Sólo una amiga de la infancia —¿En serio piensas pasar el sábado entero rebuscando trastos en el garaje? ¿Toda la tarde? —Alba pinchó un trocito de tarta de queso y, con una ceja arqueada, le lanzó una mirada irónica al alto muchacho pelirrojo. Iván se recostó en la silla, calentándose las manos con una taza de capuchino ya frío. —Alba… No son trastos, son los tesoros de mi infancia. Por ahí tiene que estar mi colección de envoltorios de “Boomer”, ni más ni menos. ¿Te imaginas qué joyas? —Madre mía. ¿Guardas envoltorios desde cuándo? Alba bufó y sus hombros temblaron con una risa apenas contenida. Aquella cafetería, con sus sofás gastados color ciruela madura y cristales siempre empañados, hacía mucho que era territorio propio. La camarera, Marina, ni siquiera les preguntaba qué pedir — sencillamente les servía el capuchino de él, el latte de ella y el postre del día para compartir. Tras quince años de amistad, ese ritual era puro instinto. —Vale, lo confieso —Iván le saludó con la taza—, el garaje puede esperar. Y los tesoros también. Quique ha organizado una barbacoa el domingo, por cierto. —Lo sé. Ayer pasó tres horas eligiendo parrilla por internet. Tres. Horas. Creí que me iba a dar algo del aburrimiento. Su risa se fundió con el zumbido de la cafetera y las conversaciones a media voz del resto. …Entre ellos no existían silencios incómodos ni palabras a medias: se conocían tan bien como la palma de su mano. Alba recordaba cómo Iván, un tierno chaval de primero de la ESO con los cordones siempre sueltos, fue el primero en acercarse a ella en clase nueva. Iván recordaba cómo ella, la única, no se burló jamás de sus gafas de pasta. Quique aceptó aquella amistad desde el primer día, sin celos ni sospechas. Observaba a su esposa y a su amigo de la infancia con esa calma de quien confía en sí mismo y en quienes ama. En las noches de viernes con “Monopoly” y “UNO”, Quique era el que más reía cuando Iván volvía a perder al “Scrabble”, y quien rellenaba las tazas de té mientras los otros dos discutían por el reglamento del “Tabú”. —Hago trampas, por eso siempre gano —proclamó Alba una vez, lanzándole las cartas a su marido. —Eso se llama estrategia, mi querida esposa —replicó impasible Quique, recogiendo la baraja. Iván los contemplaba entonces con una sonrisa cálida. Le gustaba ese hombre: sólido, fiable, con un sentido del humor tan seco que tardabas en saber si bromeaba o iba en serio. Con Quique, Alba florecía, se volvía más luminosa y feliz, y él, de corazón, se alegraba por su amiga. El equilibrio se trastocó cuando llegó Vera… …La hermana de Quique apareció en la puerta hace un mes con los ojos enrojecidos y la firme decisión de empezar de cero. El divorcio la había dejado vacía, sin fuerzas ni la menor ilusión de estabilidad. La primera noche en que Iván pasó a echar la partida de siempre, Vera despegó la vista del móvil y lo observó atenta. Algo hizo clic en su cabeza, como un reloj olvidado que vuelve a latir. Tenía delante a un hombre sereno, de mirada bondadosa, con esa sonrisa que invita a sonreír. —Este es Iván, mi amigo desde el cole —lo presentó Alba—. Vera, la hermana de Quique. —Encantada —saludó Iván, tendiéndole la mano. Vera apretó su mano unos segundos más de lo aconsejable. —Igualmente. A partir de ahí, sus “casuales” encuentros con Iván se hicieron rutina. Cada vez que Alba y él estaban en su café favorito, allí aparecía Vera. Cada vez que Iván cruzaba la puerta, Vera surgía con una bandeja de galletas. Se sentaba a la mesa de juegos tan cerca de Iván que se rozaban los hombros. —¿Me pasas esa carta de ahí? —Vera se inclinaba sobre su brazo, con el pelo rozándole el cuello, como sin querer—. Ay, perdona. Iván se apartaba con delicadeza, murmurando una excusa. Alba cruzaba una mirada con su marido, pero Quique solo encogía los hombros: su hermana siempre había sido excesiva… El coqueteo subió de tono. Vera le lanzaba miradas, halagos, encontraba cualquier pretexto para tocarle. Se reía de sus chistes con tanta fuerza que Alba sentía que le pitaban los oídos. —Qué manos tan bonitas tienes, dedos tan finos, parecen de músico —soltó una vez Vera, atrapando la mano de Iván sobre la caja de fichas—. ¿Tocas algún instrumento? —Pues… soy programador. —Igualmente, preciosas. Iván liberó su mano y se