¿Te acuerdas, Svetlana…? Él ya se había habituado a asomarse por la ventana de su casa, porque vi…

¿Te acuerdas, Isabel…?

Ya era costumbre que Jacinto se asomara por la ventana de su casa, porque vivían en un bajo de Madrid. Al principio, hubieran preferido vivir más arriba, pero con el tiempo se habituaron. La que más lo agradecía era la abuela, Herminia, la madre de Isabel, pues así no tenía que subir tantas escaleras. Los sábados, Herminia preparaba empanadas, bollitos o cualquier cosa que llenara la cocina de aromas cálidos y deliciosos.

El olor a horno escapaba por la ventana abierta y tentaba a los muchachos que jugaban al fútbol en el patio. Jacinto se acercaba con confianza, no a la ventana de la cocina, sino por el lado opuesto del edificio, donde había un viejo cajón entre las hierbas; se subía a él y se asomaba a la habitación de Isabel. Ella, de alguna manera, siempre sabía que iba a aparecer y corría en cuanto oía que se encaramaba.

Ahora te traigo empanadillas, mi abuela ha hecho un montón le decía, mientras el lazo rosa, que recogía su melena rubia en una coleta, se deshacía y bailaba con cada paso.

Están buenísimas Jacinto masticaba con gusto, mirando hacia la sala. ¿Las has hecho como las de siempre? preguntaba.

Sí, están recién hechas.

¿Me dejas que copie los ejercicios?

Isabel le ofrecía el cuaderno sin dudar.

No olvides traerlo mañana por la mañana; antes de las clases, lo recogeré le recordaba.

Jacinto era buen estudiante, pero le costaba dedicarle tiempo al estudio; prefería correr tras el balón en el patio. Era la época en la que los móviles aún no habían invadido la vida; los niños jugaban hasta la noche, sin prisas por volver a casa.

En octavo curso, Jacinto llevó por primera vez el bolso de Isabel, lo agitaba mientras hablaba entusiasmado de una película nueva. En noveno, la delicada, de ojos castaños, Consuelita, fue proclamada por consenso la más guapa del instituto. Jacinto se enamoró perdidamente de ella. No le quitaba ojo, se pegaba junto a ella, la seguía hasta su portal. Isabel pensaba que aquello pasaría, pero ahora era ella la que lo despedía o lo esperaba, imaginando cuándo golpearía el cristal y pediría:

Isabel, déjame copiar.

Consuelita era experta en mantener la distancia, pero conseguía que Jacinto se sintiera atado a ella. Él oscilaba entre la indiferencia y el fervor de Consuelita, y la fidelidad tranquila de Isabel.

Todo seguía igual; Jacinto se asomaba por la ventana, Isabel le servía un té humeante en una taza sobre el alféizar, y le ofrecía galletas si no había empanadas.

¿Has oído que nuestros han jugado? contaba él aludiendo al fútbol. Por supuesto, Isabel estaba al tanto de todo lo que interesaba a Jacinto: seguía partidos, leía noticias deportivas, veía películas de miedo aunque la incomodaran, todo por poder conversar con él sobre cualquier tema.

Era su compañera, su confidente, la amiga que escuchaba y entendía. Jacinto acudía a ella más como a un amigo que como a una enamorada. Pero de Consuelita hablaba, soñaba, sufría; incluso se quejaba de que Víctor la acompañaba a casa.

Al terminar el colegio, los tres fueron a universidades distintas. Jacinto ya no necesitaba copiar los deberes de Isabel, iba tras Consuelita. A Isabel, apenas le visitaba por costumbre. A veces iban juntos al cine; Jacinto charlaba sin parar, ansiando desahogarse.

Jacinto, mi cumpleaños es este sábado. Te invito. ¿Vendrás? le preguntaba Isabel con sus ojos grises, llenos de amor.

Él pensaba un instante.

¿El sábado? Sí, está bien. Iré. ¿Quién más viene?

