Su amiga se olvidó de colgar después de la llamada, y Lucía descubrió muchas cosas sobre su familia.
Después de que escuché esa historia que me contó Lucía, mi perspectiva hacia la gente dio un giro inesperado, al igual que la de mi esposo. Empezamos a pasar menos tiempo con nuestros amigos y compartíamos muy poco sobre nuestra vida personal. No es que hayamos perdido la confianza del todo, seguimos llevándonos bien, pero decidimos no abrirles la puerta de nuestra intimidad a nadie. Y todo se debió a una anécdota incómoda que vivieron Lucía y su marido.
Ellos tenían unos amigos íntimos desde hacía años. Los maridos eran compañeros en una empresa de construcción en Valladolid y las mujeres estudiaron juntas filología hispánica en la Universidad Complutense. Al poco tiempo, la amiga de Lucía se casó con un ingeniero de caminos y al año nació su hija, Carmen. Un día, presentaron a Lucía a otro amigo del marido y comenzaron a salir.
Más tarde, el marido de la amiga dejó el trabajo y encontró uno mejor remunerado. Ella también empezó a trabajar en una gestoría, con buen sueldo. Con todo, la relación entre ambas parejas se fue enfriando. Lucía comenzó a encadenar bajas laborales porque, entre otros motivos, tuvo mellizos seguidos, y a sus jefes no les sentó bien; acabaron despidiéndola con una excusa cualquiera.
El marido tuvo que multiplicarse trabajando para mantener el nivel de vida de su familia numerosa, su mujer y sus cuatro hijos. A pesar de todo, no les iba mal: compraron una casa adosada a las afueras de Segovia, la cuidaban con esmero y, aunque no se volvieron ricos, vivían con dignidad.
Los otros, en cambio, habían renunciado a tener hijos, se enfocaron en sus carreras y se iban de escapada a la costa cada vez que podían. Vivían a su ritmo, independientes.
Una tarde, la pareja decidió invitar a sus viejos amigos a su casa del pueblo, en la sierra de Gredos. Pensaron que sería una escapada perfecta: parrillada en el jardín, chapuzón en el río Tormes cercano, paseos entre los castaños. El buen tiempo lo pedía. Lucía llamó emocionada a su amiga para invitarla. Su amiga se alegró, pero le dijo que primero consultaría con su marido y después confirmaría. Sin darse cuenta, Lucía dejó el móvil sobre la mesa, aún en línea.
Fue entonces cuando escuchó cosas sorprendentes sobre ella y su familia, frases que daban vueltas como hojas que no encuentran suelo.
Descubrió que sus supuestos amigos los consideraban unos paletos ignorantes, incapaces de sobrevivir más allá de la nómina. Según ellos, con tantos hijos apenas llegaban a fin de mes. Su casa era una ruina vergonzosa donde nadie debería entrar. Los niños estaban fatal criados y, para colmo, deberían haber dado la mitad en adopción. Ella era aburrida, solo hablaba de bebés.
Decían que el marido era un borde insoportable, ni conversación se le sacaba. En ese instante, la llamada se cortó. Lucía y su esposo se quedaron clavados en el sofá, mudos de asombro y rabia apenas contenida. La tentación de llamarles y echarles en cara toda la verdad era enorme. Pero, justo entonces, sonó el móvil: era el marido de la amiga, confirmando que el fin de semana irían a su casa rural; el marido de Lucía respondió con un seco vale, aquí os esperamos, y colgó.
Después de hablarlo entre ellos, decidieron esperar la llegada de los invitados. Vinieron llevando unas conservas de supermercado barato y unos dulces para los críos sacados de una tienda de chinos. El marido de Lucía, sin filtro, soltó:
¿Qué pasa, que cobráis tan poco que ni siquiera podéis traer algo decente? Bueno, no importa, aquí vas a comer como Dios manda. Disfruta, que luego nos ayudas, hay faena para rato.
La otra pareja se miró, confusa y herida, sin comprender el veneno de las palabras. Entonces intervino la mujer:
¿Y vosotros, por qué seguís sin niños?
De momento no queremos; ya habrá tiempo respondió la amiga de Lucía.
Ya me imaginaba yo. Solo los brutos traen críos al mundo. Los listos sabemos vivir para nosotros mismos replicó Lucía, con voz quebradiza, pero directa.
Quedaron petrificados. Sabían que algo raro pasaba, pero ignoraban el origen. Aquellos amigos buscaron pronto una excusa para marcharse.
¿Qué opinas de esta situación, perdida entre palabras que caen como granizo? ¿Crees que la pareja actuó bien? ¿Habría sido mejor mostrar cortesía o sacar la verdad a la luz, como una tormenta de verano? ¿Tú qué harías si este sueño amargo tuviese tu nombre?







