Mi esposa siempre había sido una mujer de una timidez casi etérea, casi como si flotara en silencio en cualquier encuentro con nuestros amigos sevillanos, sin nunca tomar la iniciativa ni alzar la voz. La veía allí, sentada con las manos en el regazo, tan delicada y modesta que parecía desvanecerse si alguien no la miraba directamente. Jamás protagonizaba escenas ni discusiones, nunca hubo en ella celos teatrales ni exigencias repentinas. Más bien, me miraba con una gratitud tan serena como las noches en la Plaza Mayor, y todo regalo recibido era acogido con ese mismo hálito de agradecimiento.
Nuestro matrimonio era, bajo cualquier luminoso sol de Madrid, digno del nombre de perfecto. No existían secretos, y hasta los problemas parecían disolverse milagrosamente cuando los hablábamos sentados bajo la sombra de los naranjos en el patio de casa. Siempre que volvía tras largas horas recorriendo las calles de la ciudad por trabajo, sabía que al abrir la puerta me recibiría el aroma a cocido madrileño, una sonrisa genuina como una guitarra tocada al atardecer, y la calidez de un hogar ordenado. ¿Qué más podría soñar uno?
Y, sin embargo, los sueños tienen la costumbre de volverse bruma A pesar de la supuesta perfección de mi vida, sentía una inquietud inexplicable. Algo, en la intimidad entre nosotros, era como una puerta olvidada que nadie se atrevía a abrir. Casi no existía. Esa carencia me fue comiendo por dentro como una sombra bajo la luz de las farolas, hasta que mi deseo de aventura y novedad terminó llevándome a una mujer ajena.
El día que mi esposa descubrió mi traición, el aire en casa olía a humedad de tormenta y ceniza, y nos separamos sin ruido, como se separan los sueños al despertar.
Me fui a vivir con mi amante, pero todo allí era extraño, como un cuadro cubista mal colgado. El piso siempre estaba en desorden, como si una tormenta soplara constantemente. Nadie me esperaba con un plato de lentejas calientes tras el trabajo y las conversaciones eran como ecos lejanos en una cueva vacía.
Desperté tarde de mi delirio y quise regresar, cruzar plazas, avenidas y relojes para encontrar de nuevo a mi esposa. Pero todo sucedía como en el agua, lento, etéreo, y cuando quise volver, ella ya no era mi esposa, encontraba la felicidad en brazos de otro hombre.
Por mucho que despierte, por muchas pesetas que cuente entre los dedos, nunca podré perdonarme a mí mismo. Perdí a la mujer perfecta, como quien deja escapar de las manos la luz dorada de un sueño justo antes de amanecer.





