¡Suegra al Cuadrado! —¡Vaya sorpresa! —exclamó Egor, topándose en el umbral con una abuela bajita y vivaracha, enfundada en vaqueros y luciendo una sonrisa pícara. Sus ojos chisporroteaban travesura entre párpados entornados. «La abuela de Irina, doña Valentina Petrovna—la reconoció—. Pero, ¿cómo es que ha venido sin avisar, ni una simple llamada?» —¡Hola, nieto! —saludó ella con la misma sonrisa—. ¿Me dejas pasar? —Sí, sí, claro —balbuceó Egor, dejándola entrar. Doña Valentina Petrovna arrastró a casa una maleta trolleada… —¡A mí el té bien fuerte! —ordenó, cuando Egor la agasajaba en la cocina—. Así que Iri está en el trabajo, Olguita en la guarde, ¿y tú qué haces de vago aquí? —Me han mandado de vacaciones forzosas por dos semanas —respondió Egor cabizbajo. Su ilusión de descanso empezaba a esfumarse. Lanzó una mirada esperanzadora a la visitante—: ¿Va a estar mucho tiempo con nosotros? —¡Has acertado! —respondió ella, destrozando sus esperanzas—. Para largo vengo. Egor suspiró. Apenas conocía a doña Valentina Petrovna. La había visto de pasada en la boda con Irina—ella vino de otra ciudad. Pero sí había oído hablar mucho de ella por parte de su suegro. Contaba historias en voz baja, mirando siempre alrededor asustado, dejando claro el respeto—casi tembloroso reverencial—que le tenía. —¡Lava los platos!—ordenó la abuela—. Y venga, prepárate, que te doy un tour de presentación por la ciudad. ¡Tú me acompañas! Egor no le discutió. El tono de doña Valentina le recordaba al del sargento mayor Prijodko de su época de la mili. Llevaba las de perder si se atrevía a replicar. —¡Quiero conocer la ribera del río! —ordenó doña Valentina. —¿Cómo se va más fácil? —Le cogió del brazo y echó a andar por la acera, curioseando por todas partes. —En taxi —respondió Egor encogiéndose de hombros. De repente, la abuela se llevó dos dedos a la boca y pegó un silbido tan estridente, que un taxi frenó en seco. —¡Pero, abuela! ¿A dónde va silbando? ¡Qué van a pensar de usted! —le replicaba Egor, ayudándola a acomodarse. —No piensan nada malo —rió la menuda y traviesa anciana—. Más bien pensarán que el maleducado eres tú. El taxista, al escucharles, estalló en carcajadas junto con doña Valentina y celebró el momento chocando la palma de Egor como si fueran leales camaradas. —Eres buen chaval, Egor, educado y formal, —le dijo su anciana pariente mientras paseaban junto al río—. Seguro que tu abuela es una dama señoril, pero yo de eso no sé. Mi marido, que en paz descanse, tardó años en acostumbrarse a mi carácter. Era un ratón de biblioteca y aparecí yo en su vida, ¡y menuda revolución! Hasta lo llevé a saltar en paracaídas. Sólo a volar en ala delta no se atrevió; eso nunca. Egor escuchaba boquiabierto las andanzas de doña Valentina, de las que Irina jamás le había hablado. Su abuela era, claramente, una mujer de vida intensa y carácter arrollador. De pronto, ella le preguntó con seriedad: —¿Tú has saltado en paracaídas alguna vez? —En la mili, catorce saltos —respondió Egor, con un punto de orgullo. —¡Olé tú! Te respeto —asintió doña Valentina, y se puso a tararear “Largo ha de ser nuestro vuelo, es un salto demorado…” Egor conocía la canción y enseguida se unió: “Nube de seda tan blanca, gaviota tras de mi espalda…” Y la música lo unió a esa abuela extraordinaria, perdiendo su timidez. —Hay que hacer una parada a tomar algo —propuso ella. —Echemos un ojo, que aquel chiringuito promete un