refugió en sus cartas. Las orejas, rojas como tomates. A la tercera invitación a tomar café “en plan amigos”, Iván se rindió. Vera le gustaba: intensa, vital, apasionada. Quizá, pensó, si lo intentaban, ella dejaría de mirarle con hambre y todo volvería a su cauce. Las primeras semanas marcharon bien. Vera rebosaba alegría, Iván se tranquilizó, las veladas volvieron a la normalidad… Hasta que Vera se dio cuenta de algo que habría preferido no ver. Notó cómo Iván se iluminaba cuando llegaba Alba. Cómo su rostro se transformaba, se volvía abierto y cálido. Cómo enlazaban bromas sin esfuerzo, acababan las frases del otro, conservaban una complicidad invisible a la que ella no podía acceder. La envidia creció como una flor venenosa. —¿Por qué la ves tanto? —le espetó Vera, cruzándose de brazos ante la puerta. —Porque es mi amiga. Llevamos quince años así, Vera. Es… —¡Pero yo soy tu novia! ¡Yo! ¡No ella! Las broncas volvieron una y otra vez. Vera lloraba, reprochaba, exigía. Iván explicaba, se justificaba, trataba de calmarla. —¡Piensas más en ella que en mí! —Vera, por favor. Es absurdo. Son solo cosas de amigos. —¡Los amigos no se miran así! El móvil de Iván vibraba cada vez que quedaba con Alba. —¿Dónde estás? ¿Cuándo vuelves? ¿Por qué no contestas? ¿Otra vez con ella? Se habituó a dejarlo en silencio, pero Vera empezó a perseguirle. Surgía en la cafetería, en el parque, a la puerta de Alba —al borde del llanto y la rabia. —Por favor, Vera… —Iván se frotaba las sienes, derrotado—. Esto no es normal. —¡No es normal que estés más tiempo con la mujer de otro que conmigo! Alba también se cansó. Cada cita con su amigo se volvía una prueba de fuego. ¿Cuándo vendría Vera? ¿Qué escena montaría esta vez? —Quizá debería verme menos con… —intentó Alba una vez, pero Iván cortó: —No. Ni hablar. No vas a cambiar tu vida por sus dramas. Ninguno de nosotros lo hará. Pero Vera ya había tomado su decisión. Si no era posible por las buenas, lo sería por las malas. Quique estaba en la cocina cuando Vera irrumpió. —Hermanito… Necesito decirte algo. No quería, pero… tienes derecho a saber la verdad… …Soltó la mentira por dosis, a llanto medido. Citas a escondidas, miradas demasiado largas. Cómo Iván le cogía la mano a Alba cuando nadie miraba. Quique la escuchó en silencio, impasible. Cuando Alba y Iván entraron una hora después, el ambiente en el salón era espeso como arroz con leche frío. Quique, medio recostado en el sillón, tenía el gesto de quien anticipa un gran espectáculo. —Siéntate —señaló el sofá—. Mi hermana me ha contado una historia fascinante sobre vuestro “amor secreto”. Alba se detuvo de golpe. Iván apretó los dientes. —Pero esto qué es… —Afirma haber visto cosas muy comprometedoras. Vera encogió el cuello, incapaz de mirar a nadie. Iván se giró hacia ella tan bruscamente que Vera se echó atrás. —Basta, Vera. Ya está bien. Ya he aguantado tus ataques demasiado tiempo. Su rostro era de pura furia. El Iván de siempre, paciente, se había esfumado. —Se acabó. Lo dejamos. Ahora mismo. —No puedes… Sus ojos sí eran de auténticas lágrimas esta vez. —¡Es culpa de ella! —acusó, señalando a Alba—. ¡Siempre la eliges a ella! Alba esperó unos segundos a que el veneno se agotara. —Mira, Vera —afirmó con calma—, si no hubieras querido controlar hasta su último minuto, si no montaras un drama de la nada, nada de esto habría pasado. Has destruido sola lo que intentabas retener. Vera agarró su bolso y se fue dando un portazo. Entonces Quique rompió a reír, de verdad, echando la cabeza atrás. —Por fin, madre mía… Se levantó y abrazó a Alba por los hombros. —¿No te has creído nada, verdad? —Alba se le pegó al cuello. —Ni un segundo. Llevo años viéndoos juntos. Es como ver a dos hermanos peleando por la última rosquilla. Iván suspiró, por fin aliviado. —Perdona que te haya metido en este lío. —Anda ya. Vera es adulta, ella decide. Ahora a cenar: la lasaña se enfría y no pienso recalentarla por ninguna telenovela. Alba se echó a reír, suave, aliviada. Su familia seguía intacta. La amistad con Iván había resistido. Y su marido seguía demostrando, una vez más, que a su confianza no la vence ningún chisme. Fueron juntos a la cocina, donde la lasaña dorada brillaba bajo la luz de las lámparas y el mundo, por fin, recuperaba su forma habitual.

