Hacía mucho tiempo de aquello, cuando la memoria aún pesa como un abanico de plátano en verano. Teresa no podía con su yerno, Víctor, un muchacho de campo de Extremadura que llegaba al Madrid porteño con el corazón de campesino y el alma de camionero. Trabajaba a las ocho de la mañana, pero al atardecer, detrás de la pantalla de su portátil, jugaba a los shooters hasta que las luces del amanecer teñían el cielo de gris, como si fuera un castellano viejo que nunca olió el éxito. No descartaba que hiciera falta meter a Sofía en un hospital, pero el gesto de Víctor, con sus manos callosas de manejar el volante, había sido el mejor: ya no había marcha atrás, menos con una criatura en vientre. Entonces, Teresa, que ya había amasado los saberes de la Telecinco viendo series como si fueran manuales de vida, comprendió que expulsar a la niña de casa quedaría en un chaparrón de lágrimas, y el corazón se le pararía. Así que dejó que el matrimonio se instalara bajo su techo, incluso le cedió el dormitorio más fresco del piso, el que daba al patio de luces.
—Hija mía, ¿por qué ese Víctor otra vez con sus combates online? —rezongaba Teresa mientras peleaba con el hervor de las legumbres. —Tú llevas días con Lucas corriendo detrás de los muñecos, y ahí está él, abstraído en sus videojuegos.
—Mamá —le respondía Sofía con dulzura, —es lo que le calma, después se levanta y cuida a Lucas… Deja de mirarlo con ceño.
Y en efecto, Víctor no era cáustico con la anciana. Mientras ella aún peleaba con el plafón de su habitación, acostumbrada a la luz en el que fue el dormitorio de sus hijos, ya él había arreglado todas las puertas del cuarto de baño, y hasta instalado un grifo nuevo, sin mencionar que el día que se rompió el lavavajillas, ese demonio lo había arreglado con un par de clips y una mirada de capullo. Pero a Teresa le repelaba el hecho de que el yerno pretendiera chantajar con sus reformas para quedarse en el piso de tres habitaciones que le pertenecía a su hija. Además, el destino de Sofía, que no fue bailarina como ella, sino que tenía la luz de la danza flamenca en el cuerpo, ahora se convertía en un profesor de baile en un club local, una lástima que hubo de comerse.
—Como si no fuera a notarlo —murmuraba Teresa, viendo que Víctor, con su mirada castaña, le llamaba “mamá” con la misma guasa que si le diera un beso a su abuela.
—Mamá, ¿cómo cocina tan bien? —decía entre bocados, mientras Teresa le echaba al plato una sopa más clara que la que sirvía a Sofía, hecha de carne vieja. —La suya está rellena de patatas y carne de vaca, y la mía… —pero callaba, mordiendo un pedazo de pan seco como si fuera oro. Teresa deseaba decirle: “como quieras, a la vuestra le falta sabor, pero es lo que dan en la comida de los empleados del centro comercial”.
—Sabes de qué trabajan otros delante de una pantalla —le soltó un día, mientras servía— el hijo de la vecina estudia inteligencia artificial y gana más de veinte mil euros al mes.
—Yo también estudiaría informática —contestó Víctor con la boca llena, un acto de descortesía que a Teresa le hirvió la sangre—, pero allí donde me dieron plaza, no me dio tiempo a prepararme.
—¿Y por qué no te gradúas por la vía online? —Teresa le preguntó con tono ácido.
—Mamá… —Sofía interrumpió con una voz de miel—. Víctor trabaja por cámaras de seguridad de noche, y por el día en la tienda de informática. Tiene claro que no acaba en el trabajo a la hora en que quepa estudiar en casa.
—Entré a estudiar, sí —dijo Víctor con tono hosco—. Pero pillé a mi hermana con fiebre de 40, y no di más. Entonces me suscribí a cursos online, pero con Lucas aquí no hay hora fija para mirar las capítulos. Además, no me interesa tanto el informático.
—Claro —Teresa concluyó con desdén—, si lo único que hay que hacer es girar la palanca del shooter, no hace falta cerebro grande.
