Solo quería ayudar: Cuando las buenas intenciones de una suegra y la promesa de una herencia convier…

¿Sabes que a Encarni le ha nacido ya el segundo nieto? La suegra, Rosario, le sirve más té a Marina. Un niño, tres kilos ochocientos. Sanote, con unos mofletes que dan gusto.

Marina asiente, calentándose las manos con la taza de porcelana. En casa de Rosario siempre hace un poco de fríoella ahorra en calefacciónpero la mesa está repleta de empanadas, croquetas caseras y ensaladas, como si Marina hubiera venido a una boda y no solo a merendar.

Y vosotros, Marina, ¿para cuándo me vais a dar una alegría? ¿Cuánto vais a esperar? Que ya no tenéis veinte años. A Javier ya le han caído los treinta y uno, y tú veintiocho… ¡Es el momento! Rosario le acerca un cuenco de mermelada. Yo pensaba que para estas alturas ya estaría cuidando nietos y vosotros siempre con lo de “ya veremos, ya veremos”.

Rosario, ahora los tiempos no son fáciles responde Marina con suavidad, intentando no herirla. Estamos ahorrando para un piso. No se puede afrontar criar un hijo y una hipoteca a la vez, ¿lo entiende? Mejor primero tener nuestro hogar y después, ya, pensar en los niños.

La suegra hace un gesto despreocupado, como espantando una mosca molesta.

¡Ay, qué tonterías dices! Tened el crío, que ya se apañarán las cosas. Nosotros con Pepe empezamos en una habitación de dieciocho metros en una residencia, los tres. Y aquí estamos, criamos a Javi y le dimos estudios Si seguís calculando todo, vais a tener hijos para la jubilación.

Marina se toma un sorbo para ganar un par de segundos. Afuera, el cielo de febrero está gris; gotas corren por el cristalllovizna, o tal vez nieve derretida. En la otra estancia, suenan las campanadas del reloj de pared que Rosario trajo de casa de sus padres.

Antes era distinto, Marina deja la taza sobre la mesa. Ahora la vida no es así. Hay que pagar la luz, la comida, los pañales, médicos Nos ahogaríamos en deudas.

¡Pero si yo os ayudaría cuidando al peque! La suegra se inclina hacia delante, como si eso resolviese todo. Tú sólo tienes que darle a luz, Marina, del resto me encargo yo. Le sacaré de paseo, le daré de comer, me levantaré de noche

Marina siente que por dentro algo se le revuelve. No es rabia, solo una irritación sorda y espesa.

Rosario, quiero criar yo misma a mi hijo. No quiero volver al trabajo a los tres meses solo para ganar dinero, sino estar con él. Los primeros años son lo más importante.

La suegra frunce los labios y gira la cara hacia la ventana, claramente dolida. Marina ya conoce la escena: Rosario va a quedarse callada, haciendo mucho ruido con los platos, demostrando con cada gesto lo mucho que le afecta la ingratitud de su nuera.

Marina apura el té y se levanta.

Gracias por la merienda, me tengo que ir. Javier quiere que vuelva para las siete.

Sin mirarla, la suegra asiente. Marina se pone el abrigo, le da un beso seco y formal en la mejilla y sale a la calle.

En el taxi apoya la frente en el cristal frío y cierra los ojos. Por la ventanilla pasan bloques grises, anuncios, gente enfundada en abrigos negros. Rosario no entiende que los tiempos han cambiado, que no se pueden tener hijos sin más, esperando que todo salga bien. Un hijo es una responsabilidad. Marina quiere darle al suyo lo mejor: su propia habitación, un buen colegio, actividades. Pero para eso hace falta ese piso suyo, no uno alquilado.

Pasaron dos meses…

Marina ha preparado pollo al horno con patatas para cenarjusto como le gusta a Javier, sencillo y contundente. Rosario llamó ayer para decir que venía, que necesitaba hablar; Marina no le dio importancia, estaba acostumbrada a esas conversaciones de recetas o quejas sobre los vecinos.

Pero al sentarse a la mesa y ver cómo Rosario retira el plato, Marina presta atención.

¿Os acordáis de tía Puri, la prima de mi madre? pregunta la suegra, mirando a ambos. Falleció el mes pasado… Descansó al fin.

Javier asiente. Marina no la recuerda bien, solo de algún encuentro familiar.

Pues veréis Rosario endereza la espalda; Marina capta el nerviosismo. Me ha dejado su piso en herencia, dos habitaciones. Hay que hacer obras, claro, pero el edificio es bueno, de ladrillo.

Javier silba de admiración.

¡Vaya, mamá! ¡Eso es genial!

Esperad, Rosario levanta la mano. Quiero poner el piso a vuestro nombre.

Marina se queda paralizada con el tenedor en el aire.

Pero con una condición la suegra la mira sin parpadear. Me dais un nieto. O nieta, me da igual. Pero el niño… ¡y el piso es vuestro!

Se hace un silencio en la mesa. Se oye gotear la pila.

Rosario no deja espacio ni para pensarlo, empieza a hablar atropellada, como temiendo que la corten.

Ya no tenéis que ahorrar, ¿lo entendéis? ¡El piso es vuestro! El dinero que habéis guardado, lo gastáis en el niño: carrito, cuna, ropa, que ahora todo cuesta un dineral. Olvidaos de hipotecas y preocupaciones.