¿De verdad piensas pasar el sábado entero ordenando trastos en el trastero? ¿Todo el sábado? preguntó Lucía mientras pinchaba un trozo de tarta de queso, alzando una ceja de forma socarrona hacia el muchacho alto y pelirrojo sentado frente a ella.

Javier se recostó en el sillón, calentándose las manos con una taza de capuchino ya tibio.

Lucía… No son trastos, son los tesoros de mi infancia. Tengo por ahí perdida mi colección de envoltorios de Chicles Boomer, que no es poca cosa. ¿Te imaginas la fortuna que vale eso?

Madre mía. ¿Que sigues guardando envoltorios? ¿Desde cuándo?

Lucía soltó una carcajada contenida, los hombros agitándose de puro divertimiento. Aquel café de sofás gastados color ciruela madura y cristales siempre empañados era su refugio, territorio propio conquistado a lo largo de los años. La camarera, Elena, ya ni preguntaba qué ponerles: capuchino para él, café con leche para ella y el postre del día a compartir. Quince años de amistad habían convertido el ritual en algo automático.

Vale, lo reconozco Javier le hizo un gesto de brindis con la taza . El trastero puede esperar. Y los tesoros también. El domingo Pedro nos invita a una barbacoa.

Ya lo sé. Ayer pasó tres horas comparando parrillas por internet. Tres. ¡Horas! Creí que me daba una embolia del aburrimiento.

Las risas de ambos se fundieron con el murmullo de la cafetera y las conversaciones de las demás mesas

Entre ellos jamás hubo silencios incómodos ni cosas por decir. Lucía recordaba perfectamente cómo Javi, un chaval flacucho de primero de la ESO, con los cordones siempre desatados, fue el primero que se le acercó en clase nueva. Javier jamás olvidaba cómo ella, la única, no se burló de sus gafas gruesas de pasta.

Pedro aceptó su amistad con la naturalidad de los que confían de verdad, desde el primer día. Observaba a su esposa y su amigo de la infancia con la tranquilidad de alguien seguro de sí mismo y de quienes quiere. En aquellas noches de viernes con partidas de Monopoly y UNO, Pedro era el que más se reía cuando Javier perdía por enésima vez al Scrabble, y rellenaba las tazas de té mientras su mujer y su amigo discutían las reglas del Gestos.

Hace trampas y por eso gana llegó a gritarle Lucía un día, lanzando las cartas hacia su marido.

Eso se llama estrategia, querida respondió Pedro sin inmutarse, recogiendo lo desperdigado.

A Javier le caía genuinamente bien; era de esos hombres tranquilos, fiables, de humor tan seco que nunca sabías si hablaba en serio o en broma. Con Pedro, Lucía parecía florecer: más suave, más feliz. A Javier todo esto le alegraba de una manera sincera, como sólo puede hacerlo un amigo de verdad.

Ese equilibrio se rompió con la irrupción de Teresa en su pequeño universo…

…La hermana de Pedro apareció en el rellano de su piso hacía un mes, los ojos rojos y una determinación férrea de empezar de cero tras un divorcio que la había dejado crujida, con el alma vacía y una rutina desmoronada.

