Te querré siempre, por toda la vida.

Te querré siempre.

Recuerdo que Lucía apenas pudo llegar a casa aquel atardecer, apoyándose torpemente en las frías paredes del portal. Sentía la cabeza dando tumbos, los ojos nublándose con manchas oscuras. Sacaba y metía la mano en el bolso, buscando a ciegas las llaves, maldiciéndose en silencio por la angustia sufrida en la consulta del médico. Pero ¿cómo no iba a angustiarse ante aquello?

La doctora Sánchez, tras depositar las resonancias sobre la mesa, le habló con una calma distante, casi resignada:
Señora Fernández, la situación es grave. Es un aneurisma. La pared de la arteria es tan fina como un hilo de seda. Imagine usted un globo listo para reventar. Cualquier esfuerzo, cualquier presión Es urgente operar. Esperar turno por la Seguridad Social sería una ruleta rusa. Nadie sabe si habrá tiempo.

¿Y y si lo pago? balbuceó Lucía, aferrándose al bolso con manos sudorosas.

La cifra que escuchó a continuación cayó como una losa. Ni en sueños podía juntar semejante cantidad de euros. Tras la muerte de su madre, solo quedaban deudas y el modesto sueldo de bibliotecaria. Vender un riñón quizás no bastara.

Espere la llamada de la Seguridad Social aconsejó la doctora dulcemente , y procure mantenerse tranquila. Reposo absoluto.

«¿Reposo?», le daban ganas de gritarle a Lucía. Pero solo asintió, temblando, y salió torpemente, sintiendo que las piernas le fallaban.

Ya frente a la puerta del piso heredado de su tío Ramón, trató de recobrar el aliento. Ese piso, el legado familiar: un tres habitaciones en Vallecas, lleno de cachivaches. Para algunos, un tesoro de antigüedades; para ella, solo otro problema.

«Hay que vaciarlo todo», pensaba al recorrer los montones desordenados. «Vender algo. Tal vez el viejo aparador o el mueble del comedor. Juntar al menos algo para la entrada en la clínica.»

La idea de quedarse sentada, esperando que «el globo» explotara dentro de su cabeza, le resultaba insoportable. Necesitaba moverse, hacer algo, cualquier cosa para no pensar.

Comenzó por el escritorio del salón, macizo, de roble, con cajones llenos de papeles. Tomó una bolsa de basura y se puso manos a la obra. Facturas de los años ochenta: a la bolsa. Recibos, manuales de electrodomésticos que ya no existían: todo fuera.

Trabajaba sin pensar, solo para huir de la inquietud. El dolor de cabeza disminuía poco a poco. En el fondo del último cajón, bajo periódicos amarillentos de El País, sus dedos toparon algo duro. Extrajo una carpeta de cartón gastado, atada con cintas descoloridas.

La curiosidad venció el desaliento. Deshizo el lazo. Dentro reposaba un puñado de cartas, sin sobres, hojas repletas de una letra masculina, regular y extrañamente familiar: la de su tío Ramón.

Tomó la de arriba:

«Querida Maruja,
Han pasado ya tres meses desde que te marchaste. No logro acostumbrarme. Hoy estuve en la facultad y todo me recordó a ti. Un vacío. Fui un orgulloso, un ingenuo. Nunca debí dejarte marchar tras aquella discusión. No sé dónde estás ahora. Tu vecina sólo me dijo que os fuisteis y nada más. Te escribo como al vacío, porque escribirte es lo único que me sostiene vivo.
Tu Ramón.»

Lucía se quedó inmóvil. Siempre imaginó a su tío como un hombre seco, ajeno al mundo. Pero aquí encontró una ternura y un dolor inesperados. Tomó otra carta, luego otra. Todas fechadas en 1972. La misma historia: un encuentro, un amor, una discusión absurda (él no se atrevió a ir a pedir la mano de la muchacha a sus padres y huyó de la responsabilidad), el exilio familiar de Maruja a un destino desconocido. Sin dirección, Ramón escribía cartas que jamás saldrían del cajón, prometiendo amor eterno.

«Maruja, te buscaré. Si no te encuentro, te querré solo a ti. Toda la vida.»

Y, por lo visto, cumplió su palabra. Viejo soltero, muerte solitaria.

Lucía rompió a llorar, sintiendo una profunda compasión por aquel hombre. De esa compasión nació una idea obsesiva, casi loca. ¿Y si Maruja aún vivía? Hallarla. Decirle que siempre la amaron, que nunca la olvidaron.

