sabía que Tizón seguía en peligro. Aunque el gato solo se acercaba a ella, seguía siendo callejero.
Pensó en llevarlo a casa, pero Tizón evitaba los pisos, como si les tuviera miedo. Algo terrible le habría pasado ahí dentro
Ella no lo forzó. Esperaba que, algún día, entraría por su voluntad.
Y así, cada vez que Doña Isa cerraba la puerta, Tizón la seguía en silencio, escuchando, observando pero sin atreverse a avanzar.
En febrero, durante una ventana, Isabel despertó aterrorizada: no podía respirar. Un dolor agudo la atravesaba; ni siquiera podía gritar. Todo a su alrededor se volvió borroso
Fueron los vecinos quienes la encontraron, despertados por los maullidos desgarradores de Tizón, que arañaba la puerta con desesperación.
¡Tengo una llave! gritó Carmen, del cuarto piso. Lo acordamos por si pasaba algo
Abrieron. Llamaron a urgencias. Tizón no se movió: se quedó bajo la cama, maullando con angustia.
Isabel no tenía familia. Todos se los habían llevado los años difíciles. Estaba sola
Pero los vecinos la visitaron en el hospital, llevándole dulces y flores. Ella solo repetía:
Cuiden de mi Tizón. Aliméntenlo, déjenlo volver. Él me salvó la vida.
Tres semanas después, en un amanecer de marzo, Doña Isa regresó. Tizón ya la esperaba en el portal, como si lo supiera
La mujer extendió los brazos:
Vamos a casa, Tizón.
Y entraron juntos. Esa noche, por primera vez, Isabel lo acurrucó contra su pecho. El gato ronroneó, arrimándose a su dueña.
Tranquilo, mi vida Aún nos queda tiempo.