buen pincho moruno… ¿no hueles ese aroma? El parrillero, un moreno de mediana edad, ensartaba la carne en las varillas con mirada feroz, como si el mismo gesto le sirviera tanto para trinchar un enemigo como para preparar la barbacoa. Era fácil imaginarse allí una fiesta de aire georgiano, con danzas salvajes y vítores. Sentados a la mesa, doña Valentina se arrancó con voz limpia: “¡Gamarjoba, ghenatsvale, sería genial cantar en una boda!” El parrillero se giró, sonriendo, y respondió cantando: “¡Cantar en una boda sería genial, ghenatsvale, gamarjoba!” —Disfruten, honorable dama —dijo el parrillero, presentando en la mesa los platos de pincho, pan de pita y verduras frescas y brindando con dos copas de tinto georgiano helado. Al oler la carne asada, de unos setos cercanos apareció un minino gris y despistado, que se acercó con ojitos ansiosos. —Tú eres lo que necesitábamos —se rió doña Valentina. —Ven aquí, pequeño. —Y pidiendo al parrillero, añadió—: ¡Un platito con carne fresca para nuestro nuevo amigo, picadita! Mientras el gato devoraba su banquete, la abuela le largó a Egor: —Tienen una niña chica; ¿cómo vais a educarla en la bondad y el cariño si no hay un gato en casa? ¡Este chiquitín es vuestra asignatura pendiente! Al volver, Valentina Petrovna bañó al rescatado y envió a Egor a comprarle todo lo necesario: arenero, cuencos, rascador y camita. Cuando Egor regresó con las bolsas, la casa era un jolgorio: Irina y Olya abrazaban y besaban a su abuela, y el gatito, ya bautizado como León, miraba fascinado las costumbres de su nueva familia. —Esto para ti, Olya: conjunto de verano con pantalón corto; y para ti, Irina… nada como unas braguitas de encaje para subirse la autoestima en casa… La siguiente semana, Olya no volvió a la guardería: cada mañana salía con su abuela a aventuras desconocidas. Por las tardes, la familia entera, con Irina y el pequeño León, salían a pasear juntos. —Tengo que hablar contigo, Egor —dijo doña Valentina una de esas noches, mostrándose seria por primera vez—. Mañana me marcho, ya es hora. Esto —le pasó una hoja en un forro de plástico— es mi testamento. Todo mi piso y las cosas, para Irina; para ti la biblioteca de mi marido, con auténticos tesoros… —¡Pero, Valentina Petrovna…! —protestó Egor, pero ella le cortó con un gesto: —A Irina no le he dicho nada, pero a ti sí: tengo un problema serio de corazón. Puede pasar cualquier cosa en cualquier momento, hay que estar preparados. —¡Pero, abuela, no puede quedarse sola! —protestó Egor—. Alguien tiene que cuidarla… —Siempre tengo a alguien cerca —sonrió ella—. Además, Irina, tu suegra, vive en la ciudad de al lado. Cuida tú de Irina y cría a Olya. Eres buen chico, de fiar. ¡Al final, soy tu suegra al cuadrado! —Le palmoteó el hombro, riendo a carcajadas. —¿No quiere quedarse aunque sea unos días más? —suplicó Egor con ternura. Doña Valentina sonrió y negó con la cabeza. La familia entera la acompañó a la despedida —hasta el gato León en brazos de Olya parecía triste. Doña Valentina se llevó los dedos, en aro, a la boca, y silbó con fuerza para parar un taxi. —¡Venga, yerno, llévame a la estación! —ordenó, besando a Irina y Olya antes de sentarse delante. El taxista contempló fascinado a la abuela que lo detuvo a silbidos. —¿Qué miras tanto? —gruñó Egor—. ¿Nunca viste a una mujer decente? La abuela menuda, con sus rizos grises, reía y chocaba la palma con Egor, celebrando su último adiós.