Sofía no esperaba más que eso: peinaba a su madre detrás y la conducía a su cuarto, donde la anciana se quedaba rezumando incertidumbre, como un trozo de queso encerrado en una ruleta de horno. Mientras, el temor de Teresa no era tan solo por Víctor, sino por la trastienda: la familia del yerno, que vio a su paso, eran como el olor del campo: ruidosos y con las uñas largas. Los vio una vez en la boda, y le alcanzó para entender que no deseaban más que un trato de vivienda al estilo de una chacra en Madrid. Así que cuando Víctor, con cara de muchacho cordero y ojos que apenas miraban a su jefa, le anunció—: Papá y mamá vienen mañana a verle la cara—, Teresa estuvo a punto de envolverse con el mantel de la mesa, como si fuera una prisión invisible.
—Que se hospeden en un hotel cinco estrellas, pero que no nazcan ideas de vivienda en mi piso —zanjó con tono cortante.
—Ya les avisé, pero insisten. Dicen que les hace ilusión. —Víctor tragaba saliva con ansiedad.
Era el único momento en que Sofía intervenía con su lengua de seda y un tono que desarmaba corazones como añadiduras de canela: —¡Qué alegría! Haré un bizcocho de almendra y un bocadillo de jamón de Jabugo. Mamá, ¿harás tu puchero de garbanzos con morcillas?
Teresa, como siempre, cedió. Sólo para no herir el entusiasmo de su hija, o las lágrimas de un hijo que aún no se convierte en padre. Y así, con apuro, le dio permiso. Pero los otros vinieron con una cara de campesinos que no han visto más que ropa vieja y no traían ni regalo para el crío. En la mesa, madre de Víctor, con la nariz larga de quien conoce la vida dura, le miró mientras Teresa servía el puchero, y le soltó:
—(Suya) Tía, como que a Víctor ya le da asco por la comida. Cuando lo recogimos de un hogar de menores, apenas comía, y era por culpa del hambre que se le metía. A las dos hermanas se las comía, pero aquí sigue igual.
Teresa la miró con cara de piedra, y luego a Víctor, y luego a Sofía, que puso cara de quien iba a llorar pero no sabía de qué. Porque su madre le había ocultado tales cosas. Y fue la tía la que concluyó:
—¡Vaya irrespetuoso que se me ha quedado! Apenas le dimos manzanas y le enseñamos a estudiar desde el forja del campo. ¿Sabes? Tuvimos que perder la vida para que se saliera adelante. Mientras, tuvo a la hermana mayor formada y, ahora, somos venidos aquí a ver cómo le va a la pequeña.
Durante la noche, Teresa esperó hasta que Sofía se retiró a acostar a Lucas. Luego, llamó a Víctor, quien, con cara humilde, escuchó:
—Dime, ¿y si estudiar no estuviera en ti por culpa solo de trabajar por dos hermanas más…?
—Mamá, no piense mal de ellos. —Víctor dejó caer la mirada—. Me adoptaron, me dieron un hogar. Aprendí a vivir de forma nueva, pero la comida aquí es mejor, mucho…
—¿Y si estudiar no te gustaba tanto? —preguntó Teresa, cruzándose de brazos.
—Mamá, sí me gustaba, pero cámbieme: es mejor comer del que se gana en la cara que vivir a su sombra. Y con Sofía y Lucas ahora…
—Pues ven que te enchufes al mundo del informático —prosiguió ella, con la precaución de un cazador—. ¿Sabes programar?
—Un poco.
—Pues tendrías más horas disponibles y más sueldo. Solo una condición: que te reintegres a la Universidad. ¿Estás de acuerdo?
—Con todo lo que usted diga, mamá —contestó Víctor con un ruego.
—Que sigas tus estudios, nada más —finalizó Teresa.
Sofía le dio un abrazo, diciendo que era la mejor madre del mundo. Víctor, ruborizado, añadió que ahora la comida era mucho mejor, y Teresa, con indiferencia, como quien ya no se preocupa más de su vida, ni de aquello que miraba. No, no era tan malo el Víctor… Adiós, melancolía.






