Te amaré siempre.
María apenas logra llegar a casa, apoyándose en las paredes del portal. La cabeza le da vueltas, ve manchas negras bailando ante sus ojos. Busca a tientas las llaves en el bolso, regañándose interiormente por haber entrado en pánico en la consulta del médico. Pero ¿cómo no iba a asustarse?
La doctora Fernández, después de dejar las imágenes de la resonancia sobre la mesa, le habla con calma, casi con desapego:
María Jiménez, la situación es grave. Es un aneurisma cerebral. La pared del vaso está tan fina como un hilo de araña. Piensa en un globo de feria a punto de explotar. Cualquier estrés, cualquier subida de tensión Es imprescindible operar cuanto antes. Esperar la autorización pública es jugarse la vida. No sabemos si tendrás tiempo.
¿Y… si me la hago de forma privada? balbucea María, sujetando con las manos sudorosas el asa del bolso.
La doctora dice una cifra. La cantidad suena como una sentencia. María no posee tanto dinero ni de lejos. El sueldo de bibliotecaria, los apuros desde que murió su madre, las deudas Podría vender un riñón y seguiría sin alcanzar esa suma.
Esperemos la llamada de la Seguridad Social sugiere la doctora con voz suave. Intenta no ponerte nerviosa. Reposo absoluto.
¿Reposo?, le gustaría gritar a María. Pero sólo asiente y sale al pasillo, notando las piernas flojas.
Ahora, apoyada en la puerta del piso de su tío Ramón, intenta recuperar el aliento. Ese piso es su herencia. Tío Ramón, el hermano de su padre, siempre fue un solitario y un excéntrico, y, tras morir sin hacer ruido, le dejó este piso de tres habitaciones atestado de trastos. Para algunos, una mina de antigüedades; para ella, otro problema.
Tengo que vaciarlo todo piensa mientras recorre los habitaciones llenas de cachivaches. Vender algo. Quizás el aparador, la cómoda… Al menos sacar para la entrada de la clínica.
La idea de quedarse quieta, esperando a que ese globo estalle en su cabeza, la enloquece. Necesita moverse. Algo, cualquier cosa, para dejar de pensar.
María empieza por el escritorio del salón, robusto, de roble y lleno de cajones repletos de papeles. Saca una bolsa de basura y se pone a la tarea. Recibos de los años noventa, facturas viejas, manuales de aparatos que ya no existen Todo va al saco.
Trabaja como una autómata, sólo para mantenerse ocupada. El dolor de cabeza disminuye poco a poco. De repente, en el fondo de un cajón, bajo un montón de periódicos amarillentos del ABC, sus dedos tocan algo duro. Saca una vieja carpeta de cartón, con las esquinas gastadas, atada por unas cintas descoloridas.
La curiosidad vence a la apatía. María desata las cintas. Dentro hay una ordenada pila de cartas, sin sobres, hojas manuscritas. El trazo es firme, masculino y le resulta familiar: la letra de su tío Ramón.
Toma la primera hoja.
Querida Lidia,
Ya han pasado tres meses desde que te fuiste. No logro acostumbrarme. Hoy estuve en la Facultad, y todo me recordaba a ti. Es un vacío. Fui un orgulloso, un crío tonto. No debí dejarte marchar tras aquella pelea. No sé dónde estás ahora. Tu compañera sólo me dijo que os marchasteis de Madrid, nada más. Escribo estas cartas al vacío, pero no puedo dejar de escribirte. Es lo único que me mantiene.
Tu Ramón.
María se queda inmóvil. Siempre imaginó a su tío como un hombre seco, apartado del mundo. Pero aquí hay dolor, ternura, nostalgia. Lee otra carta. Y otra. Todas son de 1972 y cuentan la misma historia: encuentro, enamoramiento, una discusión absurda (él se negó a conocer a los padres de la chica, le asustó la responsabilidad), y la marcha de Lidia con su familia a un destino desconocido. Él, sin saber su paradero, le escribe cartas que nunca llegó a enviar, jurando amor eterno.
Lidia, te buscaré. Si no te encuentro, sólo te amaré a ti toda mi vida.
Y, por lo visto, cumplió su palabra. Un viejo solterón, muerte en soledad.
Las lágrimas le caen solas por las mejillas a María. La compasión por ese hombre inmenso le despierta una idea obsesiva, casi insensata: ¿y si Lidia sigue viva? Encontrarla. Contarle que la quisieron, que no la olvidaron.
Por fin, una meta concreta, suficiente para eclipsar su propio miedo y darle una razón para levantarse.
