Su amiga olvidó colgar el teléfono tras la llamada, y Marina se enteró de muchas cosas sobre su familia
Después de que escuché esta historia de mi amiga, tanto yo como mi marido cambiamos mucho la forma en la que nos relacionábamos con la gente. Empezamos a pasar menos tiempo con los amigos y compartir menos detalles íntimos de nuestra vida. No dejamos de confiar en ellos, mantenemos relación, pero dejamos de permitir que cualquiera accediera a nuestro mundo personal. Todo sucedió por culpa de un desagradable incidente que vivió mi amiga Clara y su marido.
Clara y su marido Gabriel tenían una amistad de años con otra pareja, Pablo y Lucía. Los maridos trabajaban juntos en una empresa de Madrid y Clara y Lucía estudiaron filología juntas en la universidad Complutense. Después, Lucía se casó y, al año, tuvo a su primer hijo. Fue entonces cuando presentó a Clara a uno de los compañeros de su marido, y de ahí nació otra pareja.
Pero pronto el marido de Lucía dejó el puesto para buscar un empleo mejor remunerado. Lucía también consiguió un buen trabajo. El contacto entre ambas familias se fue enfriando. Clara empezó a enlazar bajas laborales porque tuvo más hijos seguidos y a los jefes no les pareció bien tanta ausencia, así que finalmente la despidieron, alegando cualquier excusa.
Gabriel, su marido, tuvo que esforzarse por sacar adelante a su familia: cuatro hijos y su esposa. No vivían en la abundancia, pero tampoco pasaban apuros. Lograron comprarse una casa amplia a las afueras de Toledo y siempre fueron muy responsables con sus obligaciones en casa. Poco a poco, sus ingresos se equilibraron, pero nunca llegaron a tener mucho dinero.
Por otro lado, Pablo y Lucía no tenían hijos y preferían centrarse en sus carreras. Se iban de viaje cuando les apetecía y vivían conforme a sus gustos.
Un día, a Pablo y Lucía se les ocurrió invitar a sus amigos Clara y Gabriel a su casa de campo en la Sierra de Guadarrama. Pensaron que sería el plan perfecto para desconectar del bullicio madrileño: barbacoa, baños en el río, paseos por el bosque. Además, el buen tiempo acompañaba. Lucía llamó a Clara para hacerle la propuesta. Clara se mostró muy ilusionada, pero comentó que primero lo hablaría con Gabriel y luego confirmaría. Cuando Lucía colgó, no se percató de que realmente no había terminado la llamada y el móvil quedó sobre la mesa.
Así, Clara acabó oyendo una conversación que les dejó a ella y a Gabriel boquiabiertos. Lucía y Pablo se pusieron a criticar: decían que Clara y su familia no tenían ni idea de la vida, que, por tener cuatro hijos, vivían siempre justos y que su casa era poco más que una chabola. Comentaban en tono malicioso que los niños eran maleducados y que era absurdo tener tantos hijos. Incluso soltaron que la mitad deberían estar en un orfanato. Dijeron que Clara era una plasta porque solo hablaba de niños. De Gabriel comentaron que era un tipo desagradable y que con él no se podía ni dialogar.
En ese momento, la llamada se cortó. Clara y Gabriel se quedaron helados. Por un instante pensaron en ir a la casa de Pablo y Lucía a decirles cuatro cosas a la cara. Pero, justo entonces, Pablo llamó por teléfono y dijo que irían ese fin de semana a visitarlos. Gabriel, muy frío, les confirmó la invitación y colgó.
La pareja habló sobre la situación y decidió no hacer nada hasta que llegaran los invitados. Cuando estos aparecieron, trajeron unos dulces baratos y algunas conservas para la ocasión. Al poco, Pablo se dirigió a Gabriel con burla:
¿Pero qué sueldo tan bajo tenéis que ni siquiera sois capaces de comprar cosas decentes? Bueno, tranquilos, os pondremos una mesa estupenda, ya veréis. Ahora comed y luego nos ayudáis, que hay trabajo por hacer dijo entre risas.
Gabriel y Clara no daban crédito y ya no sabían cómo reaccionar. A ello se sumó Lucía, preguntando con aire de desprecio:
¿Por qué aún no tenéis hijos?
De momento no queremos, aún hay tiempo para eso respondió Clara.
Pues ya lo veo claro. Solo la gente bruta tiene hijos, la gente lista vive para sí misma soltó Lucía.
A esas palabras, Gabriel y Clara se miraron atónitos. Era obvio que sabían de todo por la conversación accidental, aunque ellos no supieran cómo. Los amigos alegaron alguna excusa y se marcharon enseguida.
¿Qué opináis de todo esto? ¿Creéis que Clara y Gabriel hicieron bien? ¿Deberían haber sido más amables con quienes les despreciaron, o debieron plantarles cara? ¿Qué habrías hecho?
Para nosotros, ahora queda claro: abrir la puerta de la vida a otros es darles poder. A veces hay que observar primero de quién se trata antes de compartir nuestro refugio. Las palabras que decimos delatan lo que somos. Mejor rodearse de quienes eligen construir, no destruir.







