Hace muchos años, cuando Lucía abandonó a Javier, le pareció que su corazón se marchaba para siempre. Seis años juntos, cuatro de ellos bajo el mismo techo. La amó como solo se puede amar: con devoción, hasta el dolor. Pero ella eligió a otro. Alguien con más dinero, que le prometió un piso nuevo, una vida sin estrecheces y la liberación de contar cada céntimo. Y Javier se quedó solo. Destrozado.
Se refugió en el trabajo, apenas pasaba por casa salvo para dar de comer a su gato, Perico. Los amigos quedaron atrás, los hobbies también. Sin embargo, en un par de años se convirtió en jefe de departamento y luego abrió su propio negocio. Solo entonces el dolor comenzó a ceder. Volvió a tener tiempo para vivir, para la gente, para sí mismo.
Hasta que un día recibió una noticia terrible: Lucía había muerto. Su nuevo marido, aquel tipo adinerado, la maltrataba, y en una de sus peleas, ella cayó de manera fatal. Dejaba atrás un hijo pequeño que iba a ser enviado a un orfanato. Javier no lo pensó dos veces: fue a ver al niño.
El chiquillo estaba sentado, encogido contra la pared, llorando en silencio. Pequeño, frágil, desolado, como si el mundo se hubiera apagado dentro de él. Javier no pudo resistirlo. Empezó a visitarlo cada día: le llevaba juguetes, dulces, se sentaba a su lado. El niño, poco a poco, empezó a confiar. Y entonces Javier tomó una decisión: lo adoptaría. Aún amaba a Lucía. ¿Cómo iba a abandonar a su hijo en este mundo?
En unas semanas, el niño se mudó con él. Un año después, Javier ya no concebía la vida sin él. Era su hijo en todo menos en sangre: alegre, listo, bondadoso. Paseaban, viajaban, subían a los tiovivos. Hasta que, en el cumpleaños de un amigo, alguien le dijo:
—Oye, ¿estás seguro de que no es tuyo? Se parece a ti como dos gotas de agua…
Javier soltó una risa amarga.
—No. Lucía me lo habría dicho.
—¿Y si ni ella lo sabía?
La idea no lo dejó en paz. Hizo una prueba de ADN. Y el resultado fue positivo. Era su hijo. Su sangre, su herencia.
No supo si sentir alegría, dolor o culpa. No había sabido que tenía un hijo. Y Lucía… quizás tampoco lo supo. O quizás calló.
Ahora entendía por qué el niño le había resultado tan familiar desde el principio. Por qué se acercó solo a él. No había salvado a un extraño de la soledad. Había recuperado a su propio hijo. El pasado no podía cambiarse, pero ahora tenía la oportunidad de enmendarlo. Por el niño. Por el recuerdo de Lucía. Por él mismo.







