Solo una amiga de la infancia

Solo una amiga de la infancia

¿De veras piensas pasar el sábado entero rebuscando trastos en el trastero del pueblo? ¿Todo el sábado? preguntó Lucía, pinchando con el tenedor un trozo de tarta de queso y alzando la ceja con habitual sorna hacia el alto muchacho pelirrojo sentado frente a ella.

Juan apoyó la espalda en el desvencijado respaldo de la silla, calentándose las manos con su taza de café con leche ya algo frío.

Lucía No son trastos, son tesoros de mi niñez. Allí tiene que estar aún mi colección de envoltorios de chicles Boogie, ni más ni menos. ¿Te imaginas qué reliquias?

Madre mía. ¿Envoltorios? ¿Desde qué año los guardas?

A Lucía se le escapó una risilla ahogada, temblándole ligeramente los hombros. Aquel café de mesas improvisadas y cortinas ya desteñidas, en la esquina de la Plaza Mayor de Toledo, les había servido de refugio secreto durante años. La camarera, Pilar, ya sabía de memoria qué ponerles: café con leche para él, cortado para ella y el dulce del día, a compartir. Tras dieciséis años de amistad, aquel ritual se había convertido en costumbre casi familiar.

Bueno, lo confieso Juan le saludó con la taza, el trastero puede esperar. Y los tesoros también. Me ha llamado Pablo para ir de merienda al campo el domingo.

Me lo imagino. Ayer pasó horas eligiendo nueva parrilla por internet. Horas, Juan. Yo ya pensaba que me iba a quedar ciega, de tanto mirar comparativas.

Las risas de ambos se diluyeron entre el murmullo de la cafetera y las charlas susurradas de las demás mesas.

Entre ellos no había espacio para silencios incómodos o palabras a medias: se conocían mejor que las palmas de sus manos. Lucía recordaba cómo Juan, aquel chiquillo larguirucho de los cordones siempre desatados, fue el primero que se le acercó el primer día de clase. Y Juan, cómo ella fue la única que nunca se rió de sus gafas enormes de pasta.

Pablo, su marido, asumió la amistad de Lucía y Juan desde el primer día, sin recelos ni preguntas. Se limitaba a observarlos con una serenidad serena, de quien confía en sí mismo y en quienes quiere. En sus tradicionales noches de juegos de mesa el parchís, la oca, el cinquillo Pablo era el primero en bromear cuando Juan perdía en el Trivial ante Lucía y el que repartía el té mientras los dos discutían si tabú se jugaba así o asá.

Gana porque hace trampas alegó una vez Lucía, arrojando unas cartas contra su marido.
Se llama estrategia, querida mía respondía Pablo, imperturbable, recogiendo el mazo disperso.

Juan los observaba entonces con una sonrisa cálida. Siempre le había caído bien Pablo: responsable, sensato, con un sentido del humor seco que a veces costaba captar. Cerca de él, Lucía parecía cambiar: se ablandaba, reía más, y Juan se alegraba por ella con sinceridad. Esa era, pensaba, la felicidad de un verdadero amigo.

La armonía se rompió el día que apareció Carmen

La hermana de Pablo llegó a casa de la pareja hace un mes, desconsolada y con la mirada cansada, decidida a empezar de cero tras su divorcio. El proceso la había exprimido hasta dejarle tan solo el vacío, allí donde antes había rutina y equilibrio.

Aquella primera noche, cuando Juan llegó para su habitual partida de cartas, Carmen apartó la vista del móvil y lo miró como si algo interno se le hubiera encendido, como si se activara un resorte olvidado. Frente a ella tenía a un hombre sosegado, de ojos tranquilos y sonrisa cálida.

Juan, mi amigo desde el colegio presentó Lucía. Carmen, la hermana de Pablo.
Encantada dijo Juan, ofreciéndole la mano.

Carmen se la estrechó algo más tiempo del necesario.

Igualmente.

Desde entonces, las casuales presencias de Carmen pasaron a ser costumbre: aparecía en el café justo cuando estaban Lucía y Juan. Se presentaba en el salón con una bandeja de pastas cuando Juan iba de visita. Y se sentaba a su lado en la mesa de juegos, tan cerca que con cualquier movimiento sus brazos se rozaban.

¿Me pasas esa carta? Carmen, con voz susurrante, se estiraba tanto que su melena cobriza rozaba el cuello de Juan. Perdona, eh.

Juan se apartaba, mascullando alguna excusa, y miraba a Lucía que intercambiaba una mirada silenciosa con Pablo. Él se limitaba a encogerse de hombros: su hermana siempre había sido intensa.

El flirteo pronto dejó de ser sutil. Carmen miraba a Juan fijamente, le lanzaba cumplidos y buscaba cualquier pretexto para tocarle el brazo, la mano. Se reía de sus chistes de tal manera que a Lucía casi le zumbaban los oídos.

Tienes unas manos preciosas, muy largas, parecen de pianista le soltó un día, sujetándole la mano sobre la caja de fichas. ¿Tocas algún instrumento?
Eh programador dijo él, incómodo.
Igual, son elegantes.

Juan apartó la mano y se concentró en las cartas, mientras un rubor subía por su cuello.

