Taller Creativo en Lugar de Oficina

La sala de reuniones estaba sofocada. Inés quitó los auriculares y, por un instante, los sostuvo en la mano, sintiendo el tenue calor que se deslizaba del cordón a los dedos. En la pantalla se mostraba una tabla de colores; alguien de la oficina de Madrid explicaba monótonamente por qué en el tercer trimestre habría que apretar los cinturones, mientras la flecha del gráfico descendía despacio.

Sabía que pronto le pedirían su opinión. Anticipó que tendría que hablar de optimizar procesos y redistribuir la carga. Las palabras ya estaban ensayadas en su cabeza, como un discurso preparado de antemano. Pero el pecho estaba vacío. Todos esos procesos, iniciativas, colaboración horizontal existían en algún rincón alejado de ella.

Inés, ¿nos sigues? la voz del altavoz sonó más agresiva de lo necesario.

Se sobresaltó y volvió a colocarse los auriculares.

Sí, sí, le escucho. Desde mi parte pulsó el ratón y abrió sus notas. Veo potencial en redistribuir tareas entre los equipos regionales. Pero es crucial considerar el factor humano para no perder la motivación del personal.

Algunos de los pequeños iconos en la pantalla asentían. Uno anotó su frase en el acta, otro ya se distraía con el correo. Inés hablaba y en su mente surgió la frase factor humano, tan irónica. ¿Cuándo fue la última vez que se sintió simplemente una persona y no la directora del servicio al cliente?

Tras la reunión, todos abandonaron rápidamente sus oficinas. El pasillo olía a café y a bollería de la máquina expendedora. Inés se quedó junto a la ventana. A lo lejos, bajo un cielo gris de marzo, un flujo de coches avanzaba; la gente apuraba su paso al metro, ajustando los abrigos al pecho. Ella vio su reflejo en el cristal: chaqueta impecable, cabello recogido, maquillaje ligero. Treinta y tres años, buen puesto, sueldo decente, hipoteca, hijo adolescente. Todo en su sitio.

Sin embargo, por dentro sentía que cada día se ponía no solo la chaqueta, sino la piel de otro.

El móvil vibró. Un mensaje de la vieja compañera de colegio: ¿Sigues viva? Siempre en el curro. Salgamos el fin de semana. Inés respondió de pronto: Ahora no, proyecto urgente, y lo borró. Después escribió: Hablamos el sábado.

Regresó a su despacho. Sobre el escritorio, al lado del portátil, reposaba una pequeña caja de plástico con agujas. Una semana antes, durante una llamada nocturna con la oficina de Londres, había enganchado la manga de la silla y roto el forro del saco. Recordó que en el cajón había un kit de costura, comprado por si acaso hace años.

En aquel momento, en la penumbra de su oficina, la luz del monitor le hería los ojos mientras, sin la chaqueta, cosía el forro con puntadas gruesas pero uniformes. Sus manos recordaron cómo era sostener la aguja y pasar el hilo sin que se enredara. De niña, solía confeccionar vestidos para sus muñecas con retazos de las faldas de su madre. En la universidad, remendaba sus propios vaqueros y abrigos para destacar entre la muchedumbre de chaquetas idénticas.

Primero trabajó en un banco, luego en el holding actual. Cursos nocturnos, informes, proyectos. La máquina de coser, premio de una bonificación, reposaba cubierta en un rincón del dormitorio. Cuando tenga tiempo, se repetía. El tiempo nunca llegaba.

Inés, ¿puedes? asomó la asistente en la puerta. Desde Madrid necesitan urgentemente el informe consolidado de quejas del trimestre, preferiblemente antes de que acabe el día.

Mándame la plantilla contestó ella y volvió a la pantalla.

Al caer la tarde, los ojos le dolían, latía la cabeza. Cerró el portátil, lo guardó en su bolso, apagó la luz. En el ascensor, se miró en el espejo y vio claramente el cansancio bajo los ojos, que ni la base de maquillaje lograba disimular.