¡Vaya sueño extraño! exclamé yo, que no era otro que Gonzalo, viendo aparecer en el umbral a una abuela menuda, enjuta y riente, con vaqueros desgastados. En la comisura de su boca danzaba una sonrisa pícara y bajo los párpados entrecerrados chisporroteaba una mirada traviesa.

«La abuela de Carmen, Doña Virtudes Alonso… Claro que sí Pero, ¿cómo pudo llegar sin avisar, ni tan siquiera un mensaje?»

¡Hola, mi niño! dijo con ese mismo aire, casi flotando. ¿No me invitas a pasar, Gonzalito?

Por supuesto, pase, pase, Doña Virtudes contesté atropellando las palabras.

Arrastró tras de sí una maleta diminuta, de esas con ruedas que hacen eco en los sueños y en los pasillos. Me apresuré a servirle un té y, como en una coreografía absurda, ella ordenó:
Ponme el té bien fuerte. Carmen trabajando, Lucía en la guarde ¿Y tú? ¿Rascándote la barriga?

Me han dado vacaciones obligatorias resoplé, soñando aún con dos semanas de descanso. Por necesidades del servicio, dicen Pero miremos el lado bueno ¿Vendrá usted para mucho tiempo?

¡Ese Gonzalo siempre tan directo! rió con un brillo burlón. Para largo, hijo.

Suspiré como suspiran los que saben que todo descanso es espejismo. Apenas conocía a Doña Virtudes y lo poco que sabía era por mi suegro, Don Antolín, que al nombrarla casi susurraba y miraba sobre el hombro, despavorido y devoto.

Friega esos cacharros ordenó alzando la voz, que recordaba a mi sargento de reemplazo, Don Prieto. Y luego me enseñas el barrio, que quiero un paseo de reconocimiento. Yo mando el rumbo.

Aceptar era mejor que discutir; sólo a los necios les gusta discutir con los vientos imposibles de los sueños.

Me enseñarás la ribera del Manzanares decidió ella con aplomo. ¿Cómo se llega mejor?

En taxi dije, arrojando mis palabras a ese aire irreal.

De pronto, Virtudes se llevó unos dedos a los labios, silbó un silbido cortante y el primer taxi que pasaba chirrió y se detuvo.

¿Pero abuela, por qué silbar así? ¡Qué dirán las vecinas! rezongué mientras la ayudaba en el asiento del copiloto.

Dirán que tienes poca educación, Gonzalete respondió alegre mientras el taxista y ella, como antiguos compinches de sueños, chocaban palmas y se morían de risa.

Eres un chaval educado y noble, pero demasiado formal me explicó en la ribera, mientras los álamos se retorcían en formas fantasmagóricas. Tu abuela sería una dama de mantilla, pero yo no sé estarme quieta. Mi difunto marido, el abuelo de Carmen, que Dios lo guarde, era de esos tímidos ratones de biblioteca y entonces llegué yo. ¡Le traje al Guadarrama, a la alta montaña, le animé a lanzarse en paracaídas! Pero jamás conseguí que volase en ala delta: lo aterraba. Se quedaba abajo cuidando a mi hija mientras yo bailoteaba por el cielo.

Aquellas historias, tan llenas de imágenes estrafalarias, explicaban el carácter de la abuela Virtudes mejor que ningún relato de Carmen.

¿Y tú? ¿Has saltado en paracaídas?

En la mili, catorce saltos contesté sin ocultar el orgullo.

¡Eso está bien! asintió valorando. Hay que lanzarse a la vida.

Y de pronto, entonó una copla de aire militar:
Nos queda mucho por caer,
en este salto sin red…

Me uní sin pensar, como si aquel canto me arrastrase
Nube de seda ligera,
gaviota, vuela detrás

Cantamos juntos hasta derretir cualquier distancia, hasta que la ribera se disolvió en una nube de humo y carne asada.

Un pinchito y un respiro, que el hambre me está mordiendo los tobillos sugirió con un ojo guiñado. Mira esa barraca junto al río, ¿no huele como si asasen cordero celestial?