Javier mira a Marina, expectante. Y ella comprende que se ha acabado el debate. Ellos querían un niño, pero aplazaban todo por el piso; ahora, la solución cae del cielo, con un solo trámite de notario.

Estamos de acuerdo Marina apoya la mano sobre la de Javier. Nosotros también queríamos, solo esperábamos el momento.

La suegra sonríe como si le hubieran dado las llaves de una nueva vida.

Pasa un año…

A Mikel le ha hecho un mes. Marina lo mece en brazos en el dormitorio, canturreando suaves tonterías, y de repente suena la puerta. Sale al pasillo, abrazando fuerte al bebé.

¿Javi, llegas tan pronto?

Pero en el recibidor está Rosario, con bolsas y una sonrisa de matriarca.

Marina se detiene en el umbral.

¿Rosario? ¿Cómo has entrado?

La suegra agita la llave con un llavero en forma de mariposa.

Me quedé una copia, por si acaso. Imagina que os pasa algo y no contestáis…

Marina reprime lo que le quema la garganta. No es el momento. Mikel acaba de dormirse y un escándalo lo despertaría seguro.

Rosario ya ha entrado en la cocina, chasqueando la lengua al ver unos cuantos platos en el fregadero.

¿Esto qué es, Marina? Platos sin fregar, migas en la mesa… abre la nevera y niega con la cabeza. ¿Y qué hay de comer? Kéfir y queso. Que Javi viene en nada, ¿y tú qué le vas a dar?

Marina aprieta más a su hijo, que empieza a moverse inquieto, pero no se despierta.

Estoy todo el día con el niño en brazos, Rosario. Solo lo dejo y llora.

La suegra se dirige ya a la habitación del bebé, y Marina solo puede seguirla. Observa con desaprobación el cambiador y la estantería de biberones.

Esto lo tienes mal. Y estas sábanas, ¿cómo puedes ponerle eso? Son ásperas, le harán daño.

Son de franela, suaves.

Ya sé yo cuáles son suaves, que he criado a un hijo Rosario arruga la nariz. Estás todo el día en casa, Marina. ¿Por qué está así de desordenado esto?

Marina señala al niño, que duerme en su hombro.

Por eso.

Tonterías Rosario gesticula. Yo lo hacía todo: cocinar, lavar, limpiar, cuidar a Javi… y bien que me apañaba.

Se marcha una hora más tarde, dejando los biberones reorganizados, la ropa cambiada y a Marina sintiendo que le ha pasado un camión por encima.

Por la noche, cuando Javier regresa, Marina espera a que termine de cenar y se sienta frente a él.

Javi, así no puedo seguir. Tu madre entra sin avisar y tiene copia de la llave. Estoy agotada, casi no duermo, y ella viene encima a exigir.

Javier evita mirarla.

Mamá quiere ayudar, Marina. No lo hace con mala intención.

¿Y para cuándo va a poner el piso a tu nombre?

Javier se encoge de hombros.

Dice que da igual, que vivimos aquí igual…

Marina aprieta los dientes, lívida.

Pasan tres meses…

Rosario es ya parte del mobiliario. Llega cuando quiere, corrige todo lo que hace Marina: cómo alimenta al niño, cómo lo viste, cómo lo acuesta… Cada visita termina con una charla de moral o un silencio ofendido por la “ingratitud” de la nuera. Marina se queja a Javier, que solo encoge los hombros: “es mi madre, ¿qué hago yo?”.

Hasta que un día, por la noche, Marina no aguanta más. Cuando Rosario se va, abre el armario y saca la maleta.

Mete su ropa, luego la de Mikel: pañales, biberones, un par de juguetes. Javier la observa desde el pasillo.

Marina, ¿dónde vas?

A casa de mi madre.

Pero no te pongas así, mujer una bronca más, nada más…

Javi Marina cierra la cremallera de la maleta y le clava la mirada: O tu madre no entra más en este piso, o Mikel y yo nos vamos. Decide.

Él guarda silencio. Mira la maleta, al niño, a su mujer. Y luego se deja caer en el sofá, escondiendo la cara entre las manos.

Marina espera. Cinco segundos, diez, quince.

Y él no se mueve.

Llama un taxi y se marcha.

Javier llama al día siguiente. Y al otro. Y a la semana. Siempre promete que hablará con su madre, pide que vuelvan. Pero no recoge la llave y Rosario sigue siendo la dueña real de ese piso-regalo.

El divorcio se tramita seis meses después. La pensión para Mikel, por vía judicial porque Javier no la pasa voluntariamente.

Marina vive con su madre, en su antigua habitación de paredes con flores que recuerda de la infancia. Su madre la ayuda; cuida a Mikel mientras ella sale a trabajarprimero media jornada, después completa. Es durísimo, muy diferente a la maternidad que imaginó.

Pero por las noches, cuando Mikel se queda dormido pegado a su hombro, Marina sabe que saldrá adelante. Que tiene que hacerlo. Por él.

Ya que su padre fue demasiado débil para proteger a su propia familia.

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MagistrUm
Solo quería ayudar: Cuando las buenas intenciones de una suegra y la promesa de una herencia convier…