En casa, su hijo Arturo devoraba espaguetis con la tablet bajo el brazo. En la cocina, el bote de salsa calentaba en la olla, recién sacado del microondas tras quitarse el abrigo.

¿Cómo te va en el cole? le preguntó, quitándose la chaqueta.

Bien respondió sin dejar la pantalla.

Puso a hervir una tetera, sacó un trozo de queso del frigorífico. El bolso con el portátil cayó pesado sobre el taburete. En su cabeza seguían girando cifras, planes, presentaciones. En algún momento sintió que su vida era una interminable lista de tareas en el planificador corporativo.

Esa noche, el sueño se le escapó. En la oscuridad escuchó el suave ronquido de Arturo en la habitación contigua y el zumbido lejano de los coches. Rememoró los dedos que sujetaban la aguja y la línea recta del punto en el forro. Recordó que una vez soñó con abrir un pequeño taller de arreglos de ropa. Pero después se casó, nació Arturo, necesitó estabilidad y dinero. El sueño quedó relegado a un rincón como una valija vieja bajo el desván.

A la mañana siguiente, el correo le deparó una sorpresa: un mensaje del departamento de recursos humanos titulado Cambios en la estructura organizativa. En el cuerpo, frases secas sobre reestructuración, ampliación de áreas y optimización del nivel directivo. En el adjunto, el nuevo organigrama. Su departamento se integraba a otro bloque y bajo él aparecía una nueva posición: directora de experiencia del cliente. El apellido del nuevo superior le era desconocido.

Una hora después, la citó el director general. En su despacho impregnado de perfume caro y café recién hecho, el director sonreía con cierta tensión.

Inés, ya sabes que los tiempos son duros comenzó. Necesitamos ser más ágiles, reaccionar rápido al mercado. Por eso hemos decidido fusionar áreas. Tu experiencia es valiosa, pero hizo una pausa. Te ofrecemos el puesto de asesora del nuevo director. Formalmente es un descenso, pero mantendremos tu sueldo durante medio año. Luego reevaluaremos.

Ella asintió, sintiendo cómo algo se asentaba en su interior. Asesora: alguien que en cualquier momento puede ser apartado.

Lo entiendo replicó. ¿Puedo pensarlo un día?

El director aceptó con un gesto.

Salió del despacho y cruzó el pasillo, donde colgaban carteles motivacionales con lemas de liderazgo y éxito. En el baño, se cerró en una cabina y apoyó la frente contra el azulejo frío. De pronto, le vino a la mente la frase: Si no es ahora, ¿cuándo?.

Al atardecer, en vez de regresar directamente a casa, salió antes de la parada. Quería caminar, despejar la mente. Avanzó por la calle, pasando por farmacias, salones de belleza y pequeñas tiendas. En un sótano, una luz amarilla cálida iluminaba un letrero: Reparación y confección de ropa. Debajo, una hoja con el horario y número de teléfono.

Inés redujo el paso. A través del cristal se vislumbraba un espacio estrecho lleno de mesas. En una ventana, una mujer de unos cincuenta años, con gafas, manejaba la tela bajo la aguja de una máquina de coser. En los percheros colgaban abrigos, vestidos, pantalones de hombre. Sobre una silla, una pila de vaqueros.

Alguien la empujó ligeramente desde atrás.

¿Entrás o no? gruñó un hombre con una bolsa.

Inés dio un paso atrás, dejándolo pasar. La puerta se abrió y llegó el sonido sordo de la máquina y el aroma a tela, plancha caliente y jabón. Algo muy familiar le recordó la infancia, cuando su madre alisaba la ropa en la cocina.

De pronto, una sonrisa surgió en su rostro, acompañada de un leve temor. Aquella pequeña taller parecía una vida paralela, aterradora al mismo tiempo.

De regreso a casa, anduvo de habitación en habitación. Arturo seguía con los auriculares. En el correo, encontró un borrador de carta al departamento de recursos humanos titulado Renuncia. La abrió, miró el cuerpo vacío y la cerró.