Un hombre moreno con bigote de bandolero ensartaba carne en un pincho, con ese talante mitad cocinero, mitad caballero andante en sueños. Parecía, más que asador, un duelista listo para retar a cuchillo a cualquier espectro hambriento.

Nos sentamos y, antes de que pudiera asimilarlo, Doña Virtudes se arrancó con un fandanguillo improvisado:
Buenas tardes tenga usted,
que en bodas todo se ve.

El asador, sorprendido y contagiado de la locura onírica, le siguió el palo, zapateando en el suelo polvoriento:
¡En bodas todo se canta,
tenga usted buena tarde!

Disfruten, amables señoras dijo, sirviendo tapitas de pincho moruno, pan y un ribera del Duero muy frío.

Atraído por el aroma, surgió de unos setos un gatito atigrado, que se acercó sigiloso y puso sus ojos como un par de aceitunas negras en los platos.

Tú sí que eres el invitado perfecto le sonrió Doña Virtudes. Acércate, mi niño. Gritó al asador: ¡Mozo, trae carnecita fresca para este amigo, trocitos pequeños!

Mientras el gato devoraba, Virtudes me sermoneaba:
Con una niña en casa y ningún gato ¿Cómo queréis que aprenda a cuidar, querer y tener el alma tierna? Este pequeño va a enseñaros mucho.

Terminada la comida y el paseo, la abuela bañó al hallazgo felino y a mí me mandó a por bandeja, cuenco y camita. Cuando retorné, la casa era algarabía de risas femeninas: Carmen y Lucía se enredaban a besos con la abuela, mientras el gato, ya bautizado como Leandro, observaba desde lo alto del sofá, desconcertado.

Este conjunto es para tí, Lucía repartía regalos como buena abuela. Y para ti, Carmen nada sube más la autoestima ante un marido que unas braguitas de encaje.

Durante una semana, Lucía no fue a la guarde. Cada mañana, Doña Virtudes la arrastraba en escapadas que acababan a media tarde, felices y rebozadas de anécdotas. Al volver, les esperábamos Leandro y yo. Por las noches se sumaba Carmen y todos paseábamos por las calles de Madrid, con el gato como una sombra diminuta entre hijos y nietas.

Hasta que una noche, la abuela se puso seria y me dijo:
Mañana me voy, ya es hora. Esto es para Carmen, se lo das cuando parta: mi testamento. El piso y todo para ella; para ti, la biblioteca, joya de mi difunto, llena de primeras ediciones y libros firmados por grandes.

¡Pero, Doña Virtudes! protesté, y ella me cortó con un gesto seco.
De eso nada en voz alta. A Carmen ni pío, pero a ti sí: tengo el corazón delicado, hijo. Hay que estar preparados.

No puede irse sola objeté molesto.

Nunca estoy sola, Gonzalo. Me dedicó una sonrisa que parecía doblar el tiempo. Y tu madre política vive en Alcalá. Tú, cuida de Carmen y verás crecer a Lucía. Eres buen chico, confiable. ¡Al fin y al cabo, para ti soy suegra al cuadrado! exclamó socarrona, palmada al hombro y carcajada contagiosa.

¿Seguro que no se queda algunos días más, ni una noche siquiera? pregunté lastimoso.

Su sonrisa agradecida fue la única respuesta. La despedimos la familia entera, hasta Leandro en brazos de Lucía parecía más mustio.

Virtudes, cómo no, metió los dedos en la boca y su silbido atrajo un taxi de la Castellana en pleno sueño.

Venga, yernito, llévame a la estación ordenó tras un repertorio de besos y abrazos.

El taxista la miraba como si fuese la Dama de Elche rediviva.
¿Qué le pasa? bufé yo. ¿Nunca vio a una noble señora a sus años?

La abuela, soltándose un rizo canoso y riente, chocó su mano con la mía, y el sueño se desvaneció con nuestro eco de palmas.

