¡Vaya sueño extraño! exclamé yo, que no era otro que Gonzalo, viendo aparecer en el umbral a una abuela menuda, enjuta y riente, con vaqueros desgastados. En la comisura de su boca danzaba una sonrisa pícara y bajo los párpados entrecerrados chisporroteaba una mirada traviesa.
«La abuela de Carmen, Doña Virtudes Alonso… Claro que sí Pero, ¿cómo pudo llegar sin avisar, ni tan siquiera un mensaje?»
¡Hola, mi niño! dijo con ese mismo aire, casi flotando. ¿No me invitas a pasar, Gonzalito?
Por supuesto, pase, pase, Doña Virtudes contesté atropellando las palabras.
Arrastró tras de sí una maleta diminuta, de esas con ruedas que hacen eco en los sueños y en los pasillos. Me apresuré a servirle un té y, como en una coreografía absurda, ella ordenó:
Ponme el té bien fuerte. Carmen trabajando, Lucía en la guarde ¿Y tú? ¿Rascándote la barriga?
Me han dado vacaciones obligatorias resoplé, soñando aún con dos semanas de descanso. Por necesidades del servicio, dicen Pero miremos el lado bueno ¿Vendrá usted para mucho tiempo?
¡Ese Gonzalo siempre tan directo! rió con un brillo burlón. Para largo, hijo.
Suspiré como suspiran los que saben que todo descanso es espejismo. Apenas conocía a Doña Virtudes y lo poco que sabía era por mi suegro, Don Antolín, que al nombrarla casi susurraba y miraba sobre el hombro, despavorido y devoto.
Friega esos cacharros ordenó alzando la voz, que recordaba a mi sargento de reemplazo, Don Prieto. Y luego me enseñas el barrio, que quiero un paseo de reconocimiento. Yo mando el rumbo.
Aceptar era mejor que discutir; sólo a los necios les gusta discutir con los vientos imposibles de los sueños.
Me enseñarás la ribera del Manzanares decidió ella con aplomo. ¿Cómo se llega mejor?
En taxi dije, arrojando mis palabras a ese aire irreal.
De pronto, Virtudes se llevó unos dedos a los labios, silbó un silbido cortante y el primer taxi que pasaba chirrió y se detuvo.
¿Pero abuela, por qué silbar así? ¡Qué dirán las vecinas! rezongué mientras la ayudaba en el asiento del copiloto.
Dirán que tienes poca educación, Gonzalete respondió alegre mientras el taxista y ella, como antiguos compinches de sueños, chocaban palmas y se morían de risa.
Eres un chaval educado y noble, pero demasiado formal me explicó en la ribera, mientras los álamos se retorcían en formas fantasmagóricas. Tu abuela sería una dama de mantilla, pero yo no sé estarme quieta. Mi difunto marido, el abuelo de Carmen, que Dios lo guarde, era de esos tímidos ratones de biblioteca y entonces llegué yo. ¡Le traje al Guadarrama, a la alta montaña, le animé a lanzarse en paracaídas! Pero jamás conseguí que volase en ala delta: lo aterraba. Se quedaba abajo cuidando a mi hija mientras yo bailoteaba por el cielo.
Aquellas historias, tan llenas de imágenes estrafalarias, explicaban el carácter de la abuela Virtudes mejor que ningún relato de Carmen.
¿Y tú? ¿Has saltado en paracaídas?
En la mili, catorce saltos contesté sin ocultar el orgullo.
¡Eso está bien! asintió valorando. Hay que lanzarse a la vida.
Y de pronto, entonó una copla de aire militar:
Nos queda mucho por caer,
en este salto sin red…
Me uní sin pensar, como si aquel canto me arrastrase
Nube de seda ligera,
gaviota, vuela detrás
Cantamos juntos hasta derretir cualquier distancia, hasta que la ribera se disolvió en una nube de humo y carne asada.
Un pinchito y un respiro, que el hambre me está mordiendo los tobillos sugirió con un ojo guiñado. Mira esa barraca junto al río, ¿no huele como si asasen cordero celestial?
