Te entregué, y ella aceptó sin hesitar.

—Lola, hola. ¿Para qué me necesitas con tanta urgencia? ¿No podías decírmelo por teléfono? —preguntó Marta al entrar al piso, quitándose la chaqueta.

—No es conversación de teléfono. Pasa a la cocina. —Lola apagó la luz del recibidor y siguió a su amiga.

—Me has intrigado. Cuéntame ya. —Marta se sentó a la mesa, juntando las manos como una alumna aplicada, esperando explicaciones.

Lola puso sobre la mesa una botella de vino tinto entreabierta y dos copas.

—¡Vaya! ¿Tan serio es el tema? Estoy toda oídos —dijo Marta.

Lola sirvió el vino y se sentó frente a ella.

—Para relajarnos y entendernos —declaró con teatralidad, levantando su copa y bebiendo un sorbo.

Marta también alzó la suya, pero no bebió, esperando a que su amiga empezara.

—Estoy perdida. Me he enamorado hasta perder la cabeza. Vivo como en un sueño, obsesionada con él. Me acuesto y ansío que llegue la mañana. Nunca pensé que podría pasar esto. A Pablo lo quise, pero no así. Y ahora… —Lola vació su copa de un trago.

—Lo siento. ¿Y por esto me llamaste? ¿Para compartir la noticia? —Marta dejó la copa y se levantó.

—Siéntate. —Lola la agarró del brazo y la obligó a volver a la silla.

—¿Y qué hay de Pablo? —preguntó Marta, dejándose caer en el asiento.

—¿Qué pasa con Pablo? Llevamos siete años juntos. Todo está tranquilo, bien. Pero conocí a Óscar y me hundí —Lola suspiró—. ¿Me juzgas? ¿Alguna vez has amado así? ¿No? Pues no critiques. Te llamé precisamente para hablar de Pablo.

—Creo que voy a beber —Marta tomó un sorbo, asintiendo con aprobación.

—Tú estabas enamorada de mi marido. ¿Crees que no me daba cuenta de cómo lo miras? —Lola golpeteó la mesa con las uñas.

Daba vueltas sin atreverse a abordar lo importante.

—No digas tonterías —espetó Marta.

Lola se encogió de hombros.

—No es celos, no pienses eso. Incluso es mejor. He decidido dejar a Pablo, pero no me atrevo a decirle la verdad. Me da pena.

—Cuando le engañaste, no te importó, ¿pero ahora sí? No tiene lógica, ¿no crees? —Marta bebió otro sorbo.

—¿Qué sabes tú? Él es bueno. Le grito, le agoto, y él calla. Sospecha y calla. No merece esto. ¿Entiendes?

—No. Explícate —pidió Marta.

Lola volvió a llenar su copa.

—Podría decirle que ya no le quiero, que me voy… Él me dejaría ir. Pero, ¿qué será de él? Los hombres lo pasan mal cuando les dejan. Su autoestima se desploma. Se hundirá, quizá peor. No puedo hacerle eso. ¿Ahora lo entiendes?

—¿Y yo qué tengo que ver?

Lola rodó los ojos ante su lentitud.

—Él te gusta. Quizá hasta le amas en secreto. —Lola la miró fijamente. Marta desvió la mirada—. Me sentiría tranquila si fueras tú quien estuviera con él, y no otra cualquiera.

—Ah… Creo que entiendo. ¿Quieres que cuide de Pablo mientras tú te diviertes con tu amante? Estás loca. ¿Él es un objeto? ¿Te aburres y me lo pasas? —Marta bebió de un trago, haciendo una mueca.

—Gracias por el cumplido. No sabía que era mejor que una cualquiera. No, esto es absurdo. Busca a otra para «colocar» a tu marido. ¿Y le has preguntado a él? ¿Quiere estar conmigo? —Marta jugueteaba nerviosa con su copa vacía.

—Depende de ti —Lola se inclinó hacia ella.

—No, definitivamente estás mal de la cabeza. Necesitas ayuda —Marta enrojeció de indignación.

—Del amor, por desgracia, no hay cura. Y sí, he perdido la cabeza —replicó Lola con condescendencia.

—¿Y si no funciona con ese hombre? ¿Qué harás entonces? ¿Volverás por Pablo? ¿Me darás las gracias y lo reclamarás? —La irritación de Marta crecía.

—No puedo pensar más allá. Solo sé que moriría sin él… —Lola se recostó en la silla, molesta por el giro de la conversación.

Marta guardó silencio. ¿Qué podía decir? Bebieron. No podía creer lo que Lola proponía, pero… ¿por qué Pablo no podría ser para ella, si en realidad le importaba?

—Ayúdame. Solo quédate con él, distráele, llévale a la cama si quieres. ¿Necesitas que te enseñe? —Lola miraba al vacío.

—Qué locura. Estamos aquí, bebiendo, y una esposa le ofrece a su amiga acostarse con su marido. ¿Has visto demasiadas telenovelas? Parece «La Malquerida» de Benavente. ¿Recuerdas cómo terminó? «¡No serás de nadie!», disparo, silencio… ¿Cómo se te ocurrió esto?

—No grites —Lola se llevó las manos a las sienes—. Solo era una idea. Si no quieres, olvídalo. Que se hunda… —Lola acercó la copa a los labios, cerrando los ojos.

Marta la observó, fascinada, cómo tragaba el vino, cómo latía una vena en su clavícula, sin poder apartar la mirada.

—Solo quiero que no sufra, que sea feliz, como yo. Si no pudimos estar juntos, al menos por separado. Quiero que esté en buenas manos. En las tuyas —dijo Lola, dejando la copa vacía.

—¿De qué discutís, chicas? Espero que no sea de mí. ¡Ay, ay, bebiendo! —sonó la voz de Pablo.

Las dos se volvieron al unísono. Él estaba en la puerta de la cocina, sonriendo.

—Por fin. Desvístete, lávate las manos, cenaremos. Estábamos hablando de una película —dijo Lola con naturalidad, levantándose para encender el fuego bajo la sartén.

Pablo regresó pronto del baño.

—¿Y mi copa? —preguntó al sentarse.

—Después. ¿Puedes llevar a Marta a casa? Es tarde. —Lola le lanzó una mirada elocuente a Marta.

—Llamaré un taxi —dijo Marta, sin entender.

—No hace falta. Yo te llevo —dijo Pablo, sin levantar la vista del plato de carne y patatas que Lola le servía.

—Salgamos un momento, tengo que decirte algo —Lola llamó a Marta con la mirada.

Una vez solas, Lola la agarró del brazo, acercándola.

—Ahora depende de ti. Cuando te lleve a casa, no pierdas la oportunidad. Invítale a entrar, dile que algo se ha roto… Inventa algo. Y después, no te quedes parada. Si él también cambia, mi infidelidad no le dolerá tanto.

Marta la miró con ojos desorbitados.

—¿Quieres que sea cómplice de tu engaño? ¿Que mienta a Pablo? No lo haré. No es justo.

—Vale. Si no quieres, no te acuestes con él, santita —Lola la soltó con brusquedad.

***

Marta viajaba en el coche de Pablo por calles desiertas.

—Perdona por hacerte perder el tiempo —rompió el silencio.

—No es nada. Descansaré luego. ¿Por qué habéisEsa misma noche, bajo la tenue luz de la luna, Marta comprendió que a veces el destino teje su propia tela, y lo que parece cruel al principio puede ser el inicio de algo hermoso.

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MagistrUm
Te entregué, y ella aceptó sin hesitar.