La primera noche que Javier fue a su tradicional partida de juegos de mesa, Teresa apartó el móvil para examinarle con una curiosidad tan evidente que algo hizo clic en su cabeza, como si se activara un resorte antiguo. Delante tenía un hombre calmado, de sonrisa amable, de esas que animan a corresponder.

Este es Javier, mi amigo del cole explicó Lucía dulcemente . Teresa, la hermana de Pedro.

Un placer Javier le tendió la mano.

Teresa le apretó la mano unos segundos más de lo socialmente aceptado.

Igualmente.

A partir de entonces, las casualidades de Teresa comenzaron a ser rutina: la encontraban en su café de siempre, justo a la hora en la que estaban sentados allí Lucía y Javier; aparecía en casa con una bandeja de polvorones justo cuando él llegaba; se sentaba a su lado en las noches de juegos, tan cerca que los hombros se rozaban.

¿Me pasas esa carta de allá, porfa? Teresa se inclinaba sobre su brazo y su melena, como de casualidad, le rozaba el cuello . Uy, perdona.

Javier se apartaba con cortesía, musitando alguna excusa. Lucía miraba a Pedro, pero su marido sólo encogía los hombros: su hermana siempre fue un poco excesiva.

El coqueteo de Teresa fue haciéndose más descarado. Le dedicaba largas miradas, le soltaba piropos, aprovechaba para cualquier roce. Reía con tanta energía sus chistes que a Lucía le zumbaban los oídos.

Tienes unas manos preciosas, tan elegantes, parecen de pianista le soltó Teresa una noche, agarrándole la mano sobre el tablero.

Ehm, soy programador murmuró Javier, sonrojado.

Pues igual, son bonitas.

Javier retiró la mano, refugiándose en sus cartas, ruborizado.

Después del tercer café de amigos al que fue invitado en solitario, Javier se rindió. Teresa le gustaba: era emocional, desbordante, llena de vida. Quizá, pensó, si salían juntos, dejaría de mirarle como un hambriento en cada encuentro y la situación volvería a la normalidad.

Las primeras semanas de la relación transcurrieron con calma. Teresa irradiaba felicidad, Javier bajó la guardia y las veladas familiares volvieron a la paz habitual hasta que ella empezó a notar lo que preferiría no haber visto.

Observaba a Javier encenderse por la presencia de Lucía, cómo se le transformaba la cara en una calidez particular, cómo ambos remataban las frases del otro o se interceptaban los chistes, cómo compartían esa complicidad de la que ella se sentía excluida.

Los celos anidaron en el pecho de Teresa como una mala hierba venenosa.

¿Por qué ves tanto a Lucía? le espetó atravesándole la puerta, los brazos cruzados.

Porque es mi amiga, llevamos quince años de amistad, Teresa. Eso es…

¡Pero yo soy tu novia! ¡Yo, no ella!

Las discusiones se convirtieron en rutina, una tras otra, siempre más intensas. Teresa lloraba, acusaba, exigía. Javier explicaba, pedía paciencia, iba de excusa en excusa.

¡Piensas más en ella que en mí!

Teresa, por favor, es absurdo. Somos sólo amigos.

¡Unos amigos no se miran así!

Cada vez que Javier quedaba con Lucía, el móvil no paraba de sonar:

¿Dónde estás? ¿A qué hora llegas? ¿Por qué no contestas? ¿Otra vez con ella?

Él aprendió a dejar el móvil en silencio, pero Teresa empezó a seguirle. Se presentaba en el café, en el Retiro, ante la puerta de Lucía, descompuesta, en lágrimas de pura rabia.

Teresa, por favor Javier se frotaba las sienes . Esto no es normal.

¡Lo anormal es que estés más con la mujer de otro que conmigo!

Lucía también terminó por cansarse. Cada cita con Javier se convertía en una incógnita: ¿vendrá Teresa otra vez? ¿Qué escena montará hoy?

Quizá debería verme menos contigo… empezó Lucía un día, pero Javier cortó en seco:

Ni hablar. No vas a cambiar tu vida por sus escenas. Nadie debería hacerlo.

A esas alturas, Teresa ya había tomado una decisión. Si no podía ganar limpiamente, lo haría como fuera.