Rate article
MagistrUm
¡Suegra al Cuadrado! —¡Vaya sorpresa! —exclamó Egor, topándose en el umbral con una abuela bajita y vivaracha, enfundada en vaqueros y luciendo una sonrisa pícara. Sus ojos chisporroteaban travesura entre párpados entornados. «La abuela de Irina, doña Valentina Petrovna—la reconoció—. Pero, ¿cómo es que ha venido sin avisar, ni una simple llamada?» —¡Hola, nieto! —saludó ella con la misma sonrisa—. ¿Me dejas pasar? —Sí, sí, claro —balbuceó Egor, dejándola entrar. Doña Valentina Petrovna arrastró a casa una maleta trolleada… —¡A mí el té bien fuerte! —ordenó, cuando Egor la agasajaba en la cocina—. Así que Iri está en el trabajo, Olguita en la guarde, ¿y tú qué haces de vago aquí? —Me han mandado de vacaciones forzosas por dos semanas —respondió Egor cabizbajo. Su ilusión de descanso empezaba a esfumarse. Lanzó una mirada esperanzadora a la visitante—: ¿Va a estar mucho tiempo con nosotros? —¡Has acertado! —respondió ella, destrozando sus esperanzas—. Para largo vengo. Egor suspiró. Apenas conocía a doña Valentina Petrovna. La había visto de pasada en la boda con Irina—ella vino de otra ciudad. Pero sí había oído hablar mucho de ella por parte de su suegro. Contaba historias en voz baja, mirando siempre alrededor asustado, dejando claro el respeto—casi tembloroso reverencial—que le tenía. —¡Lava los platos!—ordenó la abuela—. Y venga, prepárate, que te doy un tour de presentación por la ciudad. ¡Tú me acompañas! Egor no le discutió. El tono de doña Valentina le recordaba al del sargento mayor Prijodko de su época de la mili. Llevaba las de perder si se atrevía a replicar. —¡Quiero conocer la ribera del río! —ordenó doña Valentina. —¿Cómo se va más fácil? —Le cogió del brazo y echó a andar por la acera, curioseando por todas partes. —En taxi —respondió Egor encogiéndose de hombros. De repente, la abuela se llevó dos dedos a la boca y pegó un silbido tan estridente, que un taxi frenó en seco. —¡Pero, abuela! ¿A dónde va silbando? ¡Qué van a pensar de usted! —le replicaba Egor, ayudándola a acomodarse. —No piensan nada malo —rió la menuda y traviesa anciana—. Más bien pensarán que el maleducado eres tú. El taxista, al escucharles, estalló en carcajadas junto con doña Valentina y celebró el momento chocando la palma de Egor como si fueran leales camaradas. —Eres buen chaval, Egor, educado y formal, —le dijo su anciana pariente mientras paseaban junto al río—. Seguro que tu abuela es una dama señoril, pero yo de eso no sé. Mi marido, que en paz descanse, tardó años en acostumbrarse a mi carácter. Era un ratón de biblioteca y aparecí yo en su vida, ¡y menuda revolución! Hasta lo llevé a saltar en paracaídas. Sólo a volar en ala delta no se atrevió; eso nunca. Egor escuchaba boquiabierto las andanzas de doña Valentina, de las que Irina jamás le había hablado. Su abuela era, claramente, una mujer de vida intensa y carácter arrollador. De pronto, ella le preguntó con seriedad: —¿Tú has saltado en paracaídas alguna vez? —En la mili, catorce saltos —respondió Egor, con un punto de orgullo. —¡Olé tú! Te respeto —asintió doña Valentina, y se puso a tararear “Largo ha de ser nuestro vuelo, es un salto demorado…” Egor conocía la canción y enseguida se unió: “Nube de seda tan blanca, gaviota tras de mi espalda…” Y la música lo unió a esa abuela extraordinaria, perdiendo su timidez. —Hay que hacer una parada a tomar algo —propuso ella. —Echemos un ojo, que aquel chiringuito