Su padre la casó con un mendigo porque nació ciega, pero lo que ocurrió después dejó a todos boquiabiertos.

Su padre la casó con la condición de que se casara con un mendigo porque había nacido ciega, pero lo que siguió dejó a todos con la boca abierta.

Cayetana nunca había visto el mundo, pero lo sentía en cada respiración. Nacida sin vista en una familia que, en silencio, valoraba mucho la apariencia, a menudo se sentía como una pieza fuera de lugar en un rompecabezas perfecto. Sus dos hermanas, Isabel y María, eran admiradas por su belleza radiante y su elegancia impecable. Los invitados se maravillaban del brillo de sus ojos y su porte, mientras Cayetana permanecía en la sombra, apenas notada.

Su madre fue la única que le mostró calor. Pero cuando falleció, dejando a Cayetana con cinco años, la casa cambió. Su padre, antes de palabras dulces, se volvió frío y distante. Ya no la llamaba por su nombre; la designaba con un tono vago, como si reconocerla fuera ya una molestia.

Cayetana no compartía las comidas familiares. Vivía en una pequeña habitación trasera, donde aprendió a moverse por el tacto y el sonido. Los libros en braille se convirtieron en su escape. Pasaba horas siguiendo con los dedos los relieves que relataban historias más allá de su universo. Su imaginación se volvió su compañera más fiel.

El día de sus veintiún años, en lugar de una fiesta, su padre entró en la habitación con un trozo de tela doblado en las manos y, con voz seca, anunció: «Mañana te casas».

Cayetana se quedó paralizada. «¿Con quién?», preguntó en voz baja.

«Con un hombre que duerme delante de la iglesia del pueblo», respondió su padre. —«Eres ciega, es pobre, es un regalo».

No tuvo voz para el capítulo. A la mañana siguiente, en una ceremonia apresurada y sin emoción, Cayetana fue entregada en matrimonio. Nadie le describió al esposo. Su padre solo la empujó hacia adelante diciendo: «Ahora es tuyo».

Su nuevo marido, Hugo, la condujo a una humilde carreta. Viajaron en silencio durante mucho tiempo, hasta llegar a una pequeña cabaña junto al río, lejos del bullicio del pueblo.

—«No es gran cosa», dijo Hugo al ayudarla a bajar. —«Pero es seguro, y aquí siempre te tratarán los respetuosamente».

La cabaña, de madera y piedra, era sencilla, pero resultaba más acogedora que cualquier habitación que Cayetana hubiera conocido. Esa primera noche, Hugo le preparó té, le ofreció su manta y se instaló a dormir cerca de la puerta. Nunca alzó la voz ni se quejó. Se sentó, la miró y preguntó: «¿Qué cuentos te gustan?»

Ella parpadeó. Nadie le había hecho jamás esa pregunta. —«¿Qué platos te hacen feliz? ¿Qué sonidos te sacan una sonrisa?»

Día tras día, Cayetana sintió renacer la vida dentro de ella. Cada mañana, Hugo la llevaba a la ribera y describía el amanecer con palabras poéticas. «El cielo se sonroja», decía una vez, «como si acabara de recibir un secreto».

Pintaba con la voz el canto de los pájaros, el crujido de los árboles, el perfume de las flores silvestres que brotaban alrededor. Y, sobre todo, la escuchaba. De verdad. En esa humilde casa, en medio de la sencillez, Cayetana descubrió una alegría que nunca había conocido y que nunca imaginó.

Empezó a reír de nuevo. Su corazón, antes cerrado, se iba abriendo poco a poco. Hugo tarareaba sus melodías favoritas, le relataba historias de tierras lejanas o simplemente permanecía en silencio, con la mano entrelazada con la suya.

Una tarde, sentados bajo un viejo árbol, Cayetana preguntó: «Hugo, ¿siempre has sido mendigo?»

Él guardó silencio un instante y respondió: —«No. Elegí esta vida por una razón».

No dijo más, y Cayetana no insistió. Pero la curiosidad germinó en su mente.

Unas semanas después, Cayetana se aventuró sola al mercado del pueblo. Hugo la había llevado allí, guiándola paso a paso. Se desplazaba con una confianza tranquila cuando una voz la sorprendió: —«¿La chica ciega otra vez jugando a la ama de casa con ese mendigo?»

Era su hermana María.

Cayetana se enderezó. —«Soy feliz», contestó.

María se rió burlona. —«Ni siquiera es mendigo. No sabes nada, ¿verdad?»

De vuelta en la caba, aún perturbada, Cayetana esperó a Hugo. Cuando él entró, le preguntó con tono calmado pero firme: —«¿Quién eres realmente?»

Hugo se arrodilló junto a ella, tomando sus manos. —«No quería que lo supieras así. Pero te mereces la verdad».

Respiró hondo. —«Soy hijo del gobernador provincial».

Cayetana se quedó paralizada. —«¿Qué?»

—«Abandoné ese mundo porque cansado de que solo vean mi título. Quise que me quisieran por lo que soy. Cuando escuché de una chica ciega rechazada por todos, supe que debía encontrarte. Vine disfrazado, esperando que me aceptaras sin el peso de la riqueza».

Cayetana guardó silencio, repasando cada gesto amable que Hugo le había ofrecido. —«¿Y ahora?», inquirió.

—«Ahora vuelves conmigo. A la hacienda. Como mi esposa».

Al día siguiente llegó un carruaje. Los criados se inclinaron al pasar. Cayetana, tomando la mano de Hugo, sintió una mezcla de temor y asombro.

En la gran mansión, familia y empleados se reunieron curiosos. La esposa del gobernador se adelantó. Hugo proclamó: —«Esta es mi mujer. Me vio cuando nadie más veía quién era. Es más auténtica que cualquiera».

La señora la miró, luego la abrazó suavemente. —«Bienvenida a casa, hija mía».

Durante las semanas siguientes, Cayetana aprendió los usos de la vida en la hacienda. Montó una biblioteca para ciegos y organizó exposiciones de artistas y artesanos con discapacidad. Se convirtió en un símbolo querido, encarnando fuerza y bondad.

No todo fue recibimiento cordial. Se susurraba: «Es ciega, ¿cómo puede representarnos?». Hugo oyó los murmullos.

En una recepción oficial, se puso en pie ante la asamblea: —«No aceptaré mi cargo si mi mujer no es plenamente honrada. Si ella no es aceptada, me iré con ella».

Un silencio atónito llenó la sala. Entonces la esposa del gobernador tomó la palabra: —«Que quede claro que Elena (Cayetana) pertenece a esta casa. Menospreciarla es menospreciar a nuestra familia».

Un largo instante de silencio precedió a un estruendo la sala de aplausos.

Esa noche, Cayetana estaba en el balcón de su habitación, escuchando el viento llevar la música a través de la hacienda. Antes vivía en silencio. Hoy era una voz que todos escuchaban.

Y aunque no ve estrellas, sentía su luz en el corazón, un corazón que había encontrado su sitio. Había vivido en la sombra, pero ahora brillaba.

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Su padre la casó con un mendigo porque nació ciega, pero lo que ocurrió después dejó a todos boquiabiertos.