Le da vueltas a las cartas. No hay dirección. Tampoco apellido. Pero en una carta aparece un dato: ¿Te acuerdas cuando paseábamos por el parque del Retiro, junto al Palacio de Cristal? Siempre te reías de esos leones de piedra en el portal de tu casa, en la calle Goya.
Calle Goya. Palacio de Cristal. María busca en internet con su móvil viejo. Encuentra fotos de edificios antiguos, fachadas con relieves de leones. Insuficiente. Necesita un nombre.
Se pone a rebuscar en la casa. En la mesita de noche del dormitorio hay un álbum de fotos encuadernado en cuero. Tío Ramón joven, rubio, de gesto abierto. Y en muchas imágenes, ella: una chica de trenzas morenas y ojos luminosos. En el reverso de una foto en grupo, con tinta, se lee: Grupo F-2, Politécnica, 1971. Lidia G., Ramón, Sergio.
Lidia G.. Sólo una inicial. Pero es un paso.
Comienza entonces una investigación digital. Foros de antiguos alumnos, bases de datos, redes sociales. Busca Lidia, inicial G, año de nacimiento 1950-1952, Madrid. Indaga apellidos de soltera.
Y ¡suerte! En un foro de exalumnos politécnicos, una mujer comenta: Mi madre, Lidia González de la Riva (de soltera Gálvez), se graduó en la nocturna en 1973
Gálvez. Lidia Gálvez. Politécnica. Todo cuadra. Apellido de casada: González de la Riva.
María busca Lidia González de la Riva. Y la encuentra. Un pequeño artículo en un periódico local de Alcalá por el Día de la Mujer, con foto. Felicitan a las veteranas del trabajo. Una mujer canosa, seria, pero de ojos bondadosos e inteligentes. María compara con las fotos del álbum: sí, es ella. El rostro ha cambiado, pero la mirada es la misma, clara y limpia.
En la noticia se menciona que Lidia vive en un pueblo llamado El Encinar y es muy activa en la asociación local de mayores.
El corazón de María late con fuerza. Solamente le falta el número exacto, la dirección. Llama al ayuntamiento del pueblo, se hace pasar por trabajadora social que debe entregar un reconocimiento. Le facilitan la calle y el número de la casa sin dificultad.
María apenas recuerda cómo se prepara. Mete la carpeta de cartas y una botella de agua en el bolso y sale hacia la estación de autobuses. El trayecto se le hace interminable. Repasa todo tipo de escenarios: ¿y si le cierran la puerta?, ¿y si creen que es una estafadora?
El Encinar la recibe con silencio y aroma a naranjos en flor. La casa, bien cuidada, con valla verde y rosales en el jardín. María toma aire, nota temblar las piernas y pulsa el timbre.
Abre la puerta Lidia González. Al natural está aún más frágil y mayor que en la foto.
¿Sí? su voz es tranquila, aunque precavida.
Disculpe, ¿es usted Lidia González de la Riva?
Sí. ¿Quién eres?
Me llamo María. Soy la sobrina de Ramón Jiménez.
La reacción es instantánea. La mano de la mujer se agarra con fuerza a la verja, los nudillos se vuelven blancos. Su rostro cambia, una mezcla de dolor y estupor.
¿Ramón? musita tan bajo que María apenas la oye. ¿Qué Ramón?
Ramón Jiménez. Él falleció hace un mes.
Lidia se retira lentamente, invitándola a pasar. El interior es acogedor. La anfitriona se deja caer en un sillón; la mano le tiembla.
Murió acierta a decir. Yo a veces miraba los periódicos, los obituarios Me preguntaba si mi Ramón aún viviría.
Mi Ramón. Estas dos palabras hacen que a María se le vuelva a encoger el corazón.
Señora, jamás la olvidó.
La mujer la mira con una mezcla de incredulidad y rebeldía.
¿Cómo lo sabes?
Encontré esto María saca la carpeta y se la tiende. Le escribió todas esas cartas. Todos estos años. Estaban en su escritorio.
Lidia tiene la carpeta como si fuese frágil y peligrosa. Sus dedos desatan las cintas con esfuerzo. Lee la primera carta. Silencio. Después, una lágrima corre por su mejilla, luego otra. No se las limpia.
Qué tonto mi chiquillo tonto susurra. ¿Por qué? ¿Por qué se castigó así?
La amó murmura María. Nunca se casó.
Lo sé Lidia levanta la vista, llorosa. Hace como quince años supe de él. Coincidí con una excompañera de carrera. Me dijo que seguía soltero, solo. Yo no me atreví a ir a verle. Me dio vergüenza. Tenía miedo.
¿Vergüenza? pregunta María, sin entender.
