Soy la dueña aquí: por qué me cansé de las visitas de mi suegra

**Diario de una nuerra agotada**

Cada visita de mi suegra es como un temporal que deja la casa patas arriba y a mí sin aliento durante días. No exagero. Es una mujer convencida de que solo su opinión vale y sus métodos son los correctos. Cada vez que viene, nuestra casa se convierte en un campo de batalla, y lo peor es que espera que le dé las gracias por ello.

Vivo con mi marido, Álvaro, en un piso que heredé de mi abuela. Era viejo y necesitaba reformas, pero le pusimos cariño: cambiamos ventanas, pintamos, compramos muebles nuevos. Justo cuando empezaba a sentirse acogedor, como a nosotros nos gustaba… llegó ella.

Intentamos disuadirla: «Todavía hay obras, polvo, no es buen momento». Pero se subió al AVE sin avisar. Y el primer día ya armó el lío. Fue a una tienda, compró —Dios mío— un papel pintado con rosas gigantes, como de los ochenta, y lo pegó sin preguntar en el salón. ¡Y nosotros ni siquiera habíamos planeado hacer nada ahí! Queríamos terminar el baño primero. Pero ella decidió por su cuenta.

Al volver del trabajo, me quedé sin palabras. Álvaro pasó la noche calmándome. A la mañana siguiente, ella, como si nada, me acusó de desagradecida: «Me he esforzado y tú pones mala cara». Se fue ofendida. Álvaro terminó arreglando todo y hasta cambió el papel en la tienda.

Pensé que aprendería, pero no. Cuando terminamos la reforma, volvió. Esta vez le molestó cómo teníamos la ropa. Vació nuestro armario al suelo para «organizarlo bien». Cuando llegó a mi ropa interior, me faltaron palabras:

—Las prendas de encaje son vulgares. Algodón, sin discusiones.

Me moría de ganas de decirle: «¿Quieres comprármelas tú? Que sean tan grandes que me pierda dentro». Pero aguanté. Y cuando se fue, lo reorganicé todo. Le pedí a Álvaro que hablara con ella, pero de poco sirvió.

Las visitas siguientes fueron igual: las toallas «mal colocadas», los pañales «son pura química» (una vez los tiró a la basura). Por suerte, Álvaro la apartó antes de que estallara.

No la odio. A distancia es encantadora: ayuda, da buenos consejos. Pero cuando entra por la puerta, mi paciencia se agota. Me siento una intrusa en mi propia casa.

Las palabras no funcionan. Ni su propio hijo la frena. Cree que soy mala ama de casa porque no friego como ella o no ordeno las toallas por colores. Estoy harta. No quiero pelearme, pero tampoco soporto más esta invasión.

¿Qué hago? ¿Cómo le hago entender que esto es nuestro hogar, no el suyo? ¿Cómo pongo límites sin romper la relación? La verdad, no lo sé…

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