Sombras de Amor: Drama de la Vida Familiar
Ana y Pablo parecían una pareja salida de un sueño. Su amor brillaba como una estrella en la noche, despertando la envidia de quienes los conocían. Pablo adoraba a su esposa, capaz de mover montañas por ella, mientras Ana le correspondía con cariño y ternura. Una armonía tan pura era rara, y su unión parecía indestructible.
Ana trabajaba de sol a sol, y Pablo, con horarios rotativos, se encargaba del hogar. La recibía en un piso acogedor, donde olía a cena recién hecha y el suelo relucía de limpio. En su mundo apenas había espacio para peleas. A pesar de su juventud, sabían apagar los conflictos con conversaciones sosegadas, buscando siempre un acuerdo.
En el quinto año de matrimonio, llegó Adrián, su pequeño. Pablo no solo era su padre, sino también su sostén. Lavaba pañales, preparaba biberones y corría a comprar potitos. Adrián notaba su presencia y se quejaba si él no estaba. Cuando Pablo viajaba por trabajo unos días, Ana se quedaba sola con el niño. El pequeño no quería dormir, y para no molestar a los vecinos, ella paseaba con el carrito por las calles adoquinadas de su pueblo en Castilla. El frío calaba hasta los huesos, pero Ana, apretando los dientes, luchaba contra el cansancio por el bienestar de su hijo.
Con el tiempo, el destino los llevó a otra ciudad: Madrid. Allí, a Pablo le ofrecieron un trabajo prometedor, y Ana vio la oportunidad de un nuevo comienzo. No tenían casa propia, y el cambio parecía lógico. Además, en Madrid vivía la madre de Pablo, quien podía ayudar con Adrián. La felicidad parecía al alcance de la mano, pero la sombra de la desgracia ya se cernía sobre ellos.
Pablo empezó a llegar tarde. Su ropa olía a un perfume ajeno, dulce y femenino. Ana intentó hablar con él, pero él esquivaba su mirada. Una noche, llegó a casa, se dejó caer en el sillón sin quitarse el abrigo y, con los ojos vacíos, confesó: “Hay otra. Es la mujer que llevo buscando toda la vida”.
Ana se quedó helada. El corazón se le encogió como en un puño. “Hace diez años me dijiste lo mismo”, susurró, conteniendo las lágrimas. “¿Divorcio?”, preguntó, pero Pablo negó con la cabeza. No sabía qué hacer, dividido entre ambas. Ana salió en silencio, comprobó que Adrián dormía y se acostó. Esa noche, lo oyó llorar: Pablo la llamaba, suplicaba ayuda. Por la mañana, no recordaba nada, como si todo hubiera sido una pesadilla.
Pasó una semana de dolor y silencio. Ana iba como una sombra, los ojos enrojecidos. Sus compañeros, al enterarse de sus problemas, murmuraban a sus espaldas; muchos trabajaban en la misma empresa que Pablo, y los rumores volaban. Ana no podía confiar en nadie, y la soledad la corroía. La gota que colmó el vaso fue la muerte de su abuelo, al que adoraba. Pablo ni siquiera la abrazó; su frialdad era insoportable.
Un día, un compañero llamado Javier notó su desesperación y le ofreció llevarla a casa. De camino, se desvió hacia el río, donde se detuvieron. Allí, en la quietud, Ana finalmente dejó salir las lágrimas. Javier la escuchó sin interrumpir, y su comprensión fue un salvavidas para ella. Poco a poco, surgió algo entre ambos. Javier notaba los detalles: sabía cómo le gustaba el café, cómo sonreía cuando era feliz. Al principio, Ana pensó que era solo un modo de olvidar, pero los sentimientos crecieron como un incendio. Con Javier, volvió a sentirse viva. Pero había un problema: él estaba casado. Su matrimonio era ya una formalidad, pero eso no cambiaba las cosas.
Una tarde, Javier admitió: “Ocupas demasiado espacio en mi vida. Me asusta”. Ana suspiró y respondió: “Tenemos familias, Javier. No podemos destruirlas”. Su voz temblaba, pero sabía que no había otra opción.
Al volver a casa, Ana se sorprendió. Pablo había cocinado su plato favorito: patatas con setas. Al verle los ojos hinchados, preguntó qué pasaba. Ella lo eludió. Tras la cena, Pablo se fue a acostar a Adrián, y Ana se quedó en la cocina, repasando sus pensamientos. Cuando él regresó, se sentó frente a ella y dijo en voz baja: “Quiero estar contigo. Ella quería que dejase a nuestro hijo, pero no puedo. Perdóname. Intentémoslo de nuevo”.
Ana lo miró, sintiendo cómo se batían dentro el dolor y la esperanza. Por Adrián, por su familia, asintió. Pero en su corazón quedó una huella: la sombra de un amor que casi lo rompe todo.