Me marché porque creí que no me quería, que no quería una familia. Y yo calla, aferrándose a la carta. Y yo ya estaba embarazada, María.
A María se le hiela la sangre.
¿Cómo?
Dos meses, y ni siquiera sabía cómo decírselo. Tras la pelea pensé que se asustaría, que huiría. Así que huí yo primero. Me fui con mis padres. Tuve un hijo.
El silencio llena la habitación. María siente cómo le abandona el color del rostro.
¿Tío Ramón tiene un hijo?
Lidia asiente, mirando por la ventana.
Alejandro creció siendo un hombre extraordinario. Me casé después. Mi marido, Javier lo supo. Nos aceptó a los dos. Le dio su apellido, lo quiso como propio. Pero Ramón le tiembla la voz, Ramón siempre estuvo aquí se lleva el puño al pecho. Nunca le olvidé. Y Alejandro siempre supo quién era su padre biológico.
María alucina. Tiene un primo. Un familiar directo.
¿Y Alejandro dónde está?
Es cirujano contesta Lidia, con orgullo y sombra de tristeza. Muy reputado. Tiene su propia clínica en Madrid. Medisalud, ¿te suena? Especialista en cirugía vascular
Entonces se queda callada y la observa fijamente, con ese instinto de madre.
Hija, estás blanquísima. ¿Te encuentras mal? ¿Estás enferma?
Ese sencillo hija la desarma y a María se le rompen todas las barreras. No quería contarlo pero las palabras fluyen, atropelladas. Narra todo: sus vértigos, el diagnóstico de aneurisma, la cantidad imposible de euros que mencionó el médico, la desesperanza mientras espera una plaza pública.
Lidia escucha, cada vez con rostro más resuelto. Cuando María termina, limpiándose las lágrimas, la anciana se levanta decidida, toma el teléfono y marca.
¿Alejandrito? Ven a verme enseguida, hijo. No, estoy bien. Estoy perfectamente, pero ha sucedido un milagro. Un verdadero milagro. Tienes que venir. Debes conocer a tu hermana.
…
El encuentro se produce una hora y media después. Un hombre alto y elegante entra en la casa, su traje caro pero discreto. Tendrá unos cuarenta y cinco años y esos mismos penetrantes ojos grises del joven Ramón en las fotos, el mismo cabello entre rubio y canoso.
Mamá, ¿qué ocurre? Su voz, baja y contenida pero llena de inquietud. Mira a María.
Alejandro, esta es María. María Lidia habla con aplomo. Es hija del hermano de tu padre. Tu prima.
Alejandro se queda en la puerta. Su mirada recorre el rostro pálido de María, la carpeta de cartas, el rostro de su madre.
¿Mi padre Ramón Jiménez? dice despacio.
Sí asiente María. Tengo fotos suyas.
Le tiende el móvil con las páginas del álbum. Alejandro las mira mucho tiempo, sin hablar. El rostro, impenetrable; las mandíbulas, tensas.
¿Nunca se casó? pregunta muy bajo, sin apartar la vista de la pantalla.
No susurra María.
Él la observa, mirada intensa.
Mamá dice que tienes problemas de salud.
María asiente, sintiendo un nudo en la garganta. Lidia cuenta su diagnóstico rápidamente.
¿Traes los informes? pregunta Alejandro, y su tono se vuelve profesional.
María saca la carpeta médica. Él la revisa a la luz, hoja por hoja. Finalmente deja la carpeta a un lado.
La operación es urgente afirma. Esperar sería mortal, literalmente.
Lo sé responde María. Pero no tengo
Mañana a las nueve en mi clínica la interrumpe. Te haré yo misma las pruebas y preparativos. Dentro de dos días te opero.
No no podré pagar eso balbucea María, encendiendo las mejillas.
Alejandro la mira, y sus ojos se llenan de calidez, casi paternal.
Escucha bien. Tengo de todo: clínica, dinero. Pero tú eres mi familia. Y en mi familia, pagar, no existe. ¿Sí?
María apenas puede asentir, las lágrimas ruedan sin control. No es sólo suerte. Es una salvación llegada del pasado, de un amor que nunca murió.
Lidia se acerca y la abraza con fuerza, de madre.
Todo irá bien, mi niña. Luego mira a su hijo. Alejandro, María se quedará a recuperarse aquí en casa, ¿verdad?
Por supuesto, mamá sonríe Alejandro, y en esa sonrisa hay tanta paz que María entiende que, por fin, pertenece a una familia.
Y, al mirarlos el hermano severo, la anciana que por fin tiene alivio en la mirada, María siente cómo su miedo retrocede, sustituido por una fuerza desconocida y ansiada: no está sola. Por fin tiene futuro.