Mis padres, la abuela, Verónica y Jaime, Olga… los de siempre.

Perfecto, entonces me paso.

El sábado Jacinto no apareció. Llegó una semana después, abatido.

¿Qué te pasa, Jacinto? Estás muy triste.

Él se lamentó, diciendo que Consuelita se había ido de prácticas y ni siquiera le avisó. Isabel lo consoló, aunque le costaba.

Te esperaba el sábado dijo.

¿Qué había el sábado?

Fue mi cumpleaños

Ah, claro… Él se dio una palmada en la frente. Isabel, lo olvidé, pero no te enfadarás, ¿verdad?

No, no te preocupes, pasa a todos.

Jacinto se acercó a la ventana.

¿Te acuerdas, cuando en verano me dabas empanadillas? Allí, bajo la ventana, estaba el cajón, y en el alféizar, el té con mermelada.

Isabel sonreía, el recuerdo cálido la reconfortaba; se alegraba de que Jacinto lo recordara. Volvieron a charlar, evocando la pandilla del barrio, los compañeros de clase, aquel día que se escaparon de clase y la profesora los descubrió en el parque, enviándolos de vuelta a historia.

En el último año de universidad, Jacinto estaba eufórico: Consuelita aceptó casarse con él. Llegó a dar la noticia a Isabel, que escuchó, mordiéndose el labio para no romper a llorar, manteniéndose como amiga fiel.

Un mes lloró Isabel en su almohada, reprochándose no haber confesado su amor en todos esos años.

Después él fue a verla. Herminia y los padres estaban de visita; el silencio reinaba en el piso y, Isabel, envuelta en un viejo mantón, veía la televisión. Al principio creyó que era su padre, pero al abrir, apareció Jacinto, abatido, apoyado en la pared.

¿Qué te pasa? preguntó Isabel, asustada.

Entraron, se sentaron en su cuarto. Parecía a punto de romperse; Isabel se acercó y puso las manos sobre sus hombros:

Jacinto, cálmate, seguro que todo vuelve a su sitio ya pasará.

No, no habrá boda ella ama a otro. Ha retirado la petición ¿Lo entiendes? Todo se terminó lagrimas asomaban en sus ojos y bajó la cabeza hasta el regazo de Isabel, se abrazó a su vestido.

Jacinto, cariño, por favor, calma ¿Quieres que te prepare un té con hierbabuena? ¿Recuerdas aquellos tés juntos en el alféizar?

Lo recuerdo, Isabel. Eres la única que me entiende, eres buena empezó a besarle las rodillas, primero con timidez, luego con desesperación. Se levantó y la abrazó por la cintura, besando su rostro y su cuello, murmurando palabras.

Jacinto, para, ¿qué haces…?

Isabel… Isabel…

Jacinto, te quiero. Siempre te he querido, desde sexto curso, mi vida

Él se marchó ya pasada la medianoche, esquivando la mirada de Isabel.

Bueno, hasta luego… vendré…

Te esperaré susurró Isabel, mirando hasta que la puerta cerró.

Jacinto no volvió, como si aquella noche no hubiera existido. Para ella también era un sueño. Pronto, Jacinto terminó la carrera y se fue a Andalucía.

¡Algo hay que hacer! protestaba el padre. Podríamos ir a hablar con sus padres.

¿No ves que no quiere? Está muy nerviosa eso puede afectar al bebé respondía la madre. Y Jacinto sabe de su embarazo, ella misma se lo dijo. Pero él se portó como un extraño… tal vez se marchó a propósito.

No podemos dejarlo estar es indignante insistía el padre.

Herminia se distraía tejiendo y, de vez en cuando, se secaba una lágrima. Sentía rabia por su nieta, por esa chica inteligente y buena.

Al nacer la niña, Isabel consiguió el teléfono de Jacinto (lo pidió a un compañero suyo) y lo llamó, diciendo solo:

Jacinto, tenemos una hija. Se llama Jacinta.

