Sorpresa ardiente: cómo casi incendié la casa para el Día de la Mujer

*Sorpresa con chispa: cómo Pepe casi quema la casa por el Día de la Mujer*

El apocalipsis en el piso de Carmencita comenzó antes de que ella pusiera un pie dentro. El portal olía a humo, las escaleras eran un tobogán de agua jabonosa, y el ambiente estaba tan tenso que hasta el aire parecía susurrarle: “Vete, niña, vete”. Pero Carmencita, mujer de armas tomar y directora de una gran empresa, no era de las que se achican.

Al abrir la puerta, dejó el ramo de flores del banquete corporativo en la mesita, se quitó los zapatos con la elegancia de quien arroja los problemas a la basura y se calzó las zapatillas de estar por casa. Aunque, viendo el lago que tenía por salón, quizá hubiera necesitado botas de agua. Dentro, algo burbujeaba, humeaba y crujía. Y en un rincón, el gato aullaba como un alma en pena.

—¡Pepe! ¿Pero qué demonios está pasando aquí? —rugió, abriéndose paso entre el vapor y el olor a grasa quemada.

Su marido apareció desde las profundidades del caos. En calzoncillos, descalzo, la cara llena de rasguños y hollín, un ojo morado y la cabeza envuelta en una toalla como un tuareg en el Sáhara. Parecía que no había estado preparando una sorpresa, sino luchando en una batalla medieval.

—Carmencita… Pensé que llegarías más tarde, con lo del banquete, que tú eres la que lo organiza… Normalmente te quedas hasta el final…

Ella, sin inmutarse, se sentó en el pouf, cerró los ojos y dijo con calma de hierro:

—Informe completo. Y nada de “mi alegría” o “tranquila”. Me preocupé en los noventa cuando los de la estafa piramidal me acosaron. Me preocupé cuando la empresa estuvo a punto de hundirse. Desde entonces, el pánico y yo ni nos saludamos. Ahora, cuenta: ¿qué has hecho?

Pepe tragó saliva.
—Quería hacerte un regalo especial. Por el Día de la Mujer. Eres mi reina, te lo mereces… Así que limpié, lavé, puse un cordero al horno, fregué el suelo…

—¿Cordero? —preguntó Carmencita.

—Bueno, no el cordero… La lavadora. Empezó a perder agua. No de inmediato. Primero metí el cordero, luego fui al baño, luego a la lavadora. Y ahí estaba… el gato.

—¿El gato está vivo?

—¡Claro! —se ofendió Pepe—. Solo un poco mojado. Y algo alterado. Te juro que cuando encendí la lavadora, no estaba dentro. Debe haberse… filtrado.

—¿Filtrado? ¡¿En una lavadora cerrada?!

—Bueno, igual se coló…

Carmencita se tapó la cara con las manos.
—Vale, sigue. Pero muéstrame al gato. Asegurémonos de que al menos él sobrevivió.

—Eeeh… Está en el salón. Atado. Por su seguridad. Y para que se seque.

—¿Todas las patas en su sitio?

—Las cuatro. Solo que… inmovilizadas. Temporalmente.

—¿Y luego?

—Pues seguí lavando, pero noté olor a quemado. Abrí el horno y el cordero parecía carbón. Eché aceite por si acaso y ¡zas!, llamarada. Me chamusqué las cejas. Entonces el gato empezó a gritar. Corrí a la lavadora, pero no se abría. Y el gato tras el cristal, con ojos de demonio, berreando. Yo, entre el infierno del horno y el de la lavadora. Agarré un martillo, la rompí. El gato salió disparado y… empezó el espectáculo.

—Dios mío… —susurró Carmencita.

—Rompió dos jarrones, hizo sus necesidades en la alfombra, destrozó las cortinas, arañó el papel pintado, tiró el cava, los vecinos amenazaron con llamar a la policía y a un exorcista. Y yo lo atrapé y lo até. Para secarlo. Y todo esto… era tu sorpresa, cariño.

Carmencita se levantó, entró en el salón y contempló el escenario. Cualquier otra mujer se habría desmayado, pero ella no. El gato, atado al radiador, con la cara envuelta en una bufanda, el aire lleno de humo, charcos por el suelo, cristales rotos… Parecía el después de una batalla. Pepe iba detrás, balbuceando explicaciones:

—Es que no se estaba quieto. Tenía miedo de que no se secara. Y para que no chillara… le tapé la boca. ¡Pero está bien!

Carmencita lo soltó, lo secó con la toalla que Pepe llevaba en la cabeza y lo abrazó.

—Eres un desastre, Pepe. Podría haberse asfixiado. Aunque, después de la lavadora, esto ya le parecerá juego de niños.

Se sentó en el sofá con el gato y miró a su marido:

—¿Y bien?

—¿Qué “y bien”? —murmuró él—. ¿Me ahorco ahora o después?

—Felicítame, bobo. Hoy es 8 de marzo.

Pepe se iluminó, salió corriendo y volvió con aire solemne. Se arrodilló frente a ella, las manos tras la espalda.

—Carmencita, mi sol. Treinta años juntos, y sigo maravillado de ti. Eres fuerte, hermosa, paciente y amada. ¡Feliz Día de la Mujer!

Le tendió una cajita con un anillo y un ramo arrugado y medio pelado.

—Las flores estaban bien… hasta que el gato… bueno, ya sabes…

Carmencita suspiró, olió las rosas.
—Hasta huelen bien. Y, milagrosamente, no a quemado. Pepe, no más experimentos. Flores, un abrazo, y cero incendios. ¿Vale?

—Solo quería algo especial. En el trabajo te regalan maravillas, y yo… quería algo de corazón. Con alma. Y con chispa. Y así salió.

—Salió —sonrió ella—. Con alma, con chispa, y casi con los bomberos de testigos. Vamos. A salvar la casa. Y a pedir perdón a los vecinos. No vaya a ser que llamen al exorcista. Aunque, quién sabe, igual ella también tiene un Pepe en casa… igual de *imaginativo*.

El gato, en ese momento, bostezó, enroscó la cola alrededor de la pierna de Carmencita y, como en señal de complicidad, le lanzó un bufido teatral a Pepe. La fiesta fue un éxito. Para el recuerdo.

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