A veces me pregunto: ¿cómo hay gente con la desfachatez de exigir lo ajeno con tanta insistencia, disfrazándolo de preocupación y edad? Mi suegra es el vivo ejemplo. Se llama Carmen Fernández, tiene sesenta y siete años, y lleva dos años obsesionada con una única meta: echarnos a mi marido y a mí de nuestro piso de dos habitaciones en Málaga para mudarse ella, mientras nos “regala” su destartalada casa en las afueras, cerca de Antequera.
Parece una madre cariñosa, una mujer mayor cansada del día a día. Pero tras esa fachada hay un cálculo frío. La casa que nos ofrece está en ruinas: grietas en los cimientos, el tejado gotea, las ventanas están podridas. Dentro hace frío, hay humedad, el suelo está torcido y huele a moho. Carmen no ha arreglado nada en años, solo mantuvo unos geranios en el jardín y podó un rosal. Eso fue todo su esfuerzo.
Cuando viene de visita, no tarda en soltar:
—¡Qué acogedor tenéis esto! Todo limpio y ordenado. A mí también me gustaría vivir así…
Y luego, como al descuido:
—¿No os plantearíais mudaros? Yo me instalaría en vuestro pisito…
Al principio callaba. Luego respondía con bromas. Pero ahora me crispa solo su mirada llena de falsa lástima: “Ay, estoy mayor, ya no puedo… la casa es una carga…”. ¿Acaso en un piso los suelos se friegan solos? ¿El polvo desaparece? ¿El dinero para la hipoteca cae del cielo? Carmen cree que un apartamento es como un hotel con servicio de limpieza. No entiende—o finge no entender—que esto es fruto de nuestro trabajo y ahorros.
Le propusimos una solución lógica:
—Vende la casa, añade algo de dinero y cómprate un estudio. Vivirás cómoda, sin jardín que mantener.
Pero no. Ella cree que su ruina vale como un chalé de lujo: ¡trescientos mil euros mínimo! Cuando, en realidad, no llegaría ni a la mitad. Y ni con eso alcanzaría para un piso decente en la ciudad. Se lo dijimos claro. Pero hace oídos sordos.
—¿Quién va a querer esa casa?—intenté razonar.
—¡Tiene alma! ¡Allí nació vuestro Pablo! Solo necesita un arreglo—replicó ella.
¿Un arreglo? ¿Con las paredes a punto de desmoronarse?
Y así, una y otra vez. Cada visita es igual:
—¡Qué bien estáis aquí! ¿Seguro que no lo pensáis?
Hace poco, mi marido estalló:
—Madre, no te vamos a dar el piso. Y tampoco nos mudaremos a tu casa. No insistas.
Se fue enfurruñada y lleva una semana sin llamar. Ofendida. ¿Cómo no vamos a “hacerla feliz” regalándole el hogar que con tanto esfuerzo construimos?
Estoy agotada. No entiendo tanta sordera ante los límites ajenos. Somos una pareja joven, con planes, trabajando. Quizá pronto queramos hijos. ¿Dónde criarlos? ¿En una casa con goteras y suelos inclinados? ¿O endeudarnos para arreglar lo que ya debería estar derribado?
Lo que más duele no es su proposición, sino cómo la envuelve. Como si fuéramos egoístas. Como si nuestro piso fuese su salvación y nosotros, desalmados, le negásemos el “paraíso”. Solo pedimos que respete lo que es nuestro.
Ahora evitamos el tema. Ella conoce nuestra respuesta. Es firme. Si de verdad le pesa la casa, que la venda y busque algo acorde a sus posibilidades. Pero bajo nuestro techo no vivirá. Porque este piso no es un premio por la edad ni un pago por la maternidad. Es nuestro hogar. Y a nadie se lo daremos.
La lección es clara: el cariño no se mide en metros cuadrados, ni la familia debe construirse sobre chantajes. A veces, decir “no” es el mayor acto de amor propio.






