Justo antes de casarme, ya había escuchado de mis amigos que, cuando un hombre se casa, enseguida empieza a ver a su mujer como si fuera de su propiedad y deja ver su verdadera personalidad.
Pero, como tantas jóvenes ingenuas, yo creía que mi esposo no sería así. Antes de la boda, siempre me trataba con cariño, jamás soltaba una palabra fea, tenía miedo de herirme, quería que estuviésemos juntos a todas horas. Por desgracia, estaba equivocado, como suele pasar con muchas mujeres. Es cierto que, en cuanto un hombre conquista a una mujer, cambia su actitud.
Mi esposo empezó a despreciar a mi madre a los pocos meses de casados. Le molestaba que me llamase a menudo, que viniera a casa una vez a la semana. Por miedo a arruinar mi matrimonio, accedí a sus quejas, le rogué a mi madre que no me llamara, sólo hablábamos cuando él no estaba. Pero eso no acabó ahí. Me quedé embarazada y perdí el trabajo. Como el embarazo era delicado, el médico me mandó reposo absoluto y no me renovaron el contrato. Y ahí comenzó el verdadero calvario con mi marido, que empezó a repetirme sin descanso:
Estás todo el día en casa sin hacer nada de provecho. Volví a callar, temía que, embarazada, me dejara y me quedara sola.
Un año y medio después del nacimiento de mi hija, él comenzó a exigir que le tratara como a un rey. Cuando regresaba del trabajo, debía esperarle en la puerta, tenerle las zapatillas listas, la mesa puesta y la comida caliente preparada para que pudiera comer sabroso en cuanto se sentara.
No debía ocuparse de la niña ni un momento, porque eso es cosa de mujeres. A esas alturas, yo ya estaba completamente agotada. Hice las maletas y, con la niña, me fui a casa de mi madre en Madrid. Pasaron dos meses sin hablar con mi marido. La vida siguió, encontré otro trabajo y cada día me veía mejor. Un día apareció en casa, delgado, con la ropa hecha polvo, pidiéndonos perdón de rodillas. Entonces le dije que, si quería volver, tendría que apuntarse a un curso de cocina. Si regresaba, él también tendría que cocinar y limpiar. Aceptó, aunque ya veríamos si de verdad cambiaba.







