Las sombras del pasado y un nuevo camino
Lucía regresó de su trabajo a su piso en el pueblo de Pinar del Rey. Al abrir la puerta con la llave, se quedó inmóvil en el recibidor. Junto a sus zapatos y los de su marido, había unos botines que no reconocía. Pero enseguida supo de quién eran: pertenecían a la hermana de su esposo, Carmen. «¿Qué hace aquí? Javier no me dijo nada», pensó Lucía, sintiendo cómo la inquietud crecía dentro de ella. Quiso llamar a su marido, pero un instinto le advirtió: no te apresures. En lugar de eso, contuvo la respiración y escuchó la conversación que llegaba desde el salón. Lo que oyó le heló la sangre.
—Lucía, ¿otra vez tu marido está de viaje? —la llamó su compañero Adrián, alcanzándola en el aparcamiento de la oficina—. ¿Qué tal si vamos a tomar un café? Un cortado, como te gusta, y charlamos un rato. Siempre vamos con prisa, como si fuéramos extraños.
—Lo siento, Adrián, hoy no puedo —respondió Lucía, forzando una sonrisa—. Javier prometió llegar temprano para elegir los muebles de la cocina. Aún no hemos terminado de amueblar después de la reforma. Y, por cierto, hace tiempo que no viaja por trabajo.
—¿Y siempre llega a casa a su hora? —el tono de Adrián escondía un dejo de ironía.
—No siempre —suspiró Lucía—. Necesitamos dinero, así que Javier se queda horas extras. Cuando terminemos de amueblar, quizá las cosas sean más fáciles.
—Ya veo —sonrió Adrián, deseándole buena tarde antes de marcharse en dirección contraria.
Lucía tuvo suerte: el autobús llegó enseguida, aunque normalmente debía esperar. Se sentó junto a la ventana y se sumió en sus pensamientos. Una vez, casi se casa con Adrián. Rompieron por una discusión tonta, cuya razón ya ni recordaba. Después apareció Javier, y Lucía, queriendo demostrarle a Adrián que no se quedaría sola, aceptó casarse rápidamente. «Mira, no estoy sola, ahora te arrepentirás», pensaba entonces.
Adrián intentó reconciliarse, pidió perdón, juró que la haría feliz, pero Lucía ya estaba perdida por Javier. Decidió que nunca había amado a Adrián, que todo había sido un error. Con el tiempo, casi lo olvidó, pero recientemente lo habían transferido a su sucursal desde la oficina central. Adrián fingía alegrarse del reencuentro, pero Lucía sospechaba que había solicitado el traslado al saber dónde trabajaba ella. Le halagaba que siguiera soltero y que la mirase con la misma ternura de antes. En el fondo, le deseaba felicidad, pero algo en su corazón sentía envidia de su futura esposa: Adrián sabía cortejar, era un romántico de verdad.
Javier era un buen marido, pero últimamente desaparecía horas en el trabajo. Se esforzaba por su futuro, para que no les faltara nada, pero apenas tenía tiempo para Lucía. Vivían en el piso de la hermana de Javier, Carmen, quien amablemente les había ofrecido vivir allí mientras sus hijos eran pequeños. Carmen y su marido no tenían problemas económicos: ella nunca trabajó, y los pisos que alquilaban eran una inversión para el futuro de los niños. Lucía y Javier habían reformado el piso a su gusto y ahora compraban muebles. Pero a veces Lucía lamentaba no haber alquilado uno ya amueblado. Habían gastado tanto en la reforma que podrían haber pagado años de alquiler o la entrada de una hipoteca. Sin embargo, Javier se entusiasmó cuando Carmen les ofreció el piso.
Lucía bajó del autobús y apretó el paso hacia casa. El aire olía a lluvia, pero ella no notaba el frío. Sus pensamientos eran un laberinto. ¿Cuánto tiempo llevaban viviendo allí? ¿Un año? ¿Año y medio? El tiempo exacto se le escapaba, pero la sensación de que aquel hogar era temporal no la abandonaba. Habían reformado, decorado, pero siempre esperaban algo más, como si la verdadera felicidad estuviera siempre por llegar.