Esa noche, el sueño volvió a eludirla. Las cifras giraban: hipoteca, comunidad, comida, la cuota del baloncesto de Arturo. Su salario actual cubría todo con holgura. El taller en el sótano representaba ingresos mínimos, inestabilidad, sin seguros.

Al día siguiente, en su camino al trabajo, volvió al sótano. La puerta sonó al abrirse con una campanilla. Dentro, hacía calor. Sobre una mesa había madejas de hilos de colores, alfileres, cinta métrica. La mujer de gafas alzó la vista.

Buenos días dijo Inés, la boca seca. Quería saber ¿están buscando a alguien?

La mujer la observó, evaluando la chaqueta, el bolso pulcro, los tacones discretos.

¿Sabe coser? preguntó sin rodeos.

Un poco. Antes cosía para mí y para amigas. Hace tiempo que no lo hago, pero las manos recuerdan.

Todo el mundo dice eso sonrió. Yo soy Zenaida. Tengo una ayudante, pero a veces le cuesta estar todo el día de pie. Hay trabajo, pero no es oficina, ya sabes. Polvo, hilos, clientes de todo tipo. Y el dinero encogió los hombros. No es una corporación.

La palabra corporación sonó ajena.

Lo sé respondió Inés en voz baja. ¿Podría probar? Un par de días. Tengo mi empleo, pero quizás pronto me libere.

Zenaida la miró detenidamente.

Venga el sábado. Veamos qué sale.

Al salir, Inés sintió temblar las piernas. Sostenía en la mano la tarjeta del taller. En su cabeza, dos voces luchaban. Una le gritaba: Estás loca, tienes hijo, hipoteca, ¿qué haces en un sótano con hilos?. La otra, más suave, le recordaba el placer de guiar la aguja.

En la oficina la esperaban nuevos correos y reuniones. En el descanso, imprimió el formulario de renuncia y lo dejó en su cajón. Al llegar la noche, no lo había tomado.

El sábado amaneció gris. Arturo se fue con sus amigos, prometiendo volver para la cena. Inés tardó en decidir qué ponerse. Al final, eligió vaqueros y una camiseta sencilla. La chaqueta colgó en el perchero, extraña.

En el taller, el ambiente era animado. En una silla junto a la puerta, una joven con una bolsa voluminosa pedía:

Necesito que me recorten los vaqueros, y cambiar la cremallera.

Zenaida, al ver a Inés, asintió.

Pasa, es nuestra aprendiz le dijo a la clienta. Siéntate aquí.

Inés se sentó ante una máquina antigua pero bien cuidada. A su lado había una pila de pantalones. Zenaida le mostró cómo marcar la longitud con alfileres.

Lo principal es no apresurarse aconsejó. La gente paga por la perfección.

Los primeros puntos fueron duros. El pedal le resultó extraño, el hilo se enredaba varias veces. La espalda empezó a doler, pero tras media hora encontró el ritmo. La tela susurraba bajo sus dedos, la aguja entraba y salía con precisión, dejando una línea recta.

Al mediodía, el cansancio le dio una ligera marea. Zenaida le sirvió té de una tetera gastada y dejó la taza al borde de la mesa.

¿Cómo vas? preguntó.

Cansada admitió Inés. Pero me gusta. Se nota el trabajo.

Eso es lo esencial confirmó Zenaida. No te engañes, es labor pesada. Hombros, ojos, piernas. El dinero es escaso. Pero si te gusta, resiste.

Ese día, Zenaida le entregó unos billetes como pago por la práctica.

Por la práctica dijo. Piensa si este es tu camino.

Inés dejó los euros sobre la mesa. Era apenas una décima parte de lo que ganaba en la oficina. Miró los billetes y recordó cuánto gastaba antes en cafés y taxis.

El lunes siguiente, entró a la oficina con decisión. Por la mañana firmó la renuncia y la entregó al departamento de recursos humanos. La empleada con gafas levantó la vista.

¿Está segura? preguntó. Tiene un buen puesto, antigüedad.

