Sombra de la traición: El camino hacia la libertad

La Sombra de la Traición: El Camino hacia la Libertad de Marina

Marina, agotada tras un largo día de trabajo, subió con esfuerzo las pesadas bolsas de la compra a su piso en Valencia. Las dejó caer en la cocina y, tras cambiarse de ropa, notó que su marido no estaba en casa.
—Qué raro—murmuró, frunciendo el ceño—. ¿Dónde anda a estas horas? ¿Otra vez retrasado en el trabajo?

Su hijo, Adrián, estaba de visita con su tía en una ciudad cercana. Marina preparó una olla de cocido, cenó sola y, acomodándose en el sofá, abrió las redes sociales. Entre las sugerencias apareció el perfil de una chica joven, radiante, con una sonrisa deslumbrante. Movida por la curiosidad, Marina entró en su perfil, abrió una foto y dejó escapar un grito ahogado, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.

—¡Por fin hemos llegado!— Marina salió del taxi, sintiendo cómo el mareo aún la revolvía después del viaje. Bebió un trago de agua tibia de su botella.
Siempre había soportado mal los viajes en barco, y el taxista local parecía no conocer el significado de la palabra “freno”.
—Mamá, ¿estás bien?— Adrián, tan aficionado a los coches como su padre, la miró con preocupación.
—Sí, cariño, solo es el mareo. Dame un momento y nos registramos en el hotel.

Estas vacaciones no estaban planeadas. Marina había llegado a un punto en que no soportaba vivir bajo el mismo techo que su marido. Aceptó horas extra, paseó durante horas con su hijo por el parque… cualquier cosa con tal de evitarlo. Cada vez que miraba hacia las ventanas de su casa, donde estaba Óscar, sentía náuseas.

—Mamá, ¡mira, ahí hay toboganes! ¿Puedo ir a jugar?— Adrián tiró de su mano.
—Claro, cielo, vete. Yo subiré las maletas.

Una chica regordeta y sonriente se acercó a Marina:
—¡Oh, nuevos huéspedes! ¡Qué niño más guapo! Déjame que lo vigile un rato, y luego tú me ayudas a mí. ¡Aquí nos ayudamos todos! ¡Y por las noches hay conciertos! ¿A qué te dedicas? ¿Bailas, cantas? Yo canto coplas. ¿Te apuntas? ¡Ah, por cierto, me llamo Lucía!— soltó sin parar.

Marina, aún mareada, solo quería tumbarse bajo el aire acondicionado. Los conciertos no le atraían.
—Gracias, pero no participo. Mi hijo puede jugar solo, y no quiero responsabilizarme de los vuestros. Disculpa, debo irme— respondió secamente.

Lucía frunció los labios, pero se alejó. Marina, aún tambaleándose, llegó a su habitación. Aire acondicionado al mínimo, cortinas cerradas, la cama… Por fin, sola. Cerró los ojos, y los recuerdos volvieron. ¿Cuándo había empezado Óscar, su persona más cercana, a causarle solo irritación?

¿Tal vez cuando, en vez de ayudarla a reformar el baño, se fue con un amigo?
—Marina, en el garaje de Alberto había un desastre, tuve que ayudarle. Luego nos invitó a cerveza y paella— contó alegre mientras ella limpiaba al pequeño Adrián, embadurnado de pintura que había cogido mientras ella colocaba azulejos.

¿O aquella vez, cuando Adrián tenía cuatro años y se lastimó la pierna en el parque? Marina, llorando, no sabía qué hacer. Llamó a Óscar, y él contestó:
—Llama a una ambulancia, ¿por qué lloras? Llévalo tú misma, ¡no es para tanto!
Ella lo llevó, lo sostuvo mientras los médicos curaban la herida, le susurró palabras dulces para que no llorara. Por la noche, Óscar llegó, miró a Adrián y soltó:
—Bueno, ya ves, no fue nada. Se cura rápido.

Marina se hundía en un sueño pesado, pero entonces llamaron a la puerta.
—¿Y ahora qué?— gruñó, levantándose.

Era Lucía.
—¡Ah, se me olvidó decirte! Aquí nos ayudamos. Si necesitas algo de la tienda, mi marido y yo vamos a comprar, dímelo y te lo traemos.

—¿Ya nos tuteamos?— pensó Marina, cansada. Pero Lucía parecía sincera, y le dio pena.
—Gracias, Lucía, pero estoy agotada. Necesito descansar.
—¡Claro, descansa!— Lucía sonrió y se marchó.

Marina se tumbó, pero antes de cerrar los ojos, la puerta se abrió de golpe y Adrián entró con una niña de unos ocho años, llorando.
—¡Mamá, ayúdala! ¡A Sofía se le han soltado las trenzas y su madre le dijo que no volviera despeinada! ¡Está llorando!
—Vale, ven aquí, cariño— suspiró Marina.

Le hizo unas trenzas rápidas y le secó las lágrimas.
—Listo, lávate la cara y vete.
—¡Mamá, eres la mejor! ¡Vamos, Sofía!— Adrián y la niña salieron corriendo.

Dormir era imposible. Marina se movió inquieta, pero el sueño se había esfumado. Normalmente, en vacaciones, ella organizaba todo enseguida, creando un ambiente acogedor. Óscar, en cambio, salía corriendo a la playa o al bar, y cuando ella y Adrián lo encontraban, ya estaba en medio de una fiesta, con cerveza y anécdotas.
—¡Tu marido es el alma de la fiesta!— le decían sus amigas con envidia.
Y ella solo deseaba que, por una vez, fuera el alma de su familia.

Salió al balcón. El mar brillaba bajo el sol, tal como prometía la agencia de viajes. De pronto, olió a humo. Al volverse, vio una columna de humo en el balcón vecino y tosió.
—Perdona, ¿te molesto?— Una mujer de unos treinta años asomó desde la habitación contigua.
—No, es solo el viento— respondió Marina.
—Me acostumbré a que la habitación de al lado estuviera vacía… por eso fumo. Me llamo Olga.
—Marina. Estoy aquí con mi hijo.
—¡Yo con mi hija, Sofía!
—¿Eres la de las trenzas?— sonrió Marina.
—¿Ya se corrió la voz por todo el hotel?— rio Olga—. Oye, ¿por qué hablamos a gritos? Baja, tengo vino. ¿Brindamos por la llegada?
—¡Vamos!— El ánimo de Marina mejoró.

Olga, una morena de mirada traviesa, ya tenía todo preparado: uvas, vasos de plástico, una botella de cava.
—¡Por nuestro encuentro!
—¡Chicas, ¿os puedo unir?— apareció Lucía.
—¡Claro! En la playa todo vale— Olga le sirvió vino.

Lucía, de repente, rompió a llorar:
—Chicas, no puedo más…
—¿Qué pasa?— exclamaron las demás.

—Vinimos de vacaciones con mi marido, pensé que estaríamos solos. ¡Pero mi suegra, Teresa Fernández, se apuntó! Fue directora de escuela y todo lo organiza. ¡Y me obliga a montar los conciertos! Quiero tumbarme en la playa, no pensar en espectáculos. Amo a mi familia, pero también necesito descansar. ¡Y ella: “Lucía, sé amable”, “Lucía, eres el rostro de la familia”! ¡Odio mi nombre!

Olga y Marina se miraron. Cada una cargaba con su propia cruz. Olga habló primero:
—Lucía, yo soñaría contener una suegra como la tuya, aunque fuera exigente, al menos tendría una familia completa, pero Sofía no tiene padre —dijo Olga con una mirada que revelaba años de dolor silenciado—.

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