Por fin tenía una meta clara, algo que alejara el miedo. Era su oportunidad de reparar una vieja herida.

Se puso a pensar con frenesí. No tenía dirección ni apellido. Repasó las cartas de nuevo. En una encontró una pista: «¿Recuerdas nuestros paseos por el Retiro? Siempre te reías de aquellos leones de piedra en la entrada de tu casa, en la calle Serrano.»

Calle Serrano. El Retiro. Lucía se metió en internet desde su móvil anticuado. Encontró fotos de antiguos edificios, fachadas con decorados de leones. No era mucho. Faltaba el nombre completo.

Revolvió la casa. En la mesilla del dormitorio halló el álbum de fotos familiar, con tapas de cuero. El joven Ramón, rubio, vital, y a su lado, muchas veces, una muchacha de largas trenzas oscuras y ojos brillantes. En una fotografía de grupo había escrito: Clase I-2, Politécnica, 1971. Maruja G., Ramón, Sergio.

Maruja G. ¡Sólo una inicial! Pero ya tenía algo más.

La búsqueda siguió en la red, bases de datos, foros, archivos. Metió María, G posible inicial del apellido, nacida en torno a 195052, Madrid. Rastros de apellidos de soltera.

Y, al fin, la suerte: en un foro de antiguos alumnos del Politécnico encontró un mensaje: Mi madre, María Gálvez Castillo, terminó la facultad en 1973…

Gálvez. ¡Todo coincidía! El apellido de casada: Castillo.

Lucía buscó María Gálvez Castillo y la halló en una noticia local del Día de la Mujer: foto incluida. Una señora de pelo canoso, mirada tierna y resuelta. Lucía cotejó la imagen con las fotos del álbum. Era ella: el mismo brillo en los ojos.

La noticia aclaraba que María vivía en el pueblo de Villasol y era activa en la asociación de mayores.

El corazón de Lucía latía con fuerza. Faltaba el domicilio exacto. Llamó al ayuntamiento, se hizo pasar por trabajadora social interesada en entregar un diploma; le dieron la dirección.

Lucía apenas recordaba cómo recogió sus cosas: la carpeta de cartas, una botella de agua y rumbo a la estación de autobuses. El camino pareció infinito. Repasaba escenarios en su mente. ¿Y si no la recibía, o pensaba que era una timadora?

El olor de manzanos en flor y el silencio la recibieron en Villasol. El número indicado estaba en una casa bien cuidada, verja verde, rosas exuberantes. Lucía apretó el timbre, sintiendo que las piernas le temblaban.

María Gálvez abrió la puerta. En directo, parecía más frágil y mayor que en la foto.

¿Sí? preguntó, con voz calmada pero suspicaz.

¿Doña María Gálvez? La voz traicionó a Lucía con un temblor.

Sí. ¿Señorita?

Me llamo Lucía. Soy la sobrina de Ramón Fernández.

El efecto fue instantáneo. La mano de María se aferró a la verja, los dedos blancos. Su rostro se torció fugazmente de dolor.

¿Ramón…? ¿Cuál Ramón?

Ramón Fernández González. Falleció hace un mes.

María retrocedió, invitando a pasar. Lucía cruzó el jardín y entró en una casa acogedora. La anfitriona se sentó, la mano le temblaba.

Falleció murmuró, perdida. Y yo a veces miraba los obituarios del periódico pensando si seguiría vivo, mi Ramón.

«Mi Ramón». Aquello hizo que a Lucía le temblara el pecho.

Doña María, él nunca la olvidó.

Ella le lanzó una mirada encendida, mezcla de incredulidad y enfado.

¿Qué sabe usted?

Lo encontré, Lucía sacó la carpeta y se la tendió. Le escribió muchas cartas. Todas estos años. Estaban en su escritorio.

María tomó la carpeta como algo delicado y peligroso. Le costó desatar la cinta. Sacó la primera carta y leyó. Lágrimas cayeron, primero una, luego otra, y no las apartó.

Tonto, tonto muchacho, murmuró al fin en voz baja. ¿Por qué? ¿Por qué martirizarse así?

La quería, dijo Lucía en un susurro. Nunca se casó.

Lo sé, María alzó unos ojos arrasados en lágrimas. Hace quince años, por casualidad, vi a una amiga común. Me contó que él seguía solo. No me atreví a buscarle. Me dio vergüenza. Me asusté.

¿Vergüenza? Lucía no entendía.

Aquella vez me fui porque creí que no me quería, que no quería una familia. Y yo calló, estrujando una carta, yo estaba embarazada, Lucía.

