¡Isabel, pero tú te has vuelto loca! ¡Tienes cuarenta y cinco años! ¡Tienes un hijo adulto en el ejército! ¿Y ahora adoptas a un bebé? ¡Y con semejante diagnóstico! ¡Cuando él empiece el colegio, tú serás una anciana! ¡Ese niño te va a dejar sin fuerzas y te va a llevar a la tumba!
Isabel dobla en silencio los diminutos bodies y los mete en la bolsa.
En la cocina arde su mejor amiga, Carmen.
Isa, por favor, recapacita. ¡Íbamos a irnos a Italia! ¡Íbamos a empezar a vivir para nosotras! ¡Acabas de divorciarte de ese borracho, por fin respirabas tranquila! ¿Por qué te echas este peso encima? ¡Ese niño tiene parálisis cerebral, problemas de corazón… es una cruz para siempre!
Isabel cierra la cremallera del bolso.
Levanta los ojos hacia su amiga. Están cansados, pero serenos.
Carmen, le vi allí. En la casa cuna, cuando fuimos los voluntarios a llevar pañales. Estaba solo, en una esquina, no lloraba. Sólo miraba el techo. Tenía una mirada, Carmen… como si fuera un adulto, alguien que ya ha comprendido todo y se ha resignado. No pude marcharme. Entendí en ese momento: si me iba, ya no podría volver a respirar.
El niño se llama Mateo. Tiene ocho meses.
Su madre biológica lo dejó en el hospital nada más nacer. Un vegetal, decían los médicos. No sobrevivirá.
Isabel se lo lleva a casa.
Empieza el calvario que Carmen le había vaticinado.
Mateo no duerme por las noches. Llora de dolor, de espasmos. Isabel aprende a hacerle masaje, a pincharle, a colocarle la sonda para alimentarle.
Deja su buen empleo en el banco, empieza a trabajar desde casa como contable online, cobrando una miseria.
Muchos le dan la espalda. Está loca, murmuran las vecinas, se da aires de santa.
Su hijo, Jaime, recién vuelto del ejército, tampoco lo entiende:
Mamá, ¿y esto? pregunta mirando con desdén al pequeño retorcido en la cuna. ¿Vas a gastarte todo en él? ¿Y mi boda, qué? Dijiste que me ayudarías.
Jaime, la boda puede esperar. La vida, no.
Pasan cinco años.
Isabel ha envejecido. Han aparecido canas y arrugas profundas en sus ojos. La espalda le duele de cargar con Mateo siempre en brazos.
Pero Mateo vive.
Contra todo pronóstico, no se quedó vegetal.
Isabel lo lleva a centros de rehabilitación. Vende su apartamento en la sierra, su coche, todas sus joyas.
Cada día: ejercicios, piscina, logopeda.
Ma-má, dice él a los tres años, por primera vez.
Isabel rompe a llorar abrazada a su cabello tibio. Aquella palabra vale más que todo el oro del mundo.
A los cinco años empieza a gatear.
A los siete, consigue mantenerse de pie, agarrado a una barra.
Los médicos se encogen de hombros: Un milagro.
Pero Isabel sabe que no es milagro, sino sudor y amor. Ese amor incondicional que levanta montañas.
La decepción y la recompensa.
A los diez años, Mateo necesita una cirugía complicada en las piernas, para poder caminar.
Cuesta una fortuna.
Isabel recurre a su hijo, Jaime, que ya tiene su taller mecánico.
Jaime, préstame. Te lo devolveré, venderé el piso si hace falta, nos iremos a un estudio pequeño.
Jaime la mira frío:
Mamá, tengo otros planes. Estoy construyendo una casa. Tú elegiste esa carga. Te lo advertí. No pienso ayudarte.
Isabel sale tambaleando de casa de su hijo.
Se sienta en un banco del parque. No le quedan fuerzas, ni esperanzas.
Se le acerca un señor, cojeando con bastón.
¿Se encuentra bien?
Es Esteban, un pensionista militar, antiguo zapador.
Charlaron. Isabel, sin saber por qué, le contó todo: lo de Mateo, la operación, su hijo.
Esteban la escuchó en silencio.
Yo puedo ayudar dice simplemente. Tengo algunos ahorros, para el entierro como suele decirse. ¿Para qué los quiero? Vivo solo. Mi mujer murió, no tuve hijos. Y un chaval debe andar.
Esteban entrega el dinero. Sin papeles, sin condiciones.
Operan a Mateo.
La rehabilitación dura un año, fue durísimo. Esteban se va a vivir con Isabel: entre los dos es más fácil manejar la silla y al chaval.
Para Mateo, Esteban es el padre que nunca tuvo. Le fabrica juegos para rehabilitación, le enseña a jugar al ajedrez, le cuenta batallitas.
Y un día, Mateo echa a andar. Torpemente, con andador, piernas en ortesis. Pero anda solo.
¡Papá Esteban, mira! ¡Estoy andando! grita.
Isabel y Esteban se quedan en el pasillo, cogidos de la mano. Dos personas mayores, cansadas, capaces de lo imposible.
Pasan otros diez años.
Mateo tiene veinte. Camina con bastón, pero camina. Estudia programación, es listo, amable, sigue teniendo esa mirada adulta.
Jaime, el hijo biológico de Isabel, nunca halló la dicha en su gran chalet. Su mujer lo dejó, los hijos andan descontrolados. A veces llama a su madre, se queja, pero no va a verla. Le da vergüenza.
Isabel y Esteban viven tranquilos.
Hace poco cumplieron su sueño y viajaron a Italia. Los tres juntos, con Mateo.
Con el dinero que Mateo ganó diseñando una app para móvil.
Mamá, papá, esto es para vosotros les dice entregando los billetes. Vosotros me disteis piernas. Yo quiero daros el mundo.
Se sientan en una terraza de Roma, tomando café.
Carmen, la amiga, ve la foto en las redes. En la imagen Isabel, canosa pero feliz, abraza a los dos hombres de su vida: uno mayor, otro joven.
Carmen comenta: Tenías razón, Isa. No eres ninguna vieja. Eres la más viva de todas.
Moraleja:
A veces lo que nos parece una cruz, en realidad son nuestras alas. Nos asustamos de las dificultades, nos da miedo sacrificar nuestra comodidad y lo llamamos sentido común. Pero el sentido de la vida no está en el sosiego ni en un viaje al mar. La vida cobra sentido cuando eres tan imprescindible para alguien que tu amor obra milagros.
No tengáis miedo de amar a personas difíciles ni de tomar decisiones incómodas. Al final, no nos penará haber estado agotados, sino haber pasado de largo ante el dolor de alguien.
¿Conocéis casos en los que los hijos adoptivos acaban siendo más de la familia que los propios?






