Supe que mi exmarido me era infiel porque, de repente, empezó a barrer la calle. Parece una locura…

Hoy he sentido la necesidad de escribir todo esto para intentar liberarme un poco de lo que llevo dentro. Nunca pensé que descubriría la infidelidad de mi exmarido por algo tan absurdo, pero así fue: empezó a barrer la calle.

Suena ridículo, pero es la verdad más pura. Alberto era electricista y trabajaba desde casa. Tenía el taller montado en el garaje y pasaba los días liado con cables, herramientas y algún cliente despistado. Nunca fue un hombre de tareas domésticas, ni por machismo ni por dejadez: simplemente, no le gustaba. En cuanto tenía un rato libre lo dedicaba a descansar, ver el fútbol en la tele, tomar cañas con los amigos o hacer una barbacoa en el jardín. Era un tipo tranquilo; no le iban las juergas, no tenía mal genio ni era de los que dan motivos para sospechar.

Nuestra calle era de tierra, bastante ancha y con enormes álamos a los lados. Siempre estaba llena de hojas, polvo y barro cuando llovía. Barrer era cosa de casi cada día. Normalmente lo hacía yo a primera hora, mientras preparaba el desayuno. Era como una costumbre más.

Todo cambió el día que una nueva vecina, Lucía, se instaló en la casa de al lado. Nada fuera de lo normal; esa casa siempre se alquilaba y cada poco llegaba gente nueva.

A los pocos meses de que Lucía se mudara, Alberto empezó a decirme:
No te preocupes, hoy barro yo.
Al principio lo encontré hasta tierno. Aprovechaba ese rato para fregar la cocina, limpiar el baño o colocar los armarios. Nunca se me pasó por la cabeza vigilarle. No había motivos.

Pero de pronto lo hizo todos los días.
Y siempre a la misma hora: las 7 de la mañana, ni antes ni después. Me resultó extraño porque nunca había sido puntual para nada, salvo su trabajo. La curiosidad me pudo y un día miré por la ventana.

Le vi.
Con la escoba en la mano, pero sin barrer. Charlaba y reía. Frente a él, Lucía. Casualidad, pensé. Al día siguiente, igual. Y al otro. Siempre coincidían. Como si estuviese planeado.

Empecé a fijarme más. No era solo por la mañana. Un sábado me dijo que salía a tomar una caña con sus amigos. Normal, pensé, pero justo cuando abrió la puerta sentí una corazonada. Miré y vi que Lucía salía a la vez. Se oyó claramente:
¡Buenos días, vecino! Que tengas buena noche.
Él le contestó tan natural y ella añadió:
¡Qué casualidad, yo también me voy!
Y se marcharon juntos calle abajo.

Al siguiente fin de semana, Alberto soltó que iba a jugar al fútbol, algo que apenas hacía. Salió y, minutos después, Lucía hizo lo mismo, móvil en la oreja, andando en la misma dirección.

No tenía pruebas, ni mensajes, ni fotos. Solo horarios. Coincidencias que dejaron de serlo.

Un día me armé de valor y fui directa:
Sé que estás con la vecina.
Su cara de sorpresa fue total. Primero lo negó, pero le corté:
Os he visto. Todos los días. No me mientas.
Se quedó callado. Bajó la vista. Finalmente admitió:
Sí. Estoy con ella. Estoy enamorado.
Le grité que se largara de casa. No teníamos hijos ni nada por lo que discutir. Lo más irónico llegó después: se fue a vivir justo al lado, con Lucía.

No duraron mucho allí. Quizá un par de meses. Después se marcharon del barrio y no he vuelto a saber de ellos. Los vecinos, mi familia, todos dieron vueltas al asunto. Yo jamás quise saber más.

Intento seguir adelante, pero todavía, cada vez que paso la escoba por la acera, no puedo evitar pensar en todo aquello.

Rate article
MagistrUm
Supe que mi exmarido me era infiel porque, de repente, empezó a barrer la calle. Parece una locura…