Hace muchos años, aconsejé que no siguieran adelante tras el nacimiento del tercer hijo. Incluso llegué a comprarle unas pastillas especiales, con la esperanza de que se lo pensara dos veces antes de continuar. Pero mis esfuerzos resultaron ser inútiles.
¿Cuántos hijos piensas tener aún? preguntó mi suegra, Rosario, con aquel tono irónico que solía usar.
No recurras siempre al sarcasmo replicó Catalina, tranquila. ¿Estás tan enfadada porque Jaime te contó que estoy embarazada?
¡Por supuesto que sí! Ya te dije que bastaba con tres niños. Te compré hasta unas pastillas para que recapacitaras, pero parece que todo ha sido en vano se lamentó Rosario.
Conocemos tu opinión, pero no queremos oponernos a lo que la vida nos presenta respondió Catalina, con suavidad.
¿Te crees que esto es una broma? Si es así, no contéis más con mi ayuda exclamó Rosario.
Catalina estaba a punto de decirle algo más, cuando de pronto sonó el teléfono.
Rosario nunca se había volcado realmente con sus nietos. No los llevaba de excursión, ni compartía ratos con ellos fuera de los pocos días señalados, como algún cumpleaños. Ni siquiera llenaba la casa de golosinas o regalos, salvo cuando era estrictamente necesario. En lo económico, Catalina y Jaime siempre fueron autosuficientes. Cuando Catalina quedó embarazada por tercera vez, su suegra insistió en que abortara, pero la pareja se negó rotundamente. Al final, Rosario no pudo evitar encariñarse de su nueva nieta. Y entonces, Catalina volvió a quedarse embarazada.
La relación entre madre e hija estaba cargada de tensión, aunque Catalina procuraba que Jaime nunca notara el conflicto, mientras la familia prosperara y los niños estuvieran bien.
Jaime tenía un trabajo muy bien remunerado, y Catalina trabajaba desde casa a tiempo parcial. Cuando su pequeño negocio empezó a ir viento en popa, pudo contratar incluso una asistente que le ayudaba con los niños. Todo habría sido perfecto, de no ser por la actitud constante de Rosario. Desde el principio no tragaba a su nuera y, en secreto, deseaba que su hijo se divorciase. Pero sus deseos se quedaron en nada. Los niños llegaron uno tras otro.
Según Catalina, su suegra se oponía firmemente al nacimiento de un cuarto nieto porque temía que Jaime dedicara todo su sueldo a la familia, y dejara de atender sus propias necesidades. Rosario se había acostumbrado a una vida cómoda: su hijo le pagaba los arreglos dentales, la enviaba al balneario y hasta le pagaba la reforma de la casa. Sentía que estaba a punto de perderlo todo. No tendría quien la ayudara económicamente. La sola idea de tener que prescindir de algún capricho la enfurecía.
Catalina intentaba no hacer caso del pesimismo perpetuo de Rosario, aunque era evidente que aquello la afectaba emocionalmente. Sin embargo, era improbable que Rosario pudiera modificar la decisión de su hijo y su nuera. ¡Tendrían un cuarto hijo!
Y así, me pregunto, ¿cómo se trata a una madre que interviene en la vida de sus hijos de tal manera?





