Su hijo le llamó y le contó que su esposa le había dejado estando enfermo; ella se fue de fiesta a una discoteca con sus amigas

Cuántas veces le advertí que no debía casarse con ella. Justo antes de la boda, le supliqué, de verdad, que no lo hiciera. Pero, ¿acaso me escuchó? Estaba enamorado. Y ahora, tiene lo que tiene.

Hace unos días, mi hijo me llamó desde Madrid. Reconocí en seguida, por su voz apagada, que estaba enfermo. No hay madre a la que se le escape el sufrimiento de un hijo. Me rogó que fuera a su casa. Me contó que su esposa, sabiendo que estaba indispuesto, hizo su maleta y se marchó con sus amigas, dejándole solo, sin nadie que le preparase ni una infusión ni un caldo.

Ni siquiera le respondía a las llamadas. Aunque ya era tarde y la noche en la ciudad parecía de tela y vino, corrí a verle. De camino me detuve en una farmacia de la Gran Vía y compré algunos medicamentos, preguntándome cómo podía ella dejarle de esa manera. Debía de haber sido imprescindible ir a ver a sus amigas y dejar solo al marido enfermo.

Cuando llegué, mi hijo estaba pálido y febril. Pensé en llamar a una ambulancia, pero él me pidió que aguardara. Tenía la mirada nublada y el cuerpo erizado como los álamos del Retiro en invierno. En el piso no había nada: ni comida ni remedios, tan solo las pastillas de dieta de ella y el eco helado de un frigorífico vacío.

Preparé una manzanilla y luego salí bajo la lluvia a la tienda de la esquina a por pollo y verduras, porque necesitaba un buen caldo, como los de mi abuela en Burgos. Solo tras descansar y comer algo templado comenzó a mejorar, y la fiebre fue cediendo.

La “bella” esposa apareció en casa a las tres de la mañana oliendo a licor barato y perfume fuerte, con los tacones haciendo eco en el pasillo como si fuera un desfile estrafalario. Había disfrutado, de eso no había duda. Ni siquiera me miró al hablarle de las medicinas, como si mis palabras fueran humo en la niebla. Por respeto al frágil estado de mi hijo no monté un drama, pero él estuvo a punto de perder la paciencia como si en ese instante todos los relojes de la Puerta del Sol se detuvieran y el tiempo colapsara en un suspiro.

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Su hijo le llamó y le contó que su esposa le había dejado estando enfermo; ella se fue de fiesta a una discoteca con sus amigas