Lucía quedó muda.

¿Qué? susurró.

Sí. Tenía dos meses, y no supe cómo decírselo. Tras aquella pelea pensé que se asustaría, que huiría. Me adelanté yo. Me fui con mis padres. Tuve un hijo.

El silencio pesó en la estancia. Lucía sintió la sangre huirle de la cara.

¿Tío Ramón tiene un hijo? logró decir.

María asintió, mirando por la ventana.

Alejandro ha sido un buen hombre. Me casé después. Mi marido, Tomás, lo sabía todo. Nos acogió a los dos y le dio su apellido, le quiso como a un hijo. Siempre estaré agradecida. Pero Ramón su voz tembló, estaba aquí, se tocó el pecho. Siempre. Jamás le olvidé. Y Alejandro siempre supo que su padre biológico fue Ramón.

Lucía necesitó tiempo para ordenar la avalancha de noticias. Tenía un hermano. Un primo, al menos. Su propia sangre.

¿Y Alejandro? ¿Dónde está?

Cirujano vascular, dijo María con mezcla de orgullo y melancolía, muy conocido. Tiene su propia clínica en Madrid. Clínica Vida Nueva, seguro que la has oído nombrar

De súbito, se quedó mirando a Lucía, con ojos de madre.

Hija, estás pálida. ¿Te encuentras bien? ¿Estás enferma?

Aquel simple hija fue tan cálido, tan sincero, que Lucía rompió a llorar. Quiso callar, pero, entre sollozos, le contó todo: los mareos, el diagnóstico terrible, la cifra astronómica, la espera inútil.

María escuchó en silencio, hasta que el gesto se le volvió decidido. Luego se levantó y marcó un número en el teléfono fijo.

¿Alejandro? Ven en cuanto puedas, por favor. No, estoy bien. Pero ha pasado un milagro. Un milagro, hijo. Ven. Debes conocer a tu hermana.

El encuentro fue hora y media después. Entró en la casa un hombre alto, elegante y discreto. Alrededor de cuarenta y cinco años, ojos grises penetrantes, el mismo gesto tranquilo de Ramón, el cabello entrecano.

¿Mamá, qué ocurre? preguntó con voz grave, preocupado. Se fijó en Lucía.

Alejandro, ella es Lucía. María habló con claridad. Es hija del hermano de tu padre. Es tu prima.

Alejandro se quedó inmóvil. Pasó la mirada por el rostro lívido de Lucía, por la carpeta sobre la mesa, por María.

¿Mi padre Ramón Fernández? murmuró.

Sí, asintió Lucía. Tengo fotos suyas.

Le acercó las fotos del álbum desde el móvil. Alejandro las contempló largo rato, sin decir nada, con el rostro severo, los labios apretados.

¿Nunca se casó? preguntó al fin, sin dejar de mirar las imágenes.

No, susurró Lucía.

Él le sostuvo la mirada. Había severidad, pero también algo de ternura velada.

Mamá me ha dicho que estás enferma.

Lucía asintió, ahogada de angustia. María resumió la historia médica.

¿Tienes las pruebas? preguntó Alejandro, ya como médico.

Lucía sacó los documentos médicos y se los entregó. Él los revisó bajo la lámpara, con atención profesional. Tardó un tiempo. Al final, dijo simplemente:

Hay que operar de inmediato. Esperar sería jugarse la vida.

Lo sé pero no tengo ese dinero empezó Lucía, roja de vergüenza.

Alejandro la miró largo rato, con los ojos ahora mucho más cálidos:

Lucía, escúchame bien. Tengo todo lo que hace falta: clínica, medios. Tú eres mi familia. Y para la familia no existe la palabra pagar, ¿entiendes?

Lucía solo pudo asentir entre lágrimas. No era solo un golpe de suerte. Era una salvación llegada desde un amor guardado medio siglo.

María la abrazó. Fuerte, como solo abrazan las madres.

Ya está, hija, todo irá bien. Luego miró a su hijo. Alejandro, ¿verdad que podrá quedarse con nosotros cuando salga del hospital? Yo cuidaré de ella.

Por supuesto, mamá sonrió él, y en esa sonrisa Lucía sintió que, al fin, pertenecía.

Mirando a Alejandro y a María a ese hermano severo y a la anciana en cuya mirada por fin se disipaba la añeja tristeza , Lucía comprendió que el miedo se iba. Lo sustituía una confianza dulce y novedosa: no estaba sola. Y le esperaba, por delante, la vida.

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MagistrUm
Te querré siempre, por toda la vida.