Pedro estaba sentado en la cocina cuando su hermana entró, dramática como solo ella podía:

Pedrito Tengo que decirte algo. No quería, pero tienes que saber la verdad

Fue soltando la mentira a pedacitos, sollozando en los momentos clave. Citas a escondidas, miradas demasiado largas, que si Javier y Lucía se cogían de la mano pensando que nadie les veía

Pedro escuchaba en silencio, sin una sola pregunta, el rostro inmutable.

Cuando Lucía y Javier cruzaron el umbral de casa una hora después, el ambiente en el salón era tan denso que cortaba la respiración. Pedro, medio tumbado en el sillón, les miraba con los ojos de quien espera un número circense.

Sentaros señaló el sofá . Mi hermana acaba de contarme una historia la mar de interesante sobre vuestro idilio secreto.

Lucía se quedó paralizada, a medio paso. A Javier se le tensó la mandíbula.

¿Pero qué?

Dice que os ha visto en actitudes de lo más comprometidas.

Teresa agachó la cabeza, incapaz de mirarles.

Javier se giró en seco, tan brusco que Teresa se apartó un poco.

Basta, Teresa. Ya está bien. Ya te he aguantado demasiadas tonterías.

El rostro le palidecía de furia; el Javier tranquilo y paciente había desaparecido, sustituido por un hombre al límite.

Lo dejamos. Ahora.

¡No puedes!

Las lágrimas surcaron el rostro de Teresa, auténticas esta vez.

¡Ha sido por ella! acusó, señalando a Lucía . ¡Siempre eliges a Lucía, siempre!

Lucía guardó silencio, dejando a su cuñada desahogarse.

Sabes, Teresa dijo finalmente, serena , si no hubieras intentado controlar cada movimiento suyo, hacer de cada encuentro un drama, nada de esto hubiera pasado. Al final, tú has destruido lo que más querías proteger.

Teresa agarró su bolso y salió dando un portazo tras de sí.

En ese instante Pedro soltó una carcajada franca, amplia, con la cabeza echada hacia atrás.

Dios por fin.

Se levantó, abrazó a Lucía por los hombros.

¿No me creerías capaz de dudar de vosotros, verdad? Lucía metió la cara en su cuello.

Ni por un segundo. Llevo años viendo cómo os tratáis. Sois como hermanos, discutiendo por la última porción de turrón.

Javier soltó todo el aire contenido.

Siento haberte metido en esto

Venga ya, hombre. Teresa es mayorcita. Responde por sus acciones. Y ahora, a cenar. Que la lasaña se enfría y no pienso recalentarla otra vez por culpa de ningún melodrama.

Lucía se echó a reír, cansada y aliviada. Su familia seguía intacta. La amistad con Javier había resistido. Y su marido acababa de demostrar, una vez más, que su confianza era a prueba de tempestades.

Pasaron a la cocina, donde el dorado de la lasaña brillaba bajo la luz cálida de la tarde, y el mundo volvió, por fin, a recuperar su serena normalidad.