promete un buen pincho moruno… ¿no hueles ese aroma? El parrillero, un moreno de mediana edad, ensartaba la carne en las varillas con mirada feroz, como si el mismo gesto le sirviera tanto para trinchar un enemigo como para preparar la barbacoa. Era fácil imaginarse allí una fiesta de aire georgiano, con danzas salvajes y vítores. Sentados a la mesa, doña Valentina se arrancó con voz limpia: “¡Gamarjoba, ghenatsvale, sería genial cantar en una boda!” El parrillero se giró, sonriendo, y respondió cantando: “¡Cantar en una boda sería genial, ghenatsvale, gamarjoba!” —Disfruten, honorable dama —dijo el parrillero, presentando en la mesa los platos de pincho, pan de pita y verduras frescas y brindando con dos copas de tinto georgiano helado. Al oler la carne asada, de unos setos cercanos apareció un minino gris y despistado, que se acercó con ojitos ansiosos. —Tú eres lo que necesitábamos —se rió doña Valentina. —Ven aquí, pequeño. —Y pidiendo al parrillero, añadió—: ¡Un platito con carne fresca para nuestro nuevo amigo, picadita! Mientras el gato devoraba su banquete, la abuela le largó a Egor: —Tienen una niña chica; ¿cómo vais a educarla en la bondad y el cariño si no hay un gato en casa? ¡Este chiquitín es vuestra asignatura pendiente! Al volver, Valentina Petrovna bañó al rescatado y envió a Egor a comprarle todo lo necesario: arenero, cuencos, rascador y camita. Cuando Egor regresó con las bolsas, la casa era un jolgorio: Irina y Olya abrazaban y besaban a su abuela, y el gatito, ya bautizado como León, miraba fascinado las costumbres de su nueva familia. —Esto para ti, Olya: conjunto de verano con pantalón corto; y para ti, Irina… nada como unas braguitas de encaje para subirse la autoestima en casa… La siguiente semana, Olya no volvió a la guardería: cada mañana salía con su abuela a aventuras desconocidas. Por las tardes, la familia entera, con Irina y el pequeño León, salían a pasear juntos. —Tengo que hablar contigo, Egor —dijo doña Valentina una de esas noches, mostrándose seria por primera vez—. Mañana me marcho, ya es hora. Esto —le pasó una hoja en un forro de plástico— es mi testamento. Todo mi piso y las cosas, para Irina; para ti la biblioteca de mi marido, con auténticos tesoros… —¡Pero, Valentina Petrovna…! —protestó Egor, pero ella le cortó con un gesto: —A Irina no le he dicho nada, pero a ti sí: tengo un problema serio de corazón. Puede pasar cualquier cosa en cualquier momento, hay que estar preparados. —¡Pero, abuela, no puede quedarse sola! —protestó Egor—. Alguien tiene que cuidarla… —Siempre tengo a alguien cerca —sonrió ella—. Además, Irina, tu suegra, vive en la ciudad de al lado. Cuida tú de Irina y cría a Olya. Eres buen chico, de fiar. ¡Al final, soy tu suegra al cuadrado! —Le palmoteó el hombro, riendo a carcajadas. —¿No quiere quedarse aunque sea unos días más? —suplicó Egor con ternura. Doña Valentina sonrió y negó con la cabeza. La familia entera la acompañó a la despedida —hasta el gato León en brazos de Olya parecía triste. Doña Valentina se llevó los dedos, en aro, a la boca, y silbó con fuerza para parar un taxi. —¡Venga, yerno, llévame a la estación! —ordenó, besando a Irina y Olya antes de sentarse delante. El taxista contempló fascinado a la abuela que lo detuvo a silbidos. —¿Qué miras tanto? —gruñó Egor—. ¿Nunca viste a una mujer decente? La abuela menuda, con sus rizos grises, reía y chocaba la palma con Egor, celebrando su último adiós.