**Sombras del pasado y un nuevo camino**
Lucía regresó del trabajo a su piso en el barrio de Los Pinos. Al abrir la puerta con la llave, se quedó inmóvil en el recibidor. Junto a sus zapatos y los de su marido, descansaban unos botines que no le pertenecían. Los reconoció al instante: eran los de la hermana de Daniel, Elena. «¿Qué hace aquí? Daniel no me dijo nada», pensó, sintiendo cómo la inquietud la invadía. Quiso llamar a su marido, pero una corazonada le advirtió: espera. En lugar de hablar, aguzó el oído, atenta a las voces que venían del salón. Lo que escuchó le heló la sangre.
—Lucía, ¿otra vez Daniel está de viaje? —la voz de Javier, su compañero de trabajo, la sobresaltó en el aparcamiento de la oficina—. ¿Qué tal si nos tomamos un café? Tu capuchino favorito. Tanto correr, hola y adiós, nunca hablamos.
—Lo siento, Javier, hoy no puedo —respondió Lucía, forzando una sonrisa—. Daniel prometió llegar temprano. Queremos elegir muebles para la cocina. Aún no hemos terminado de arreglarnos después de la reforma. Y, por cierto, hace tiempo que no viaja por trabajo.
—¿Y siempre llega a casa a su hora? —el tono de Javier rezumaba ironía.
—No siempre —suspiró Lucía—. Necesitamos dinero, por eso se queda hasta tarde en la oficina. Cuando terminemos de amueblar, quizá las cosas sean más fáciles.
—Claro —Javier esbozó una sonrisa, le deseó buena tarde y se marchó.
Lucía tuvo suerte: el autobús llegó rápido, aunque normalmente debía esperar. Se sentó junto a la ventana y se sumergió en sus pensamientos. Casi se casa con Javier años atrás. Rompieron por una pelea absurda, cuya razón ya ni recordaba. Luego apareció Daniel y, queriendo demostrarle a Javier que no se hundiría, Lucía aceptó el matrimonio sin dudar. «Mira, no estoy sola, ahora te arrepentirás», pensó entonces.
Javier intentó reconciliarse, pidió perdón, juró hacerla feliz, pero Lucía ya estaba embelesada con Daniel. Creía no haber amado nunca a Javier, que todo había sido un error. Con el tiempo, casi lo olvidó, hasta que lo transfirieron a su sucursal desde la oficina central. Javier fingía alegrarse del reencuentro, pero Lucía sospechaba que había buscado el traslado al saber dónde trabajaba. Le halagaba que siguiera soltero y la mirara con el mismo cariño. En el fondo, deseaba su felicidad, pero una punzada de envidia le atravesaba el corazón al imaginar a su futura esposa. Javier era un romántico, sabía conquistar.
Daniel, en cambio, era un buen marido, pero últimamente desaparecía en el trabajo. Se esforzaba por su futuro, para que no les faltara nada, pero apenas tenía tiempo para Lucía. Vivían en el piso de Elena, la hermana de Daniel, quien amablemente les había ofrecido alojamiento mientras sus hijos eran pequeños. Elena y su marido no tenían problemas económicos: ella nunca trabajó y alquilaban pisos como inversión para el futuro de los niños. Lucía y Daniel reformaron el apartamento a su gusto y ahora compraban muebles. A veces, Lucía lamentaba no haber alquilado algo ya amueblado. Gastaron tanto en reformas que habría cubierto años de alquiler o una entrada para una hipoteca. Pero Daniel se entusiasmó cuando Elena les ofreció el piso.
Lucía bajó del autobús y apretó el paso hacia casa. El aire olía a lluvia cercana, pero ella no notaba el frío. Sus pensamientos eran un laberinto. ¿Cuánto llevaban viviendo allí? ¿Un año? ¿Año y medio? El tiempo se le escapaba, pero la sensación de provisionalidad no la abandonaba. Reformaron el piso, lo decoraron, pero siempre esperaban algo más, como si la verdadera felicidad estuviera siempre por venir.