Rate article
MagistrUm
Sólo una amiga de la infancia —¿En serio piensas pasar el sábado entero rebuscando trastos en el garaje? ¿Toda la tarde? —Alba pinchó un trocito de tarta de queso y, con una ceja arqueada, le lanzó una mirada irónica al alto muchacho pelirrojo. Iván se recostó en la silla, calentándose las manos con una taza de capuchino ya frío. —Alba… No son trastos, son los tesoros de mi infancia. Por ahí tiene que estar mi colección de envoltorios de “Boomer”, ni más ni menos. ¿Te imaginas qué joyas? —Madre mía. ¿Guardas envoltorios desde cuándo? Alba bufó y sus hombros temblaron con una risa apenas contenida. Aquella cafetería, con sus sofás gastados color ciruela madura y cristales siempre empañados, hacía mucho que era territorio propio. La camarera, Marina, ni siquiera les preguntaba qué pedir — sencillamente les servía el capuchino de él, el latte de ella y el postre del día para compartir. Tras quince años de amistad, ese ritual era puro instinto. —Vale, lo confieso —Iván le saludó con la taza—, el garaje puede esperar. Y los tesoros también. Quique ha organizado una barbacoa el domingo, por cierto. —Lo sé. Ayer pasó tres horas eligiendo parrilla por internet. Tres. Horas. Creí que me iba a dar algo del aburrimiento. Su risa se fundió con el zumbido de la cafetera y las conversaciones a media voz del resto. …Entre ellos no existían silencios incómodos ni palabras a medias: se conocían tan bien como la palma de su mano. Alba recordaba cómo Iván, un tierno chaval de primero de la ESO con los cordones siempre sueltos, fue el primero en acercarse a ella en clase nueva. Iván recordaba cómo ella, la única, no se burló jamás de sus gafas de pasta. Quique aceptó aquella amistad desde el primer día, sin celos ni sospechas. Observaba a su esposa y a su amigo de la infancia con esa calma de quien confía en sí mismo y en quienes ama. En las noches de viernes con “Monopoly” y “UNO”, Quique era el que más reía cuando Iván volvía a perder al “Scrabble”, y quien rellenaba las tazas de té mientras los otros dos discutían por el reglamento del “Tabú”. —Hago trampas, por eso siempre gano —proclamó Alba una vez, lanzándole las cartas a su marido. —Eso se llama estrategia, mi querida esposa —replicó impasible Quique, recogiendo la baraja. Iván los contemplaba entonces con una sonrisa cálida. Le gustaba ese hombre: sólido, fiable, con un sentido del humor tan seco que tardabas en saber si bromeaba o iba en serio. Con Quique, Alba florecía, se volvía más luminosa y feliz, y él, de corazón, se alegraba por su amiga. El equilibrio se trastocó cuando llegó Vera… …La hermana de Quique apareció en la puerta hace un mes con los ojos enrojecidos y la firme decisión de empezar de cero. El divorcio la había dejado vacía, sin fuerzas ni la menor ilusión de estabilidad. La primera noche en que Iván pasó a echar la partida de siempre, Vera despegó la vista del móvil y lo observó atenta. Algo hizo clic en su cabeza, como un reloj olvidado que vuelve a latir. Tenía delante a un hombre sereno, de mirada bondadosa, con esa sonrisa que invita a sonreír. —Este es Iván, mi amigo desde el cole —lo presentó Alba—. Vera, la hermana de Quique. —Encantada —saludó Iván, tendiéndole la mano. Vera apretó su mano unos segundos más de lo aconsejable. —Igualmente. A partir de ahí, sus “casuales” encuentros con Iván se hicieron rutina. Cada vez que Alba y él estaban en su café favorito, allí aparecía Vera. Cada vez que Iván cruzaba la puerta, Vera surgía con una bandeja de galletas. Se sentaba a la mesa de juegos tan cerca de Iván que se rozaban los hombros. —¿Me pasas esa carta de ahí? —Vera se inclinaba sobre su brazo, con el pelo rozándole el cuello, como sin querer—. Ay, perdona. Iván se apartaba con delicadeza, murmurando una excusa. Alba cruzaba una mirada con su marido, pero Quique solo encogía los hombros: su hermana siempre había sido excesiva… El coqueteo subió de tono. Vera le lanzaba miradas, halagos, encontraba cualquier pretexto para tocarle. Se reía de sus chistes con tanta fuerza que Alba sentía que le pitaban los oídos. —Qué manos tan bonitas tienes, dedos tan finos, parecen de músico —soltó una vez Vera, atrapando la mano de Iván sobre la caja de fichas—. ¿Tocas algún instrumento? —Pues… soy programador. —Igualmente, preciosas. Iván liberó