**El Padre la Obligó a Casarse con un Mendigo Porque Era Ciega Lo que Pasó Después Dejó a Todos Sin Palabra**
El padre de Lucía la obligó a casarse con un hombre que parecía un mendigo, solo porque había nacido ciega. Pero lo que sucedió después dejó a todo el pueblo boquiabierto.
Lucía nunca había visto la luz del día, ni el cielo azul ni los rostros de quienes la rodeaban. Sin embargo, aunque no podía ver, sentía la dureza del mundo en cada respiro. La vida nunca había sido amable con ella.
Había nacido en una familia que adoraba la belleza por encima de todo. Sus dos hermanas recibían elogios constantes por sus ojos hechiceros, su piel perfecta y sus figuras esbeltas. Los invitados venían a admirarlas, los vecinos cotilleaban sobre ellas con envidia, y hasta los desconocidos se paraban a contemplar su encanto.
Pero Lucía era diferente. Era ciega de nacimiento. Para su padre, no era una hija a la que amar, sino una carga, una vergüenza que esconder. Mientras sus hermanas eran exhibidas como trofeos, a ella la guardaban tras puertas cerradas, como si fuera un secreto del que avergonzarse.
Cuando su madre falleció de una enfermedad, siendo Lucía tan solo una niña de cinco años, todo empeoró. Su padre, antes severo pero equilibrado, se transformó por completo. Su dolor se convirtió en amargura, y esa amargura, en crueldad. Y, por razones que Lucía nunca entendió, la mayor parte de esa crueldad iba dirigida a ella.
Nunca pronunciaba su nombre. En su lugar, la llamaba “esa cosa”. No le permitía sentarse a la mesa cuando venían familiares. Si llegaban visitas, la encerraba en su habitación, convencido de que su mera presencia era una maldición.
Los años pasaron así. Lucía se convirtió en una joven de voz dulce y corazón bondadoso, pero su padre solo se volvió más frío. El día que cumplió veintiún años, en lugar de ofrecerle un gesto de cariño o esperanza por su futuro, tomó la decisión más cruel de su vida.
**La Boda**
Una mañana, su padre entró en su pequeña habitación, donde ella estaba sentada, recorriendo con los dedos las páginas de un libro en braille que adoraba. Le lanzó un trozo de tela al regazo.
Te casas mañana dijo con voz plana, sin emoción.
Lucía se quedó helada, los dedos aferrados a la tela. Las palabras no tenían sentido. ¿Casarse? ¿Con quién? Casi sin aliento, susurró:
¿Con quién?
Con un mendigo de la iglesia respondió su padre con frialdad. Tú eres ciega. Él es pobre. Os hacéis buena pareja.
Sus labios temblaron. Quería gritar, suplicar, rebelarse pero no le salió la voz. Sabía, en el fondo, que la palabra de su padre era ley. Nunca le había dado opciones, y esta vez no sería diferente.
Al día siguiente, la llevaron a una ceremonia apresurada. Nunca vio el rostro del hombre, y nadie se molestó en describírselo. Su padre la agarró del brazo y la empujó hacia adelante.
Cógelo del brazo ordenó.
Ella obedeció, como un fantasma en su propio cuerpo.
A su alrededor, los murmullos y risas no cesaban. “La chica ciega y el mendigo”, cuchicheaban, burlándose de su desgracia.
Tras los votos, su padre le metió en las manos una bolsa con ropa.
Ahora es tu problema le espetó al hombre.
Y se marchó sin volverse ni una vez.
**La Chabola**
El hombre se llamaba Javier. Caminó en silencio mucho rato mientras la guiaba por un polvoriento camino. Sus pasos eran firmes, pero su mutismo le pesaba a Lucía.
Finalmente, llegaron a una humilde chabola en las afueras del pueblo. Las paredes se inclinaban, el techo amenazaba con desplomarse, y el olor a tierra húmeda y humo impregnaba el aire.
No es mucho dijo Javier con suavidad, pero aquí estarás a salvo.
Lucía se sentó en un viejo jergón, conteniendo las lágrimas. ¿Era esta su vida ahora? Una chica ciega, atrapada en una chabola, ligada a un mendigo al que apenas conocía.
Pero entonces sucedió algo inesperado.
**La Primera Noche**
Esa noche, Javier preparó un té con movimientos cuidadosos. Le colocó su propia chaqueta sobre los hombros para que no tuviera frío. A la hora de dormir, no la obligó a compartir el jergón. En su lugar, se acostó junto a la puerta, como un guardián velando por su reina.
Su voz era tranquila y amable. Le preguntó por sus cuentos favoritos, por sus sueños, por las pequeñas cosas que la hacían sonreír.
Nadie le había hecho nunca esas preguntas.
Por primera vez en años, Lucía sintió que algo se removía en su corazón.
**Semanas de Bondad**
Los días se convirtieron en semanas. Javier comenzó a llevarla cada mañana al río, describiéndole el mundo con tanta belleza que Lucía casi podía imaginarlo.
El sol está saliendo le decía. Es dorado, derramándose sobre el agua como miel derretida.
Hay pájaros en los árboles continuaba. Sus alas parecen pinceladas, brillando en rojo y azul mientras saltan entre las ramas.
A través de sus palabras, Lucía sentía que podía ver.
Le cantaba mientras ella lavaba la ropa, y por las noches, le contaba historias de estrellas, galaxias y tierras lejanas. Poco a poco, la risa volvió a sus labios. Poco a poco, comenzó a sentirse viva de nuevo.
Y una tarde, bajo la tenue luz del fuego, Lucía se dio cuenta de algo que la dejó sin aliento: se había enamorado del hombre al que todos habían ridiculizado como un mendigo.
**La Pregunta**
Una tarde, le cogió la mano y susurró:
Javier ¿siempre has sido un mendigo?
Él guardó silencio un largo momento. Luego respondió en voz baja:
No siempre fui así.
Eso fue todo lo que dijo. Y aunque ella quería saber más, no insistió.
Hasta que llegó el día.
**El Encuentro**
Lucía decidió ir sola al mercado. Javier le había dado instrucciones precisas, y las había memorizado. Pero a mitad de camino, alguien le agarró el brazo con rudeza.
¡Rata ciega! escupió una voz cruel.
Era su hermana, Ana.
Vaya, vaya se burló Ana. ¿Sigues viva? ¿Jugando a ser la esposa de un mendigo?
El corazón de Lucía se encogió, pero mantuvo la cabeza alta.
Soy feliz dijo con firmeza.
Ana soltó una risa amarga.
¿Feliz? ¡Ni siquiera sabes cómo es! Es basura. Igual que tú.
Luego, se inclinó y susurró unas palabras que le partieron el alma:
No es un mendigo. Te han mentido.
**La Verdad**
Lucía llegó tambaleándose a casa, con la mente dando vueltas. Esa noche, cuando Javier regresó, no pudo seguir callada.
Dime la verdad exigió. ¿Quién eres realmente?
Javier se arrodilló ante ella, tomando sus manos temblorosas. Su voz también tembló.
No quería que lo supieras aún. Pero no puedo seguir mintiendo.
Respiró hondo.
No soy un mendigo. Soy el hijo del Conde.
El mundo de Lucía se desmoronó. Su amabilidad, sus historias, su manera de moverse todo cobró sentido.