Tras el tercer café solo de charla, sin compromiso, Juan bajó los brazos. Carmen le gustaba, ¿por qué negarlo? Era apasionada, vital, chispeante. Pensó que, tal vez, si salían juntos, ella dejaría de mirarle con esa mezcla de anhelo y posesividad y todo volvería a su cauce habitual.

Las primeras semanas de su relación fueron agradables. Carmen brillaba de alegría, Juan por fin relajó el gesto, y las reuniones en familia volvieron a su ambiente normal.

Todo hasta que Carmen empezó a notar lo que prefería ignorar. Observó cómo Juan se animaba de inmediato al llegar Lucía, cómo su rostro se iluminaba, y con qué fluidez compartían miradas y bromas privadas, cómo acababan mutuamente las frases del otro. Intuía algo especial entre ellos, algo a lo que ella no podía acceder.

La rabia fue creciendo, venenosa y silenciosa, en el interior de Carmen.

¿Por qué ves tanto a Lucía? dijo un día, cruzándosele delante de la puerta.
Porque es mi amiga. Carmen, llevamos dieciséis años. Eso
¡Pero la novia soy yo! ¡Yo, no ella!

Las broncas eran frecuentes, sin descanso. Carmen exigía, lloraba, reprochaba. Juan explicaba, se justificaba, intentaba calmarla.

¡Piensas más en ella que en mí!
Eso no tiene sentido. Solo somos amigos.
¡Los amigos no se miran de esa manera!

El móvil de Juan sonaba incesante cada vez que se reunía con Lucía.

¿Dónde estás? ¿Vas a tardar mucho? ¿Por qué no contestas? ¿Estás con ella?

Acabó por ponerlo en silencio. Pero Carmen incluso llegó a buscarle: en el café, en el parque, a la puerta de casa de Lucía, sin falta, con lágrimas y reproches.

Carmen, basta ya Juan se frotaba las sienes. Esto no es normal.
No es normal que pases más tiempo con una casada que conmigo.

Lucía también se agotó. Quedar con Juan se convirtió en un reto, esperando cada vez a ver cuándo irrumpía Carmen con sus dramas.

Quizás debería evitarte un tiempo empezó a decir, pero Juan la cortó:
No pienso permitirlo. No voy a dejar que manipule nuestra amistad. Nadie lo hará.

Pero Carmen ya tenía otra idea. Si la sinceridad no servía, habría que recurrir a otros métodos.

Pablo estaba en la cocina, revisando unos recibos, cuando Carmen entró teatralmente.

Pablito Tengo que contarte algo. No quería hacerlo, pero debes saber la verdad

Se inventó la mentira con la voz entrecortada: encuentros furtivos, miradas sospechosas, manos enlazadas cuando creían que no los miraba nadie.

Pablo escuchó en silencio, impasible y sin interrumpir.

Cuando Lucía y Juan regresaron ese día, la atmósfera en el salón era densa, el aire pesado. Pablo estaba semi tumbado, como esperando a ver qué pasaba.

Sentaos indicó con la cabeza. Mi hermana me acaba de contar una historia apasionante sobre vuestro supuesto romance secreto.

Lucía se quedó petrificada en medio del paso. Juan apretó los dientes.

Pero esto es
Dice que ha visto cosas, Juan, y no puede callárselo más.

Carmen agachó la cabeza, incapaz de mirar a nadie a los ojos.

Juan la encaró con tal rapidez que Carmen se echó hacia atrás, sobrecogida.

Se acabó, Carmen. Ya está bien. No pienso soportar tus teatros ni un minuto más.

Su rostro se tornó blanco de rabia, el Juan sosegado de siempre ya no estaba, lo había reemplazado un hombre harto.

Lo nuestro termina aquí. Ahora mismo.
¡No puedes hacerme esto!

Y esta vez las lágrimas eran reales.

¡Es por ella! gritó Carmen señalando a Lucía. Siempre la eliges a ella. ¡Siempre!

Lucía dejó que se desahogara y, cuando se hubo vaciado, respondió:

Mira, Carmen, si no hubieras intentado vigilar cada paso de su vida, si no hubieras montado escenas por todo y nada, nada de esto habría pasado. Al final, lo has destruido tú misma.

Carmen recogió su bolso y salió de la casa, dando un portazo que retumbó en todo el edificio.

Entonces Pablo, por primera vez en semanas, rompió a reír abiertamente, dejando caer la cabeza hacia atrás en el sillón.

Por fin, santo cielo.

Se levantó y abrazó a Lucía por los hombros.

¿No me digas que te lo creíste? susurró ella, apoyada en su pecho.
Ni por un segundo. Llevo años viendo cómo os tratáis, Juan es como el hermano que nunca tuve. Me recuerda a los hermanos discutiendo quién tomó el último polvorón en Navidad.

Juan soltó todo el aire, por fin relajado.

Disculpa por haberte metido en semejante desastre.
No pasa nada. Carmen es adulta, tiene que asumir sus propios actos. Ahora cenemos: la lasaña se enfría y no pienso recalentarla por un berrinche ajeno.

Lucía sonrió, esta vez sin peso en el alma. La familia seguía unida, la amistad con Juan intacta, y su marido volvía a demostrar que su confianza estaba hecha de piedra.

Entraron juntos en la cocina, donde el gratinado de la lasaña brillaba bajo la luz tenue, y el mundo, una vez más, recuperaba la sencillez y el aroma tibio del hogar.

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