Desde los primeros días de mi matrimonio, intenté llevarme bien con mi suegra. Durante ocho años aguanté y cedí en silencio. Después de que mi marido y yo nos mudáramos del pueblo a la ciudad, su madre, Carmen Fernández, nos llamaba cada semana. Siempre decía lo mismo: “Venid el fin de semana, ¡necesito ayuda!”. Ya fuera para limpiar patatas, cavar en la huerta o poner papel pintado en casa de su hija pequeña. Y cada vez íbamos. Y ayudábamos.
Pero yo no tenía dieciocho años ni vivía sin responsabilidades. Trabajaba cinco días a la semana, criaba a dos hijos y llevaba mi propia casa. También tenía una familia y, al menos una vez a la semana, quería… simplemente respirar.
Sin embargo, Carmen Fernández nos veía como mano de obra sin coste. Si me atrevía a decir que estaba cansada, enseguida me soltaba un reproche: “Pues, ¿quién si no vosotros?”. Y ni siquiera eran cosas urgentes. A veces me pedía que no fuera a su casa, para luego llamarme con otro encargo “importante”: ayudar a su hija Lucía con el papel pintado. Yo iba como una tonta. ¿Y qué creías? Mientras yo me afanaba con la cinta métrica y el rodillo, la “trabajadora” Lucía se pavoneaba ante el espejo con su manicura recién hecha y recalentaba la tetera cada dos por tres.
Mi marido lo veía todo. No era tonto, entendía perfectamente cómo nos aprovechaban. Pero no decía nada, porque era su madre. Yo callaba, aguantaba. Hasta que llegó el momento.
Un día, sencillamente dejé de ir con él a casa de su madre. Sin discusiones. Sin explicaciones. Me quedé en casa y le dije que tenía mis propios planes.
A la suegra, claro, no le gustó. Inmediatamente empezó a preguntarle a su hijo qué pasaba, por qué de repente era tan “despegada”. Mi marido me rogó que fuéramos: “Solo para que mamá no se preocupe”. Pero yo ya no estaba dispuesta a seguir en esa farsa.
Estaba harta. A mis treinta y cinco años, tenía derecho a descansar el fin de semana, no a servir a quienes no movían un dedo por nadie. No veía gratitud ni respeto en ellos. Solo exigencia.
Aquel sábado, por fin puse en orden mi casa. Lavé toda la ropa acumulada, cociné algo decente y, el domingo, por primera vez en mucho tiempo, me permití tumbarme en el sofá con un libro. Fue maravilloso. Hasta que sonó el timbre.
En la puerta estaba Lucía.
Sin saludo, ni el más mínimo gesto de cortesía, empezó a acusarme de egoísmo. Que era desagradecida, maleducada, que abandonaba a la familia, que ignoraba las llamadas de su madre. Dijo que estaba obligada a ayudar, porque “ya era parte de la familia”.
La escuché en silencio, le deseé un buen día y cerré la puerta.
Pero no terminó ahí. Esa misma noche, apareció Carmen Fernández en persona. Desde el umbral me soltó reproches: que era una desagradecida, que ella lo había dado todo por nosotros y ahora yo me creía demasiado y no respetaba a los mayores. La miraba y en mi cabeza desfilaban todas esas horas, semanas y fines de semana en los que había fregado, cocinado, cavado, pegado, lavado… todo por ella.
Y ahora estaba en mi salón, creyendo que tenía derecho a sermonearme.
Ahí lo entendí: *basta*.
En silencio, me acerqué a la puerta, la abrí y, sin decir palabra, señalé la salida. Mi suegra, desconcertada, masculló algo, pero se marchó. Yo volví al sofá, cogí el libro y respiré aliviada.
No era rabia. Era defensa. Era saber que mi tiempo y mi energía ya no le pertenecían a nadie. Y si algo le debía a alguien, era solo a mí misma y a mi familia.
Esa noche me dormí con el corazón ligero. Y por primera vez en años, me sentí libre.