Al acercarse al portal, Lucía se dio cuenta de que caminaba despacio, como retrasando el momento de entrar. La puerta chirrió al abrirse, dejándola entrar en la penumbra. Mientras subía al tercer piso, una inexplicable inquietud crecía en su pecho.
Al entrar, se detuvo. Junto a sus zapatos y las deportivas de Javier, había unos elegantes botines de Carmen, caros, con poco tacón. «¿Qué hace aquí?», pensó Lucía, sin recordar que su marido hubiera mencionado su visita.
Iba a anunciar su llegada, pero algo la detuvo. Su intuición le dijo: espera. Contuvo el aliento y escuchó las voces del salón.
—Mi marido y yo queríamos irnos de vacaciones —decía Carmen—. Pero él no puede, así que he decidido darte los billetes. Con una condición: irás con Patricia, no con Lucía.
Lucía se quedó helada. «¿Patricia?» Recordó que Javier había mencionado ese nombre una vez, cuando Carmen intentó presentársela. En aquel momento no le dio importancia, pero ahora su corazón se encogió con un mal presentimiento.
—Carmen, no quiero nada con Patricia —respondió Javier, irritado—. Te lo he dicho mil veces: estoy con Lucía. ¿Por qué insistes?
Lucía respiró aliviada. Todo claro: Carmen, como siempre, metiéndose donde no la llamaban. Iba a entrar cuando las siguientes palabras la paralizaron.
—¿A quién engañas? —la voz de Carmen se volvió cortante—. Recuerdo lo enamorado que estabas de Patricia. Incluso ibais a casaros, hasta que te enfadaste por una tontería. Deja de ser obstinado, Lucía no es para ti. Patricia es otra cosa.
Lucía no daba crédito. ¿Enamorado? ¿A punto de casarse? Javier le había dicho que Patricia no le interesaba. Bajó la mirada, intentando serenarse, pero las palabras de Carmen le quemaban el alma.
—¿Y qué? —la voz de Javier sonaba molesta, pero con un atisbo de duda—. Eso es pasado. No lo niego, pero ya terminó. Amo a Lucía.
—¿La amas? —se burló Carmen—. Venga, Javier. Sabemos que te casaste con Lucía para que Patricia sintiera celos cuando se fue con otro. Y luego ella volvió, pidió perdón, suplicó. Pero tú, por orgullo, te casaste.
Lucía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. ¿Por orgullo? ¿Acaso su matrimonio era solo una venganza? Recordó cómo ella misma se apresuró a casarse con Javier tras romper con Adrián. ¿Eran tan parecidos sus motivos? Ella amaba a Javier con todo su corazón, rechazaba hasta quedar con Adrián, pero él… Contuvo la respiración, esperando su respuesta.
—Fue y pasó —murmuró Javier—. Estoy casado, tengo compromisos con mi esposa.
—¿Qué compromisos? —resopló Carmen—. No tenéis hijos, por suerte. Y no olvides dónde vivís. Con Lucía seguiréis siendo inquilinos. Patricia, por cierto, heredó un piso amplio y nuevo de sus padres. Y todavía te quiere, espera que recapacites.
Lucía se apoyó en la pared, sintiendo las lágrimas asomarse. ¿Cómo podía Carmen hablar así? Pero lo que más la aterraba era el silencio de Javier. Esperaba su respuesta, temiendo la verdad.
—Basta, Carmen —dijo al fin Javier, pero sin la firmeza de antes—. El piso no importa. Mientras tengamos techo, ya encontraremos algo nuestro.
—Solo te asustan los cambios —insistió Carmen—. Patricia siempre fue mejor para ti. El rencor no te deja en paz, pero aún estás aLucía cerró los ojos, tomó aire profundamente y decidió que, fuera cual fuera la verdad, merecía escucharla de boca de Javier, no en los murmullos traicioneros del pasado.