Un hombre moreno con bigote de bandolero ensartaba carne en un pincho, con ese talante mitad cocinero, mitad caballero andante en sueños. Parecía, más que asador, un duelista listo para retar a cuchillo a cualquier espectro hambriento.
Nos sentamos y, antes de que pudiera asimilarlo, Doña Virtudes se arrancó con un fandanguillo improvisado:
Buenas tardes tenga usted,
que en bodas todo se ve.
El asador, sorprendido y contagiado de la locura onírica, le siguió el palo, zapateando en el suelo polvoriento:
¡En bodas todo se canta,
tenga usted buena tarde!
Disfruten, amables señoras dijo, sirviendo tapitas de pincho moruno, pan y un ribera del Duero muy frío.
Atraído por el aroma, surgió de unos setos un gatito atigrado, que se acercó sigiloso y puso sus ojos como un par de aceitunas negras en los platos.
Tú sí que eres el invitado perfecto le sonrió Doña Virtudes. Acércate, mi niño. Gritó al asador: ¡Mozo, trae carnecita fresca para este amigo, trocitos pequeños!
Mientras el gato devoraba, Virtudes me sermoneaba:
Con una niña en casa y ningún gato ¿Cómo queréis que aprenda a cuidar, querer y tener el alma tierna? Este pequeño va a enseñaros mucho.
Terminada la comida y el paseo, la abuela bañó al hallazgo felino y a mí me mandó a por bandeja, cuenco y camita. Cuando retorné, la casa era algarabía de risas femeninas: Carmen y Lucía se enredaban a besos con la abuela, mientras el gato, ya bautizado como Leandro, observaba desde lo alto del sofá, desconcertado.
Este conjunto es para tí, Lucía repartía regalos como buena abuela. Y para ti, Carmen nada sube más la autoestima ante un marido que unas braguitas de encaje.
Durante una semana, Lucía no fue a la guarde. Cada mañana, Doña Virtudes la arrastraba en escapadas que acababan a media tarde, felices y rebozadas de anécdotas. Al volver, les esperábamos Leandro y yo. Por las noches se sumaba Carmen y todos paseábamos por las calles de Madrid, con el gato como una sombra diminuta entre hijos y nietas.
Hasta que una noche, la abuela se puso seria y me dijo:
Mañana me voy, ya es hora. Esto es para Carmen, se lo das cuando parta: mi testamento. El piso y todo para ella; para ti, la biblioteca, joya de mi difunto, llena de primeras ediciones y libros firmados por grandes.
¡Pero, Doña Virtudes! protesté, y ella me cortó con un gesto seco.
De eso nada en voz alta. A Carmen ni pío, pero a ti sí: tengo el corazón delicado, hijo. Hay que estar preparados.
No puede irse sola objeté molesto.
Nunca estoy sola, Gonzalo. Me dedicó una sonrisa que parecía doblar el tiempo. Y tu madre política vive en Alcalá. Tú, cuida de Carmen y verás crecer a Lucía. Eres buen chico, confiable. ¡Al fin y al cabo, para ti soy suegra al cuadrado! exclamó socarrona, palmada al hombro y carcajada contagiosa.
¿Seguro que no se queda algunos días más, ni una noche siquiera? pregunté lastimoso.
Su sonrisa agradecida fue la única respuesta. La despedimos la familia entera, hasta Leandro en brazos de Lucía parecía más mustio.
Virtudes, cómo no, metió los dedos en la boca y su silbido atrajo un taxi de la Castellana en pleno sueño.
Venga, yernito, llévame a la estación ordenó tras un repertorio de besos y abrazos.
El taxista la miraba como si fuese la Dama de Elche rediviva.
¿Qué le pasa? bufé yo. ¿Nunca vio a una noble señora a sus años?
La abuela, soltándose un rizo canoso y riente, chocó su mano con la mía, y el sueño se desvaneció con nuestro eco de palmas.







