Voy a demostrar que puedo sola.
Todo empezó la noche en que mi marido, Álvaro, me lanzó a la cara: Lucía, yo me apaño sin ti, pero tú sin mí, nada de nada. Sentí que el suelo se me deshacía bajo los pies, como si estuviera caminando por la Gran Vía de Madrid y, de repente, se convirtiera en un río de aceite. Lo que dijo dolía, sí, pero era algo más: una afrenta directa, como si hubiera lanzado una banderilla al centro de mi pecho. ¿De verdad pensaba ese hombre que soy débil, que dependo de él, que sin él mi vida se rompería en mil pedazos que nadie sabría barrer? Pues mira, ahora verás. Desde ese instante se me encendió dentro un resorte: basta ya de ser su sombra callada. Empecé a buscarme la vida, un trabajillo por horas, y a coser mi propio destino lejos de su protección. Quiero que sepa, en sueños y en vigilia, que no solo sobrevivo, sino que me hago gigante más de lo que nunca supo imaginar.
Álvaro y yo llevamos ocho años casados. Siempre fue el rey de la casa: traía los euros, dictaba las normas, decidía por los dos. Yo estuve de recepcionista en una peluquería del barrio de Salamanca antes de casarnos, pero al poco tiempo, él insistió: Lucía, ¿para qué te martirizas trabajando? Gano suficiente para los dos. Por amor, o eso creí entonces, acepté. Pensé que era un gesto de cuidado. Pero no, era control escondido bajo la alfombra, como las migas del desayuno. Elegía mi ropa, los amigos con quienes podía quedar, hasta la forma de cocer los garbanzos. Me convertí en ama de casa, invisible, que solo respiraba con el permiso de su sonrisa. Y luego vino esa frase: Sin mí no eres nadie. Sentí cómo se helaba el aire madrileño, que ni en la sierra se sentía así.
La discusión surgió por una tontería: quise pasar un fin de semana en Segovia con mi amiga Carmen, pero él fue tajante: Lucía, aquí te quedas, ¿quién me va a hacer la cena? Me dio rabia, y aún así logré decir: ¡Álvaro, no soy tu criada! Y entonces, ese dardo. Me quedé petrificada en el pasillo, como un cuadro torcido, mientras él se esfumaba al otro cuarto como si tal cosa. Pero para mí, todo se quebró ahí. Esa noche la pasé entera contando las grietas del techo, dando vueltas a sus palabras. ¿Tendrá razón? ¿Seré incapaz de hacer una vida por mi cuenta? Pero algo se encendió en mí, una furia de esas que te queman los pies y te impulsan a correr lejos. No, Álvaro, verás cómo te equivocas.
A la mañana siguiente, casi sin sentirme dueña de mi cuerpo, moví los dedos y marqué a Carmen, que ahora sirve cafés bajo la sombra de los Olmos en la Plaza Mayor. Le pregunté si sabía de algún curro por horas. Se sorprendió: Pero Lucía, llevas siglos sin trabajar fuera ¿Qué te ha dado? Y contesté: Quiero demostrar que puedo. Una semana después, entre tazas y servilletas, tenía un puesto de camarera en un bar de Lavapiés. No era lo que soñé de niña lidiar con clientes que creen que el cortado se sirve con media sonrisa, pero era mi dinero, mis euros de verdad, mi pequeña independencia. Cuando cobré mi primer sueldo, aunque no pagara más que dos bolsas de la compra en el Mercadona, me dieron ganas de llorar de orgullo. Yo, Lucía, esa que no vale para nada, había ganado algo sin ayuda.
Álvaro no tardó en mofarse: ¿Y ahora te matas para cuatro duros? Venga, no me hagas reír. Sonreí con todo el descaro que pude: Ya veremos quién ríe más cuando ande con pies propios. Él apostaba a que no aguantaría ni una semana, pero yo seguí ahí. Era cansado, sí, pero con cada plato servido me sentía más fuerte. Empecé a guardar monedas, mi fondo de libertad. Pienso hacer cursos: tal vez contabilidad, tal vez manicura. No lo tengo claro, solo sé que no volveré a ese rincón donde Álvaro decide quién soy.
Mi madre, desde su piso en Chamberí, negaba con la cabeza: ¿Por qué te complicas, Lucía? Habla con Álvaro, arreglaos. ¿Arreglarme? No pienso arreglar nada con quien ve en mí una inútil. Carmen, en cambio, me gritaba como una hincha del Atleti: ¡Bravo, Lucía! Hazle ver que no eres un florero de su salón. Me daba fuerzas su apoyo. Aunque, siendo sincera, muchas noches me asaltan las dudas. Vuelvo agotada a casa, y Álvaro me ignora detrás del periódico, y yo me pregunto: ¿y si al final sí tiene razón? ¿Si no sirvo para nada? Pero al recordar su frase, siento el calor en las venas y pienso: tengo que lograrlo, pero ya no por él por mí.
Llevo dos meses así, y yo misma no me reconozco: apenas pico dulces por aburrimiento, los kilos se han ido volando, y he aprendido a decir no, a él y a cualquiera. La otra mañana, cuando volvió a pedirme la cena con ese tono suyo de jefe: Lucía, hazme una tortilla, que vengo muerto de hambre, le solté: Álvaro, acabo de salir del bar, ¿pedimos pizza? Se quedó mudo como un adoquín. Empieza a cundirle que yo ya no soy la de antes. Y yo voy descubriendo, entre cebollas y tardeos, quién es Lucía.
A veces, sueño una escena insólita: Álvaro pidiéndome perdón. Lucía, me equivoqué. Pero él nunca admite fallos, sigue esperando que yo vuelva al redil como una oveja obediente. Eso no va a pasar. Este minijob es solo el principio. Quiero mi piso, mi vida propia, mis sueños. Si él cree que sin su sombra me marchito, que no me quite el ojo, porque pronto veré Madrid desde las nubes. Si decide irse, ya no tengo miedo. Porque yo, Lucía, he aprendido por fin que valgo más mucho más de lo que jamás pensó.