Lo estoy contestó Inés, sorprendida por la calma de su voz.

La noticia se esparció rápido. Los compañeros se acercaban, preguntando a dónde se dirigía.

A un pequeño taller de arreglos respondió a una colega.

La mujer soltó una risa, pensando que era broma. Luego, al comprender, se quedó perpleja.

¿Pero por qué? titubeó. Allí el sueldo es diferente.

Lo sé replicó Inés.

Esa noche, le contó a Arturo.

¿Te vas? quitó los auriculares. ¿Y la hipoteca?

No dejo de trabajar dijo. Solo será en otro sitio. El dinero será menos, pero ahorraremos en entregas y comidas fuera. Llegaré a casa antes, podré cocinar y salir contigo.

Yo ya salgo con mis amigos murmuró él. ¿Y si no funciona?

Inés reflexionó un segundo.

Entonces buscaré otro empleo. Pero quiero intentarlo.

Él encogió los hombros, volvió a ponerse los auriculares y, en un susurro, añadió:

Si dejas de gritar por la noche por el curro, ya es un punto a favor.

El proceso de salida se extendió. Transmitía tareas, redactaba instrucciones, respondía preguntas. Los colegas le regalaban flores y tarjetas, deseándole éxitos. Algunos la observaban con curiosidad, como a quien decide vivir bajo otras reglas.

Al salir del edificio, miró el vidrio del rascacielos. Dentro quedaban la luz, el aire acondicionado y los infinitos meetings. Allí había estabilidad, seguros, premios y la fatiga que se había convertido en parte de su cuerpo.

Dos días después, ya estaba en el taller como colaboradora fija. Zenaida le entregó un delantal y le mostró dónde estaban las tijeras, hilos y cintas.

No temas a los clientes le aconsejó. Son varios. Algunos se quejan, otros agradecen. Lo importante es no tomarlo todo a pecho.

Las primeras semanas fueron duras. Al final del día, la espalda y el cuello protestaban, los dedos estaban marcados por los alfileres. Inés confundía números de pedido, a veces equivocaba la longitud y Zenaida debía rehacer.

Eres lista, trabajaste en corporación regañó Zenaida. Pero aquí son cosas simples. Mide, no te distraigas.

Un día, una mujer mayor, vestida con un abrigo caro, irrumpió.

¿Qué me ha hecho con mi traje? gritó, tirando una bolsa sobre la mesa. Pedí acortar las mangas dos centímetros y usted las recortó más. Ahora sobresalen los puños.

Inés reconoció el pedido. Había marcado la longitud y cosido, pero había leído mal la anotación.

Veamos intentó decir con calma.

La mujer mostró el abrigo. Las mangas estaban, de hecho, más cortas de lo solicitado.

Fue mi error admitió Inés, sintiendo un nudo en la garganta. Puedo intentar arreglarlo con una inserción decorativa.

No quiero inserciones replicó la clienta. Ese traje costó más que su sueldo mensual. Lo ha arruinado.

Zenaida intervino, trató de calmarla, ofreció un descuento y reparaciones gratuitas en otras piezas. La mujer se fue, cerrando la puerta y amenazando con una reseña negativa.

Inés se sentó, cubriéndose la cara con las manos. El error no era fatal, pero golpeó su orgullo. En la oficina, sus fallos se perdían entre informes; aquí cada error era visible y tangible.

Basta dijo Zenaida. Reconoce, pide perdón, aprende. No te mates. Y la espalda, ¿qué tal?

Esa noche, llegó a casa agotada. Arturo, al verla, quitó los auriculares.

¿Qué pasa?

Le contó del traje, del grito, de la amenaza.

Todos cometemos errores le respondió él. Incluso en los videojuegos. LoAl fin comprendí que la verdadera medida de mi vida no estaba en los números del balance, sino en la satisfacción de devolverle a cada pieza y a cada persona la forma que merecen.

Rate article
MagistrUm
Taller Creativo en Lugar de Oficina