Al llegar al portal, Lucía se dio cuenta de que caminaba despacio, como posponiendo el regreso. La puerta de la entrada crujió, dejándola entrar en la penumbra. Mientras subía al tercer piso, una inquietud inexplicable crecía en su pecho.
Al entrar, se detuvo. Junto a sus zapatos y las deportivas de Daniel, descansaban los elegantes botines de Elena, caros, de tacón bajo. «¿Qué hace aquí?», pensó, sin recordar que su marido hubiera mencionado su visita.
Intentó anunciar su llegada, pero algo la frenó. Su instinto le advirtió: espera. Contuvo la respiración, escuchando las voces del salón.
—Mi marido y yo queríamos irnos de vacaciones —decía Elena—. Pero no puede tomarlas, así que decidí regalaros los billetes. Con una condición: que vayas con Claudia, no con Lucía.
Lucía se quedó helada. «¿Claudia?» Recordó que Daniel había mencionado ese nombre una vez, cuando Elena intentó presentarlos. En su momento, lo ignoró, pero ahora su corazón se encogió de pavor.
—Elena, no quiero nada con Claudia —replicó Daniel, molesto—. Te lo he dicho mil veces: estoy con Lucía. ¿Por qué insistes?
Lucía respiró aliviada. Todo claro: Elena, como siempre, metiéndose donde no la llaman. Iba a entrar cuando las palabras de su cuñada la paralizaron.
—¿A quién engañas? —la voz de Elena se volvió cortante—. Recuerdo lo que sentías por Claudia. Incluso habíais hablado de matrimonio, hasta que te enfadaste por una tontería. Deja de ser cabezota, Lucía no es para ti. Claudia es otra cosa.
Lucía se apoyó contra la pared, sin creer lo que oía. ¿La había amado? ¿Pensaron en casarse? Daniel siempre dijo que Claudia no le importaba. Bajó la mirada, intentando dominarse, pero las palabras de Elena le quemaban el alma.
—¿Y qué? —la voz de Daniel sonaba irritada, pero con un dejo de duda—. Eso ya pasó. No lo niego, pero es historia antigua. Amo a Lucía.
—¿La amas? —Elena soltó una risa fría—. Venga, Daniel. Sabes que te casaste con Lucía para que Claudia sintiera celos cuando se fue con otro. Luego ella volvió, te pidió perdón, te rogó. Y tú, por orgullo, te casaste.
Lucía sintió que el suelo se abría bajo sus pies. ¿Por orgullo? ¿Su matrimonio era solo una venganza? Recordó cómo ella misma se apresuró a casarse con Daniel tras romper con Javier. ¿Tenían los mismos motivos? Ella lo amaba con el alma, rechazó incluso quedar con Javier… pero él… Contuvo la respiración, esperando la respuesta de su marido.
—Eso ya no importa —murmuró Daniel—. Estoy casado, tengo obligaciones.
—¿Qué obligaciones? —bufó Elena—. No tenéis hijos, por suerte. Y no olvides dónde vivís. Con Lucía seguiréis siendo invitados. Claudia, por cierto, heredó un piso enorme de sus padres. Y aún te quiere, espera que recapacites.
Lucía se apoyó en la pared, sintiendo las lágrimas. ¿Cómo podía Elena hablar así? Pero lo que más la aterraba era el silencio de Daniel. Esperó su respuesta, temiendo la verdad.
—Basta, Elena —dijo al fin Daniel, pero sin firmeza—. El piso no es lo importante. Mientras tengamos techo, ya veremos cómo comprar algo nuestro.
—Tienes miedo al cambio —insistió Elena—. Claudia siempre fue mejor para ti. El rencor no te deja vivir, pero aún puedes arreglarlo. Con ella tendrás un hogar, estabilidad, todo lo que mereces. ¿No ves que con Lucía nunca serás feliz?
—Lucía cerró los ojos, dejando que una lágrima resbalara por su mejilla, mientras decidía que era hora de enfrentar su propia verdad.





