¿Te lo puedes creer? ¿Has dejado a Susana por esta chica tan corriente? ¡No voy a dar mi bendición a este matrimonio!

Déjame contarte sobre la vida personal de mi hermano, aunque todo sucedió como en un sueño donde las calles de Madrid se retorcían bajo nuestros pies y la hora del reloj siempre era incierta. Durante casi un año, estuvo saliendo con una muchacha llamada Inés, con un cabello tan lustroso como el reflejo del sol en el Manzanares. Inés vestía siempre con elegancia, cada prenda de moda madrileña parecía cobrar vida sobre ella, y su conversación chispeante hacía que el murmullo de la Gran Vía pasara inadvertido. Se movía entre grupos de amigos y conocidos como si flotara, y hasta yo terminé juntando mi sombra con la suya en tardes perezosas de cañas y tertulias en terrazas cubiertas de buganvillas.

Inés era una figura rodeada de admiradores: trabajaba en una conocida agencia de marketing, iba y venía en su propio Seat León y, cuando paseábamos juntas por la Castellana, siempre sabía exactamente qué tienda de Serrano tenía la mejor vitrina esa semana. En familia, todos soñábamos con verla convertida en la esposa de mi hermano, la imaginábamos en bodas de aire cálido y arroz lanzado en la plaza. Pero, como ocurre en los sueños, algo se desvaneció. De repente, mi hermano y Inés terminaron su relación y toda correspondencia se desdibujó como tinta bajo la lluvia. Comprendí que nuestra amistad, igual que la espuma en el café con leche, había llegado a disiparse por completo.

Menos de un mes después, cuando aún planeábamos sobre el recuerdo de Inés, mi hermano apareció con una nueva compañera: Clara. El anuncio de su boda llegó tan de repente como una tormenta veraniega sobre Toledo. Clara era el reverso total de Inés; reservada, apenas un esbozo de carmín en el rostro, enfundada en vaqueros y camiseta sencilla como los de una tarde de septiembre en Cuenca. Callaba mucho, con sus manos apoyadas en el mantel y la mirada puesta en algún punto invisible sobre la mesa. Nos dejó atónitos porque pensábamos que mi hermano estaría destinado, irremediablemente, a mujeres tan ruidosas y luminosas como la feria de abril.

Mi madre, en sus eternos paseos por las galerías del Prado, no tardó en manifestar su desagrado por Clara. Le parecía difícil entablar cualquier tipo de conversación, su mutismo era como un cuadro de Zurbarán, profundo e inquietante, y sentíamos cierta incomodidad ante su silencio. A aquello añadía que Clara nunca había pisado la universidad lo que para mis padres era un defecto difícil de ignorar, y que provenía de una familia humilde de un pueblo olvidado de Castilla-La Mancha. Decía mi madre que Clara parecía vestir como una mujer de otra época, quizá de una foto desvaída en blanco y negro, y no como la joven que era.

Mi hermano escuchó con atención las palabras de mi madre, pero se mantuvo firme en su decisión. Nos declaró como quien revela el giro final de una novela de Pérez-Reverte que si no aceptábamos a Clara, él se marcharía con ella y no compartiría más el hogar familiar. Pese a todas las objeciones, mi hermano y Clara firmaron en el Registro Civil madrileño y ahora viven juntos, en armonía, bajo un techo donde las paredes relucen, la nevera rebosa de platos con aroma a sofrito y mi madre, poco a poco, ha visto nacer el cariño de Clara hacia su hijo. Finalmente, la ha abrazado como a una hija con la misma fuerza con la que abraza sus mantones de Manila antiguos.

Hace apenas unos días, me topé con Inés en medio de una plaza laberíntica llena de palomas, y ella se acercó a preguntarme cómo iba todo, como si no hubieran pasado mil vidas desde entonces. Sigue envuelta en su mundo de compras frenéticas por la Milla de Oro, adquiriendo cualquier objeto caro y escapando del mañana. Comparando a las dos mujeres, Clara se me antoja ahora la mejor opción aunque al principio mis sueños la adornaban menos, porque Inés parece vivir solo para su reflejo. Me siento agradecida de que todo se haya desplegado así, aunque lamento haber juzgado a Clara tan rápido en aquellos días de confusión y niebla.

Ahora que todo se ha asentado, Clara espera un hijo, y juntos, como familia, aguardamos la llegada de este nuevo ser, como quien espera el milagro del sol saliendo entre las chimeneas antiguas de la ciudad. ¿Qué piensas de todo esto, enredado en el lenguaje onírico de mis recuerdos?

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¿Te lo puedes creer? ¿Has dejado a Susana por esta chica tan corriente? ¡No voy a dar mi bendición a este matrimonio!