Él balbuceó algo ininteligible, solo se pudo oír:

Felicidades.

Cuando la pequeña Jacinta cumplió año y medio, los padres anunciaron que por fin habían acabado de pagar el piso nuevo y se mudaban allí, junto con la abuela. El nuevo piso seguía siendo de dos habitaciones, en otro barrio.

Vendremos cada uno en su turno a ayudarte prometió la madre.

Isabel rompió a llorar.

Pero ¿por qué lloras? Yo vendré todos los días, estaré con Jacinta, la traeremos a casa, así tú podrías trabajar desde casa…

Es que me acostumbré a teneros a todos juntos confesó Isabel.

Hija, la vida sigue, tienes que organizarte, será más fácil así la consolaba la madre.

Por esos días, Isabel escuchaba mucho, de padres, abuela, amigas, que debía rehacer su vida, que era joven y que no era raro casarse aunque tuvieras un hijo.

Una semana después, Isabel ya disponía de todo el piso. La pequeña Jacinta reía, daba pasitos, y aunque caía sobre su pañal, se levantaba y extendía los brazos a su madre. Isabel la tomaba en brazos y se reían juntas.

Jacinto apareció de repente. Siempre lo hacía así, como aquella vez tras el fiasco de la boda. Isabel pensó que era su padre, pero en la puerta estaba Jacinto, con un camión de juguete enorme, rojo, de bomberos.

¡Hola! ¿Vienes sola? ¿Molo? ¿Puedo pasar?

Había madurado, parecía más delgado, con el rostro marcado.

Pasa.

Aquí está dejó el camión en el suelo.

El llanto de la niña se oyó desde la habitación; Isabel fue a por ella y volvió con Jacinta en brazos.

Es mi hija dijo, señalando el camión.

Jacinto se golpeó la frente:

Perdón…

Llévate el camión, regálaselo a otros, dijo Isabel.

Él se quitó la chaqueta y fue a la cocina.

Todo sigue igual, nada ha cambiado. ¿Me invitas al menos a un té?

Ella puso a calentar el agua, con la niña en brazos. Jacinto, incómodo, no hallaba palabras.

La miró: rubia, con el pelo suelto, un vestido largo casi hasta los tobillos, sosteniendo a su hija.

Pareces una Virgen, murmuró.

Isabel no respondió.

Me acuerdo de tu abuela y sus empanadas. ¿Recuerdas nuestros tés en el alféizar? En tu cuarto. Y cómo tu abuela regaba las plantas y el agua caía a la calle, justo cuando yo andaba bajo la ventana… Jacinto sonrió débilmente. ¿Recuerdas, Isabel…?

No lo recuerdo interrumpió Isabel, con naturalidad, casi indiferente. Jacinto, sorprendido, guardó silencio. Su respuesta no era venganza por aquella confusión suya cuando creyó que Isabel tenía un hijo en vez de una hija; era sincera. Isabel, de verdad, comenzaba a olvidar aquellos encuentros. Ahora tenía a Jacinta, quien ocupaba todo su tiempo y su pensamiento; la admiraba, se maravillaba con sus primeras palabras, trataba de retener cada balbuceo, miraba cómo dormía, cómo despertaba, cómo jugaba.

Bueno, bebe el té; yo tengo que hacerle la papilla a la niña.

Por primera vez, Jacinto sintió que allí ya nadie lo esperaba. Se levantó y se puso la chaqueta:

En fin, otro día será. Me voy; te veo ocupada.

Esperó un momento, deseando que Isabel le detuviera, pero eso no ocurrió.

Al cerrar la puerta, Isabel murmuró:

No habrá otro día; aquí ya no se sirve té ni café.

Volvió junto a su hija, la abrazó y se puso a preparar su papilla.

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MagistrUm
¿Te acuerdas, Svetlana…? Él ya se había habituado a asomarse por la ventana de su casa, porque vi…