su mano y se refugió en sus cartas. Las orejas, rojas como tomates. A la tercera invitación a tomar café “en plan amigos”, Iván se rindió. Vera le gustaba: intensa, vital, apasionada. Quizá, pensó, si lo intentaban, ella dejaría de mirarle con hambre y todo volvería a su cauce. Las primeras semanas marcharon bien. Vera rebosaba alegría, Iván se tranquilizó, las veladas volvieron a la normalidad… Hasta que Vera se dio cuenta de algo que habría preferido no ver. Notó cómo Iván se iluminaba cuando llegaba Alba. Cómo su rostro se transformaba, se volvía abierto y cálido. Cómo enlazaban bromas sin esfuerzo, acababan las frases del otro, conservaban una complicidad invisible a la que ella no podía acceder. La envidia creció como una flor venenosa. —¿Por qué la ves tanto? —le espetó Vera, cruzándose de brazos ante la puerta. —Porque es mi amiga. Llevamos quince años así, Vera. Es… —¡Pero yo soy tu novia! ¡Yo! ¡No ella! Las broncas volvieron una y otra vez. Vera lloraba, reprochaba, exigía. Iván explicaba, se justificaba, trataba de calmarla. —¡Piensas más en ella que en mí! —Vera, por favor. Es absurdo. Son solo cosas de amigos. —¡Los amigos no se miran así! El móvil de Iván vibraba cada vez que quedaba con Alba. —¿Dónde estás? ¿Cuándo vuelves? ¿Por qué no contestas? ¿Otra vez con ella? Se habituó a dejarlo en silencio, pero Vera empezó a perseguirle. Surgía en la cafetería, en el parque, a la puerta de Alba —al borde del llanto y la rabia. —Por favor, Vera… —Iván se frotaba las sienes, derrotado—. Esto no es normal. —¡No es normal que estés más tiempo con la mujer de otro que conmigo! Alba también se cansó. Cada cita con su amigo se volvía una prueba de fuego. ¿Cuándo vendría Vera? ¿Qué escena montaría esta vez? —Quizá debería verme menos con… —intentó Alba una vez, pero Iván cortó: —No. Ni hablar. No vas a cambiar tu vida por sus dramas. Ninguno de nosotros lo hará. Pero Vera ya había tomado su decisión. Si no era posible por las buenas, lo sería por las malas. Quique estaba en la cocina cuando Vera irrumpió. —Hermanito… Necesito decirte algo. No quería, pero… tienes derecho a saber la verdad… …Soltó la mentira por dosis, a llanto medido. Citas a escondidas, miradas demasiado largas. Cómo Iván le cogía la mano a Alba cuando nadie miraba. Quique la escuchó en silencio, impasible. Cuando Alba y Iván entraron una hora después, el ambiente en el salón era espeso como arroz con leche frío. Quique, medio recostado en el sillón, tenía el gesto de quien anticipa un gran espectáculo. —Siéntate —señaló el sofá—. Mi hermana me ha contado una historia fascinante sobre vuestro “amor secreto”. Alba se detuvo de golpe. Iván apretó los dientes. —Pero esto qué es… —Afirma haber visto cosas muy comprometedoras. Vera encogió el cuello, incapaz de mirar a nadie. Iván se giró hacia ella tan bruscamente que Vera se echó atrás. —Basta, Vera. Ya está bien. Ya he aguantado tus ataques demasiado tiempo. Su rostro era de pura furia. El Iván de siempre, paciente, se había esfumado. —Se acabó. Lo dejamos. Ahora mismo. —No puedes… Sus ojos sí eran de auténticas lágrimas esta vez. —¡Es culpa de ella! —acusó, señalando a Alba—. ¡Siempre la eliges a ella! Alba esperó unos segundos a que el veneno se agotara. —Mira, Vera —afirmó con calma—, si no hubieras querido controlar hasta su último minuto, si no montaras un drama de la nada, nada de esto habría pasado. Has destruido sola lo que intentabas retener. Vera agarró su bolso y se fue dando un portazo. Entonces Quique rompió a reír, de verdad, echando la cabeza atrás. —Por fin, madre mía… Se levantó y abrazó a Alba por los hombros. —¿No te has creído nada, verdad? —Alba se le pegó al cuello. —Ni un segundo. Llevo años viéndoos juntos. Es como ver a dos hermanos peleando por la última rosquilla. Iván suspiró, por fin aliviado. —Perdona que te haya metido en este lío. —Anda ya. Vera es adulta, ella decide. Ahora a cenar: la lasaña se enfría y no pienso recalentarla por ninguna telenovela. Alba se echó a reír, suave, aliviada. Su familia seguía intacta. La amistad con Iván había resistido. Y su marido seguía demostrando, una vez más, que a su confianza no la vence ningún chisme. Fueron juntos a la cocina, donde la lasaña dorada brillaba bajo la luz de las lámparas y el mundo, por fin, recuperaba su forma habitual.